Al día siguiente, ya estábamos en la casa de los tíos de Alejandro. Ellos se llaman Lili y Héctor. Son jóvenes y están casados y todo, pero son muy alegres, les gusta viajar con sus sobrinos, se ponen ropa de mezclilla y acampan o pescan en los ríos y les gustan las aventuras. Además, les gusta mucho salir de viaje con Alejandro y Miriam porque ellos no tienen papá, y su mamá no tiene dinero, además de que tiene que trabajar en un hotel, y por eso no pudo salir de vacaciones, pues mucha gente viene a nuestra ciudad a ver la Procesión del Silencio y a recorrer los lugares históricos, esos que le gustan a Alicia.
Los tíos estuvieron de acuerdo en que fuéramos todos. Ellos mismos nos fueron a pedir permiso a Enrique, Alicia y a mí, y mis papás dijeron que sí porque ya estoy grande, y además tenía ahorrado el dinero que me dieron mis abuelos en mi cumpleaños, y lo que gané cuando vendí los periódicos viejos en el centro de acopio.
Los tíos de Alejandro tienen una camioneta verde, con tres asientos grandes donde cabíamos todos, aunque no es nueva ni tiene aire acondicionado ni equipo de sonido, pero se llevaron una grabadora de pilas para el camino.
El lunes por la mañana tuvimos la junta más importante, antes de comenzar el viaje. Lili y Héctor decían que todo tenía que ser de común acuerdo, por mayoría de votos, y que todos teníamos derecho a expresar nuestra opinión. Para mí eso era algo nuevo, porque mis papás no me dan derecho a voz ni voto, tengo que arreglar mi cuarto sin discutir, y regar las plantas, sacar la basura y comprar las tortillas todos los días, además de sacar buenas calificaciones y lavar los trastes del desayuno los domingos, si quiero salir con mis amigos. Pero bueno, no me quejo, porque tengo unos papás que me quieren, y veo que hay muchachos de mi edad que viven en la calle, y que no tienen cama donde dormir, como la que yo tengo aunque comparta mi cuarto con Juan mi hermano.
