COMENTARIOS Y RESEÑAS
Francisco Perusquía Monroy
Acorde con la ortodoxia del cuento, en los que forman esta colección el final es sorpresivo y contundente. Mucho sabe la autora del dolor y de la enfermedad, de la falta de solidaridad y el desamparo, como cuando describe al grupo de menesterosos desterrados que son llevados en camiones de carga a lugares distantes de los suyos y abandonados a su suerte en el cuento “El arzobispo del gorro azul”, cuyo protagonista, con el desaliño propio del paria, escribía sus incoherencias como si recibiera un nuevo evangelio por un telégrafo invisible. Es en verdad un loco, o es alguien tan profundamente apasionado que lo hace parecer como tal. Será un místico o un anacoreta. Frente a ese personaje estrambótico anida el amor, ese amor cósmico del que habla Dante, capaz de mover el sol y las estrellas; esa fuerza que es capaz de redimir al pobre orate del gorro azul. [Texto completo]
Gabriela Ruiz Ruiz
Cada una de las historias nos revela sentimientos, religiosidad, diálogos y emociones, todas enmarcadas en espacios, a veces tocados por la mano del tiempo y otros llenos de sobriedad queretana, que denotan grandeza y a la vez recogimiento. [Texto completo]
María Teresa Azuara
En el recorrido ameno y revelador de estos doce relatos, Araceli Ardón, con una habilidad narrativa fluida y natural, con un diestro manejo del lenguaje y una capacidad descriptiva que nos deleita, da cuenta de esas pequeñas cosas en la cotidianidad de la vida queretana que nos pasan desapercibidas y que constituyen la riqueza de un tiempo ya ido, por desgracia para muchos, y también de este tiempo nuevo que nos está tocando vivir y que será recordado con nostalgia por nuestros hijos. [Texto completo]
Aunque al principio Lole había sido también el campanero de la parroquia, poco a poco había dejado a otros la tarea de anunciar las misas y a las beatas el remiendo de los velos de la Virgen. Y libre de compromisos, el artesano se entregó gozoso a la tarea más sublime de todas: la confección de altares y ricos trajes para los personajes de los oficios religiosos. Ni el sacerdote se daba cuenta de la magnitud de su trabajo. Devotos y clérigos se habían acostumbrado, simplemente, a que aparecieran en el lugar preciso nuevos ataúdes de cristal y madera para el Señor del Santo Entierro, melenas largas de pelo natural para el Nazareno y sandalias para los ángeles que acompañaban procesiones y se sentaban al pie de Jesucristo herido en el Viernes Santo.
En una esquina del taller de Lole, al fondo de la vieja sacristía, se apilaban espadas de madera para la lucha de moros y cristianos, y una larga, policromada, dedicada a Miguel, el arcángel belicoso y triunfador que cada 29 de septiembre gritaba "¿Quién como Dios?" a un diablo atemorizado y sorprendido, interpretado magistralmente por un borrachín que de verdad creía tener visiones al escenificarse la batalla sobrehumana…
Fragmento de "Dulce Nombre de María"
