* Poeta, ensayista, actor y diplomático. Nacido en Guadalajara, ha
servido como embajador, agregado cultural o cónsul en Roma, Londres, Madrid,
Washington, Atenas, Río de Janeiro y Puerto Rico, entre otros lugares. Fue
rector de la Universidad Autónoma de Querétaro, director de la Casa del Lago y
de Difusión Cultural de la UNAM.
Ha fundado grupos de teatro, actuado y sido
profesor de varias universidades en diferentes países.
Ha publicado 22 libros
de poesía y 10 de ensayos, algunos de los cuales se han traducido a varios
idiomas.
Obtuvo el Premio Nacional de Poesía y el Premio Jalisco de las Letras.
Es director del suplemento cultural de La Jornada.
Historias
íntimas de la casa de Don Eulogio, de Araceli
Ardón.
La
novela moderna es y debe ser un ejercicio de intimidad. Un recorrido profundo
por los abismos del alma de los personajes, una averiguación minuciosa de sus
relaciones, encuentros, desencuentros, amores y desamores.
En
el título “Historias íntimas de la casa de don Eulogio”, Araceli Ardón nos
anuncia su proyecto, nos advierte que va a entrar a saco, como siempre lo han
hecho los narradores en los mundos de los seres reales y de los fantasmas que
se mueven en sus respectivos planos y a veces coinciden en un territorio ambiguo,
y habitan una casa viva y muerta, ubicada en el corazón mismo de una ciudad de
provincia en la que conviven las tradiciones seculares con los estruendos y
grandes velocidades de la modernidad cibernética, neoliberal y angustiada por
la eficiencia y el éxito frío e implacablemente trepador.
Araceli
Ardón es una narradora segura de su arte y valerosa en la selección de sus
temas y en la construcción de una novela que se mueve en distintos tiempos y en
el espacio restringido de la casa de don Eulogio, el maestro, el escritor y el
padre de familia, y de su ciudad, anclada en el tiempo en lo que a moral social
se refiere y obsesionada por los emblemas de la civilización del consumo y por
el desarrollo incontenible de ese trastorno de la ambición que los economistas
llaman “Revolución de las expectativas crecientes”.
Como
en una larga cena de Navidad, los personajes de la novela de Araceli viven su
vida y sin demasiadas estridencias salen por el lado izquierdo del escenario,
mientras los nuevos familiares ingresan por el derecho y se aprestan a
enfrentar sus días. La novela sigue un orden cronológico pero con frecuencia da
saltos retrospectivos, para ponernos al tanto de algunas situaciones observadas
desde la perspectiva íntima de los distintos personajes; la casa de don
Eulogio, el poeta, el académico respetado y condecorado, es el centro de un
complejo entramado familiar y amistoso. Su hija Elisa pasa por las páginas de
la novela con una discreción sólo posible en la vieja estructura patriarcal.
Esta mujer, hija y madre, vive su descontento al lado del prócer académico y de
la anciana Trini, sirvienta y sacerdotisa del culto doméstico, inclinada real y
simbólicamente para lavar los pies cansados del caudillo universitario. En esto
exagero un poco, pues el caudillaje de don Eulogio fue benévolo y no se
interesó demasiado en las cuestiones del poder en los consejos y las aulas de
la pequeña Universidad. Su ausencia dejó un vacío en la ciudad y sus círculos
culturales y su casa se convirtió en un monumento a su memoria.
Sin
embargo, el personaje que más me conmueve de esta etapa inicial de la novela es
Trini, la única capaz de vivir su felicidad aspirándola a grandes bocanadas y
sin alardes de ninguna especie. Doña Elisa representa la insatisfacción
constante, la perplejidad y el disgusto. Para nuestra fortuna, estos
sentimientos se manifiestan sin estridencias también, en el medio tono propio
de las clases medias mexicanas.
La
amistad entre tres mujeres, Rosario, la hija de Elisa; María, la esposa de
Alberto y Maricruz, la actriz de telenovelas gimoteantes que se encontraba en
los umbrales de una madurez necesitada del cirujano plástico y de los
minuciosos maquillajes para ocultar arruguitas, patas de gallo y esas
fastidiosas bolsitas deformadoras de espaldas, muslos y caderas. Esta amistad,
decía, muestra todos los contrastes, complicidades y tensiones que llegan a su
punto más álgido al fin de la juventud, y que pasado este momento de ansiedad y
de primeros vislumbres de la vejez, la enfermedad y la muerte, llega a una
especie de estuario en donde se remansa y se prepara a seguir su camino, al
lugar que la tradición anglosajona llama golden pond,
estanque dorado.
Araceli
defraudó mi esperanza de que una de las apariciones chocarreras fuera la monja
encerrada, por razones que todos ignoramos, en la tenebrosa sacristía del
templo de Santa Rosa. Hace poco, Rodolfo Anaya me regaló una prodigiosa foto de
los labios peligrosísimos de la monja retratada en pleno apogeo del barroco. Me
obligó a recordar el poema lleno de sensualidad del escritor de Lagos de
Moreno, Francisco González León. El poema dice: “Aquella Sor Asunción / aquella
monja que bajo la toca / lleva una boca / en forma de corazón” y luego el
viejito, increíblemente cachondo —como sólo podemos ser los viejitos—
dice: “corazón que es dilución / de una escala cromática / el color del labio
superior es sonrosado / y rojo ultrasanguíneo el inferior”.
Pues
bien, Araceli no la invita a su comitiva fantasmal; en su lugar aparece una
monjita regordeta y autoritaria, llena de furores integristas y educativos;
alma en pena con rencores y venganzas pendientes. La comitiva fue detectada por
las abuelas insomnes, los niños pequeños, las solteronas desveladas por los
amores y los frailes perturbados por la abstinencia.
El
retrato de Maricruz reúne todas las características señaladas por la novela
rosa, el bestseller femenino latinoamericano y las audaces telenovelas
del canal de la televisión ahora encargado de proteger a los bondadosos y
vulnerables mexicanos de las acechanzas de los demonios extranjeros. Recuerdo
que esta actitud xenofóbica se enunciaba —y espero que ya no se
enuncie— de la siguiente y furibunda manera parroquial: “Ese fulano, ni
tan siquiera es de Querétaro”.
Araceli
corre con buen paso todos esos riesgos, asume el estereotipo hecho de cocaína,
enseñanzas de Son Juan, budismo zen, brujería mexicana, peyote y ojos de Dios
huicholes. Lo asume y lo trasciende gracias a una especie de naturalidad
estilística y a su voluntad de mantener el guiño cómplice con los lectores. Don
Eulogio desaparece repentinamente, pero regresa convocado por la sensualidad
que se desprende del cuerpo de la actriz de teledramas.
A
partir de esta salaz, pero caballerosa irrupción, Araceli va reconstruyendo los
rasgos contrastados y por supuesto contradictorios del hombre ilustre. Su
poesía civil, sometida y moralizante, sus conferencias amenas y eruditas, su
exquisita biblioteca y el cuaderno secreto que contenía sus mejores poemas, los
dictados por la pasión, el deseo y el deslumbramiento carnal. Su verdadero ser
se refugiaba entre esas páginas, lo demás eran poemas celebratorios de la
ciudad y sus leyendas, y discursos escritos para los políticos y las
autoridades universitarias, en los que se permitía, entre otros apabullantes
lugares comunes, llamar “alma mater”, a la Universidad y lamentar la decadencia
de la moral pública y la desorientación de la juventud moderna. (Cuando se
encuentren ustedes diciendo esas cosas, es que la edad se aproxima). En fin, un
académico redicho y sentencioso con un cuaderno clandestino, en el que ocultaba
su relación con la vida, el placer y la alegría. No piensen que el retrato es
sarcástico o maniqueo, corresponde a un hombre de su tiempo, su moral social y
sus valores retóricos.
Araceli
no se burla, ni ejemplifica. Nos entrega el retrato de un hombre con sus
miserias públicas y sus deslumbrantes intimidades. “Candil de la calle y
oscuridad de su casa”, dirían los puritanos defensores de la moral integrista;
oscuridad del lugar común en la calle y candil en la intimidad del cuaderno,
digo yo al leer el retrato de Araceli, reconociendo que soy todo menos un
ejemplo de virtud y de buena conducta.
No
me atrevo a asegurar que los esposos de esta novela de mujeres sean unos
personajes bastante desvalidos y auxiliares, pero a veces, así lo sospecho; con
ese paternalismo complaciente y falsamente humorístico usado para disfrazar los
desafueros de los machos de todas las latitudes. En cambio, Araceli acaba por
reconciliarnos con don Eulogio; sus cuadernos de memorias son aún más
importantes que los poemas eróticos y secretos para la reconstrucción de un
personaje tan contrastado y contradictorio, pero sobre todo tan típico de su
generación enciclopedista y atrapada por una moral social implacablemente
fundamentalista. Me conmovieron sus problemas respiratorios, provocados por la
poderosa compulsión tabaquera. (En esto me recordó al pobre Zeno, personaje de
Italo Svevo, en cuyo diario aparecía periódicamente la leyenda: “última
cigarreta”, lo que significaba que no tenía ningún problema para dejar de
fumar, pues en su vida lo había logrado por lo menos unas doscientas veces). En
el diario de don Eulogio se registra el crecimiento teratológico de la ciudad
barroca; el decrecimiento del cronista y algunos datos tan puntuales como el de
la fecha de la primera menstruación de su nieta —que posiblemente
coincidió con la disminución de la potencia sexual del abuelo— y la
explicación del misterio de la vida a la precoz menstruante es sin duda el
mejor texto poético del viejo profesor, como su conferencia sobre Manuel Acuña,
nuestro injustamente olvidado y hasta vilipendiado poeta romántico y aprendiz
de evolucionista.
Los
personajes que podríamos llamar auxiliares poco a poco van creciendo y
apoderándose de secciones enteras de la narración, sobre todo las exbellas
Mendoza y sus aventuras fotográficas y gastronómicas. De ellas brota otro
personaje central: Isabel, la esposa de don Eulogio, mujer de discreto pero muy
poderoso perfume, musa y compañera, la que llevó los ritmos de la vida y desde
su aparente fragilidad reinó sobre el caos, conquistó el orden y entronizó la
armonía en la vida del clan y en la conturbada cabeza de su patriarca.
La
narración de los avatares en las actividades de la familia Mendoza es muy
acertada y se enriquece con datos históricos tratados con desenfado y buen
humor.
Don
Eulogio escribiendo sus memorias y descubriendo su tendencia a repetirse
—cosa que nos sucede a los carcamales— puso punto final a su
discurso; temía hacer el ridículo y abrumar a sus lectores con sus torpezas y
manías. La imagen de un viejo con una historia discutible que repite en un
juego de patética autorreferencia, exige la presencia milagrosa de la dignidad
y de la autocrítica capaces de salvar al escritor de las acechanzas de una
vanidad risible y a sus lectores de la repetición lamentable, las quejas por la
incomprensión sufrida y la ridícula pretensión de haber sido tan superior que
sus contemporáneos nunca lo entendieron cabalmente. Don Eulogio, sagaz y
talentoso, se da cuenta de tantos riesgos y pone el punto final a unas memorias
que habían empezado muy bien y más tarde fueron derrotadas por los estragos de
la edad.
A
lo lago de la novela se suceden las generaciones y a pesar de cierto tono
nostálgico —“como a nuestro parecer / cualquiera tiempo pasado fue mejor”
decía don Jorge Manrique— los rasgos característicos de cada promoción no
tienen tonos maniqueos y celebran tanto el natural paso de la estafeta como el
progreso de la inteligencia, palpable en cada nueva generación. En este aspecto
nos hace un buen retrato del ama de casa de clase media alta, que pasa su día
montada en la Eurostar, llevando a los niños a la escuela y a los cursos más
peregrinos: judo, danza de la India, patinaje sobre hielo, oratoria y
declamación, cocina naturista, terapia grupal o utilización de la basura para
hacer extraños objetos que sólo sirven para nada, y acaban por ser regalados a
una tía solterona pensando que los agradece y se alegra de que crean que
todavía está viva.
La
ciudad a veces cuida sus viejas casas, a veces las abandona y sus dueños huyen
del sobrecargado centro hacia la suburbia de influencia americana, con sus
antenas para recibir doscientos canales, incluyendo las noticias locales de
alguna aldea de Dakota del Sur; jardines con césped que hay que cortar los
domingos por la mañana bajo los estragos de la cruda y en algunos casos metopas
más jurásicas que helénicas. En estas descripciones aparecen las pequeñas y
bellas tareas con las que las mujeres se divierten y eventualmente enriquecen
la vida de sus familias: fabricación de mermeladas y encurtidos, labores de
costura que producen toneladas de carpetitas, suéteres para hacer infelices a
los niños y bufandas capaces de llevarnos a correr la misma suerte de la
acogotada Isadora Duncan.
A
veces estas tareas hacen olvidar a las señoras los agravios del tiempo que
afectan ojos y papadas, y colocan sus lonjitas, celulitis o arrugas en el resto
de la anatomía ya encarrerada hacia la decadencia; olvidan esto y tratan de
ignorar la visión del marido, sonriente y entusiasta, cortejando a la joven
ejecutiva de traje sastre revelador, piernas impecables y el vientre liso
anterior a los partos; estos agravios y tristezas forman parte del cuadro
general de la sociedad machista.
Las
sesiones hechas para invocar a los fantasmas recuerdan algunos momentos de
espiritismo en el viejo caserón, y ayudan a reconstruir algunos rasgos de los
personajes que carecían de la precisión, que es el rasgo principal y la mejor
virtud de esta novela, que no teme a la descripción naturalista y tiene esa
difícil sencillez que sus lectores agradecemos, pues ya resultan fatigosas las
pedanterías posmodernistas, en donde hasta el mismo escritor no tiene la más
mínima idea de lo que está diciendo, y lo que es más grave, intenta convertir
esa dislalia, esas notorias ineptitudes, en virtudes propias de la escritura
para escritores o de la literatura que no hace concesiones al populacho. Por
favor, “ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre”. Ni los
plagios al ya periclitado realismo maravilloso de Gabriel García Márquez, ni
las astutas imitaciones al género hechas por Isabel Allende, ni ese manual de
realismo mágico rumbo al bestseller que corre al
set cinematográfico de Laura Esquivel.
Agradecemos
a Araceli su honesta prosa y la difícil sencillez de su estilo y de sus
técnicas narrativas. Reconforta saber que se sigue escribiendo por amor al
oficio y por el goce de narrar, sin pensar en el éxito venerado por los
anglosajones; ese viene o no viene y no depende de nosotros, si escribimos sin
hacer concesiones para agradar a los lectores y a las fábricas de literatura
chatarra, ésa que siempre se hace con las mismas fórmulas, como la previsible
hamburguesa, a veces sabrosa, que nos llevamos para comer en el parque cerca
del cine o de la oficina, donde se intenta sacar la tripa del mal año.
Llega
un momento en que la ciudad, sus calles, sus casas, sus presencias barrocas, se
convierten en el personaje principal de la novela; aquí Francisco, esposo de
Rosario, la nieta del memorioso poeta, adquiere una dimensión mayor, capaz de
despertar nuestro interés. Las relaciones se hacen más complejas y originales y
tienen su gran momento en los amores, de ellos sale uno de los personajes con
su modesta victoria secreta y bien guardada. La novela cobra hacia el final una
velocidad notable que alcanza a constatar el sólido triunfo de uno de los
personajes más humildes, y el regreso del patriarca a su sombra protectora.
Podría
proponer algunas palabras para alabar la novela de Araceli Ardón, pero no
quiero incurrir en la manida retórica de las presentaciones. Van a tener
ustedes en las manos una novela bien construida y escrita con precisión,
amenidad y verdadero gozo narrativo. Yo agradecí mucho estas virtudes: no
tratar de impresionar, sino de producir gozo, y alentar a pensar, dos notables
cualidades de este don Eulogio que deambula por las habitaciones de su casa
pero nunca grita ni trata de espantar a nadie; al contrario, deambula para
acercarse desde su ribera a los vivos y regresar precariamente a través de su
memoria, de la memoria de los parientes y los amigos y de la lectura de los
lectores de novela, que todavía, afortunadamente, somos muchos.
Museo de Arte de Querétaro, 27 de marzo de 1998