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Hugo Gutiérrez Vega*

 

* Poeta, ensayista, actor y diplomático. Nacido en Guadalajara, ha servido como embajador, agregado cultural o cónsul en Roma, Londres, Madrid, Washington, Atenas, Río de Janeiro y Puerto Rico, entre otros lugares. Fue rector de la Universidad Autónoma de Querétaro, director de la Casa del Lago y de Difusión Cultural de la UNAM.
Ha fundado grupos de teatro, actuado y sido profesor de varias universidades en diferentes países.
Ha publicado 22 libros de poesía y 10 de ensayos, algunos de los cuales se han traducido a varios idiomas.
Obtuvo el Premio Nacional de Poesía y el Premio Jalisco de las Letras.

Es director del suplemento cultural de La Jornada.

 

 

Historias íntimas de la casa de Don Eulogio, de Araceli Ardón.

 

La novela moderna es y debe ser un ejercicio de intimidad. Un recorrido profundo por los abismos del alma de los personajes, una averiguación minuciosa de sus relaciones, encuentros, desencuentros, amores y desamores.

En el título “Historias íntimas de la casa de don Eulogio”, Araceli Ardón nos anuncia su proyecto, nos advierte que va a entrar a saco, como siempre lo han hecho los narradores en los mundos de los seres reales y de los fantasmas que se mueven en sus respectivos planos y a veces coinciden en un territorio ambiguo, y habitan una casa viva y muerta, ubicada en el corazón mismo de una ciudad de provincia en la que conviven las tradiciones seculares con los estruendos y grandes velocidades de la modernidad cibernética, neoliberal y angustiada por la eficiencia y el éxito frío e implacablemente trepador.

Araceli Ardón es una narradora segura de su arte y valerosa en la selección de sus temas y en la construcción de una novela que se mueve en distintos tiempos y en el espacio restringido de la casa de don Eulogio, el maestro, el escritor y el padre de familia, y de su ciudad, anclada en el tiempo en lo que a moral social se refiere y obsesionada por los emblemas de la civilización del consumo y por el desarrollo incontenible de ese trastorno de la ambición que los economistas llaman “Revolución de las expectativas crecientes”.

Como en una larga cena de Navidad, los personajes de la novela de Araceli viven su vida y sin demasiadas estridencias salen por el lado izquierdo del escenario, mientras los nuevos familiares ingresan por el derecho y se aprestan a enfrentar sus días. La novela sigue un orden cronológico pero con frecuencia da saltos retrospectivos, para ponernos al tanto de algunas situaciones observadas desde la perspectiva íntima de los distintos personajes; la casa de don Eulogio, el poeta, el académico respetado y condecorado, es el centro de un complejo entramado familiar y amistoso. Su hija Elisa pasa por las páginas de la novela con una discreción sólo posible en la vieja estructura patriarcal. Esta mujer, hija y madre, vive su descontento al lado del prócer académico y de la anciana Trini, sirvienta y sacerdotisa del culto doméstico, inclinada real y simbólicamente para lavar los pies cansados del caudillo universitario. En esto exagero un poco, pues el caudillaje de don Eulogio fue benévolo y no se interesó demasiado en las cuestiones del poder en los consejos y las aulas de la pequeña Universidad. Su ausencia dejó un vacío en la ciudad y sus círculos culturales y su casa se convirtió en un monumento a su memoria.

Sin embargo, el personaje que más me conmueve de esta etapa inicial de la novela es Trini, la única capaz de vivir su felicidad aspirándola a grandes bocanadas y sin alardes de ninguna especie. Doña Elisa representa la insatisfacción constante, la perplejidad y el disgusto. Para nuestra fortuna, estos sentimientos se manifiestan sin estridencias también, en el medio tono propio de las clases medias mexicanas.

La amistad entre tres mujeres, Rosario, la hija de Elisa; María, la esposa de Alberto y Maricruz, la actriz de telenovelas gimoteantes que se encontraba en los umbrales de una madurez necesitada del cirujano plástico y de los minuciosos maquillajes para ocultar arruguitas, patas de gallo y esas fastidiosas bolsitas deformadoras de espaldas, muslos y caderas. Esta amistad, decía, muestra todos los contrastes, complicidades y tensiones que llegan a su punto más álgido al fin de la juventud, y que pasado este momento de ansiedad y de primeros vislumbres de la vejez, la enfermedad y la muerte, llega a una especie de estuario en donde se remansa y se prepara a seguir su camino, al lugar que la tradición anglosajona llama golden pond, estanque dorado.

Araceli defraudó mi esperanza de que una de las apariciones chocarreras fuera la monja encerrada, por razones que todos ignoramos, en la tenebrosa sacristía del templo de Santa Rosa. Hace poco, Rodolfo Anaya me regaló una prodigiosa foto de los labios peligrosísimos de la monja retratada en pleno apogeo del barroco. Me obligó a recordar el poema lleno de sensualidad del escritor de Lagos de Moreno, Francisco González León. El poema dice: “Aquella Sor Asunción / aquella monja que bajo la toca / lleva una boca / en forma de corazón” y luego el viejito, increíblemente cachondo —como sólo podemos ser los viejitos— dice: “corazón que es dilución / de una escala cromática / el color del labio superior es sonrosado / y rojo ultrasanguíneo el inferior”.

Pues bien, Araceli no la invita a su comitiva fantasmal; en su lugar aparece una monjita regordeta y autoritaria, llena de furores integristas y educativos; alma en pena con rencores y venganzas pendientes. La comitiva fue detectada por las abuelas insomnes, los niños pequeños, las solteronas desveladas por los amores y los frailes perturbados por la abstinencia.

El retrato de Maricruz reúne todas las características señaladas por la novela rosa, el bestseller femenino latinoamericano y las audaces telenovelas del canal de la televisión ahora encargado de proteger a los bondadosos y vulnerables mexicanos de las acechanzas de los demonios extranjeros. Recuerdo que esta actitud xenofóbica se enunciaba —y espero que ya no se enuncie— de la siguiente y furibunda manera parroquial: “Ese fulano, ni tan siquiera es de Querétaro”.

Araceli corre con buen paso todos esos riesgos, asume el estereotipo hecho de cocaína, enseñanzas de Son Juan, budismo zen, brujería mexicana, peyote y ojos de Dios huicholes. Lo asume y lo trasciende gracias a una especie de naturalidad estilística y a su voluntad de mantener el guiño cómplice con los lectores. Don Eulogio desaparece repentinamente, pero regresa convocado por la sensualidad que se desprende del cuerpo de la actriz de teledramas.

A partir de esta salaz, pero caballerosa irrupción, Araceli va reconstruyendo los rasgos contrastados y por supuesto contradictorios del hombre ilustre. Su poesía civil, sometida y moralizante, sus conferencias amenas y eruditas, su exquisita biblioteca y el cuaderno secreto que contenía sus mejores poemas, los dictados por la pasión, el deseo y el deslumbramiento carnal. Su verdadero ser se refugiaba entre esas páginas, lo demás eran poemas celebratorios de la ciudad y sus leyendas, y discursos escritos para los políticos y las autoridades universitarias, en los que se permitía, entre otros apabullantes lugares comunes, llamar “alma mater”, a la Universidad y lamentar la decadencia de la moral pública y la desorientación de la juventud moderna. (Cuando se encuentren ustedes diciendo esas cosas, es que la edad se aproxima). En fin, un académico redicho y sentencioso con un cuaderno clandestino, en el que ocultaba su relación con la vida, el placer y la alegría. No piensen que el retrato es sarcástico o maniqueo, corresponde a un hombre de su tiempo, su moral social y sus valores retóricos.

Araceli no se burla, ni ejemplifica. Nos entrega el retrato de un hombre con sus miserias públicas y sus deslumbrantes intimidades. “Candil de la calle y oscuridad de su casa”, dirían los puritanos defensores de la moral integrista; oscuridad del lugar común en la calle y candil en la intimidad del cuaderno, digo yo al leer el retrato de Araceli, reconociendo que soy todo menos un ejemplo de virtud y de buena conducta.

No me atrevo a asegurar que los esposos de esta novela de mujeres sean unos personajes bastante desvalidos y auxiliares, pero a veces, así lo sospecho; con ese paternalismo complaciente y falsamente humorístico usado para disfrazar los desafueros de los machos de todas las latitudes. En cambio, Araceli acaba por reconciliarnos con don Eulogio; sus cuadernos de memorias son aún más importantes que los poemas eróticos y secretos para la reconstrucción de un personaje tan contrastado y contradictorio, pero sobre todo tan típico de su generación enciclopedista y atrapada por una moral social implacablemente fundamentalista. Me conmovieron sus problemas respiratorios, provocados por la poderosa compulsión tabaquera. (En esto me recordó al pobre Zeno, personaje de Italo Svevo, en cuyo diario aparecía periódicamente la leyenda: “última cigarreta”, lo que significaba que no tenía ningún problema para dejar de fumar, pues en su vida lo había logrado por lo menos unas doscientas veces). En el diario de don Eulogio se registra el crecimiento teratológico de la ciudad barroca; el decrecimiento del cronista y algunos datos tan puntuales como el de la fecha de la primera menstruación de su nieta —que posiblemente coincidió con la disminución de la potencia sexual del abuelo— y la explicación del misterio de la vida a la precoz menstruante es sin duda el mejor texto poético del viejo profesor, como su conferencia sobre Manuel Acuña, nuestro injustamente olvidado y hasta vilipendiado poeta romántico y aprendiz de evolucionista.

Los personajes que podríamos llamar auxiliares poco a poco van creciendo y apoderándose de secciones enteras de la narración, sobre todo las exbellas Mendoza y sus aventuras fotográficas y gastronómicas. De ellas brota otro personaje central: Isabel, la esposa de don Eulogio, mujer de discreto pero muy poderoso perfume, musa y compañera, la que llevó los ritmos de la vida y desde su aparente fragilidad reinó sobre el caos, conquistó el orden y entronizó la armonía en la vida del clan y en la conturbada cabeza de su patriarca.

La narración de los avatares en las actividades de la familia Mendoza es muy acertada y se enriquece con datos históricos tratados con desenfado y buen humor.

Don Eulogio escribiendo sus memorias y descubriendo su tendencia a repetirse —cosa que nos sucede a los carcamales— puso punto final a su discurso; temía hacer el ridículo y abrumar a sus lectores con sus torpezas y manías. La imagen de un viejo con una historia discutible que repite en un juego de patética autorreferencia, exige la presencia milagrosa de la dignidad y de la autocrítica capaces de salvar al escritor de las acechanzas de una vanidad risible y a sus lectores de la repetición lamentable, las quejas por la incomprensión sufrida y la ridícula pretensión de haber sido tan superior que sus contemporáneos nunca lo entendieron cabalmente. Don Eulogio, sagaz y talentoso, se da cuenta de tantos riesgos y pone el punto final a unas memorias que habían empezado muy bien y más tarde fueron derrotadas por los estragos de la edad.

A lo lago de la novela se suceden las generaciones y a pesar de cierto tono nostálgico —“como a nuestro parecer / cualquiera tiempo pasado fue mejor” decía don Jorge Manrique— los rasgos característicos de cada promoción no tienen tonos maniqueos y celebran tanto el natural paso de la estafeta como el progreso de la inteligencia, palpable en cada nueva generación. En este aspecto nos hace un buen retrato del ama de casa de clase media alta, que pasa su día montada en la Eurostar, llevando a los niños a la escuela y a los cursos más peregrinos: judo, danza de la India, patinaje sobre hielo, oratoria y declamación, cocina naturista, terapia grupal o utilización de la basura para hacer extraños objetos que sólo sirven para nada, y acaban por ser regalados a una tía solterona pensando que los agradece y se alegra de que crean que todavía está viva.

La ciudad a veces cuida sus viejas casas, a veces las abandona y sus dueños huyen del sobrecargado centro hacia la suburbia de influencia americana, con sus antenas para recibir doscientos canales, incluyendo las noticias locales de alguna aldea de Dakota del Sur; jardines con césped que hay que cortar los domingos por la mañana bajo los estragos de la cruda y en algunos casos metopas más jurásicas que helénicas. En estas descripciones aparecen las pequeñas y bellas tareas con las que las mujeres se divierten y eventualmente enriquecen la vida de sus familias: fabricación de mermeladas y encurtidos, labores de costura que producen toneladas de carpetitas, suéteres para hacer infelices a los niños y bufandas capaces de llevarnos a correr la misma suerte de la acogotada Isadora Duncan.

A veces estas tareas hacen olvidar a las señoras los agravios del tiempo que afectan ojos y papadas, y colocan sus lonjitas, celulitis o arrugas en el resto de la anatomía ya encarrerada hacia la decadencia; olvidan esto y tratan de ignorar la visión del marido, sonriente y entusiasta, cortejando a la joven ejecutiva de traje sastre revelador, piernas impecables y el vientre liso anterior a los partos; estos agravios y tristezas forman parte del cuadro general de la sociedad machista.

Las sesiones hechas para invocar a los fantasmas recuerdan algunos momentos de espiritismo en el viejo caserón, y ayudan a reconstruir algunos rasgos de los personajes que carecían de la precisión, que es el rasgo principal y la mejor virtud de esta novela, que no teme a la descripción naturalista y tiene esa difícil sencillez que sus lectores agradecemos, pues ya resultan fatigosas las pedanterías posmodernistas, en donde hasta el mismo escritor no tiene la más mínima idea de lo que está diciendo, y lo que es más grave, intenta convertir esa dislalia, esas notorias ineptitudes, en virtudes propias de la escritura para escritores o de la literatura que no hace concesiones al populacho. Por favor, “ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre”. Ni los plagios al ya periclitado realismo maravilloso de Gabriel García Márquez, ni las astutas imitaciones al género hechas por Isabel Allende, ni ese manual de realismo mágico rumbo al bestseller que corre al set cinematográfico de Laura Esquivel.

Agradecemos a Araceli su honesta prosa y la difícil sencillez de su estilo y de sus técnicas narrativas. Reconforta saber que se sigue escribiendo por amor al oficio y por el goce de narrar, sin pensar en el éxito venerado por los anglosajones; ese viene o no viene y no depende de nosotros, si escribimos sin hacer concesiones para agradar a los lectores y a las fábricas de literatura chatarra, ésa que siempre se hace con las mismas fórmulas, como la previsible hamburguesa, a veces sabrosa, que nos llevamos para comer en el parque cerca del cine o de la oficina, donde se intenta sacar la tripa del mal año.

Llega un momento en que la ciudad, sus calles, sus casas, sus presencias barrocas, se convierten en el personaje principal de la novela; aquí Francisco, esposo de Rosario, la nieta del memorioso poeta, adquiere una dimensión mayor, capaz de despertar nuestro interés. Las relaciones se hacen más complejas y originales y tienen su gran momento en los amores, de ellos sale uno de los personajes con su modesta victoria secreta y bien guardada. La novela cobra hacia el final una velocidad notable que alcanza a constatar el sólido triunfo de uno de los personajes más humildes, y el regreso del patriarca  a su sombra protectora.

Podría proponer algunas palabras para alabar la novela de Araceli Ardón, pero no quiero incurrir en la manida retórica de las presentaciones. Van a tener ustedes en las manos una novela bien construida y escrita con precisión, amenidad y verdadero gozo narrativo. Yo agradecí mucho estas virtudes: no tratar de impresionar, sino de producir gozo, y alentar a pensar, dos notables cualidades de este don Eulogio que deambula por las habitaciones de su casa pero nunca grita ni trata de espantar a nadie; al contrario, deambula para acercarse desde su ribera a los vivos y regresar precariamente a través de su memoria, de la memoria de los parientes y los amigos y de la lectura de los lectores de novela, que todavía, afortunadamente, somos muchos.

 

Museo de Arte de Querétaro, 27 de marzo de 1998