Diario

 

 

 

 

 

Suplemento Cultural BARROCO

Noviembre, 2004

 

 

 

Subastas: la caverna de Alí Babá,
versión contemporánea

 

La pieza es formidable: se trata de un óleo sobre tela en el que se representan tres mujeres y un bebé. Su autor es Paul Gauguin, lleva el título “Maternité II” y fue pintado en Tahití, en 1899. El pintor acababa de tener un hijo con una joven polinesia, y en cada trazo se siente la firmeza de quien celebra su paso por el mundo con pasión y fuerza. La paleta de colores vibrantes trasmite sentimientos de ternura y exaltación del ser. Las mujeres tienen garbo y esa seguridad inherente a quienes se saben eslabones de la cadena más poderosa: la transmisión de la vida misma. Fue subastada, hace pocos días, en Nueva York. La Casa Sotheby´s pidió por ella inicialmente 28 millones de dólares. Se vendió en 39.2 millones.

Uno puede pensar en la injusticia que conlleva el hecho de que el mercado del arte eleve a precios exorbitantes algunos objetos —al final, no son más que eso: viejos géneros salpicados de colores— y que por lo tanto impida que los seres comunes, como usted y yo, adquieran alguna vez una obra valiosa, que tenga un lugar especial en nuestros hogares, marque el pulso de la existencia cotidiana de las familias, esté presente en nuestros afectos y finalmente pueda ser heredada a las siguientes generaciones.

Sin embargo, esta aseveración no es del todo cierta. En las subastas que el Museo de Arte de Querétaro ha organizado a través de los años, se han vendido obras de altísima calidad a precios moderados. Hace dos años, el subastador pidió al público que sugiriera el precio de salida de una antigua pieza de cerámica china: un bellísimo platón en tonos azules. La puja comenzó en doscientos pesos.

Las subastas son una oportunidad espléndida para asistir a una clase de apreciación  del arte. Aprende uno sobre técnicas, autores, corrientes artísticas, procedencia, valores y virtudes de las piezas. Asistimos al emocionante momento de la competencia entre dos o más compradores, y lo más importante: arte, antigüedades, monedas, tapetes e instrumentos que han sido propiedad de queretanos, pasan a manos de otros queretanos. No se cambian de patria ni se pierden en el gran laberinto del intercambio comercial. Se quedan en los salones y pasillos de los hogares; nuevos arraigos y afectos les esperan. Serán testigos por una larga temporada de las vicisitudes del acontecer doméstico. Es decir, estarán cerca del corazón.

Cuando uno piensa en ello, se da cuenta de las razones que llevan a los grandes museos del mundo y los coleccionistas importantes a comprar arte que enriquezca sus acervos.

Hace unos meses, tuve el privilegio de contemplar una colección de 124 obras de Gauguin, pintadas justamente en su estancia en los mares del Sur. Al recordarlas ahora, entiendo la decisión de su comprador al adquirir esa maravilla realizada hace más de un siglo, por un poeta de la pintura, que nos provoca un torrente de emociones, que nos conmueve, que nos lleva a la reflexión. Que nos mantiene vivos.