La magnífica
colección de cuentos que nos comparte Araceli Ardón en “El arzobispo de gorro
azul” es proceso de su imaginación, tiempo, voluntad, disciplina y anhelo por
mostrar a través de su mirada traducida en palabras, un mundo anclado a nuestro
entorno queretano.
Cada uno de los
cuentos nos sitúa en la intimidad de un momento o hasta de una vida; es la
magia de pequeñas y distintas historias que cuentan eternidades en pocas
palabras; cuentos que podrían ser “de todos” contradiciendo el título del
primero: “No es nada mío”, o incluso pasando por la directa denuncia de la
ausencia de un centro psiquiátrico en nuestro estado, como lo señala el cuento
que da título al libro, en que Araceli nos regala una extraordinaria historia
de amor en medio de la aparente oscuridad de la conciencia humana.
Cuentos que
suceden en Querétaro dentro de la vida cotidiana, abriéndonos los ojos para
darnos cuenta del valor del mundo real, de las cosas cercanas y de las
historias íntimas y personales, y es ahí dónde aparece el sello de la casa, la
firma de la autora, ya que Araceli al escribir encuentra su “momento perfecto”
que nos comparte.
Cada uno de los
cuentos tiene el valor de insinuar más que afirmar. Son historias que dejan
margen para la traducción única que hace el lector, incluso con un poco de
humor para que uno sonría mientras imagina; pero además, cada una de las
historias nos revela sentimientos, religiosidad, diálogos y emociones, todas
enmarcadas en espacios, a veces tocados por la mano del tiempo y otros llenos
de sobriedad queretana, que denotan grandeza y a la vez recogimiento.
Y es en la
descripción de los espacios por donde los personajes viven su historia, que la
autora nos revela también su sensibilidad al entorno y la influencia de éste,
en la vida de cada persona; el aprecio al recinto, al color, a la pared y a su
desgaste, elementos todos estos esenciales en los cuentos que disfrutamos en
esta lectura; en este sentido, no es en vano saber que además de su reconocida
trayectoria literaria, Araceli Ardón tiene en su experiencia, vasto
conocimiento y aprecio por el arte y la belleza, y que, paradójicamente, uno
alimenta al otro en una simbiosis permanente en que sólo los ojos del artista
logran sublimar la realidad que otros pasamos inadvertida.
Este fruto de
reflexiones y vivencias la colocan en un nuevo nivel de experiencia y nos
ayudan a entender más este apasionante encuentro con la vida cotidiana que
sucede en cada uno de nosotros y que es expresado como lo que es: admiración a
la vida.
Querétaro,
abril de 2006