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Presentación de “Historias íntimas de la casa de Don Eulogio”


Araceli Ardón
 
27 de marzo, 1998

 

 

Hace una semana concluyó en México el encuentro de escritores titulado “Una nueva geografía de la novela”, con la presencia de destacados autores de diversas partes del mundo, que fueron recibidos por el mexicano Carlos Fuentes, un anfitrión excepcional.

Al definir la naturaleza de esta narrativa, Fuentes dijo:

“La novela es el género reintegrador por excelencia de la tradición y la historia, en el que se dan cita la filosofía, poesía, psicología, política, economía y teatro, y que es capaz de abarcar el presente, el pasado y el porvenir”.

En los años ochenta tuve la fortuna de asistir a clases, varias horas por semana, con el maestro Fuentes. Lo mismo en salas de cien personas como en grupos de siete estudiantes, este escritor brillaba con luz propia y al hacerlo nos marcaba el camino. Mi interés era profundizar en el estudio de la literatura para ser mejor profesora a mi regreso a la patria. Fuentes me convenció, con su ejemplo, testimonio y estímulo, de que era posible también ser escritora. “En México, en América Latina —nos decía constantemente— todo está por escribirse”.

Y tenía razón. De nuevo en Querétaro me di cuenta de que esta maravillosa, espléndida ciudad con una historia de más de cuatro siglos, tenía aún cuentas pendientes con la escritura. Si bien ha habido cronistas para describir sus glorias desde los franciscanos del siglo dieciséis hasta los periodistas e investigadores de nuestros días, o los poetas que a lo largo del tiempo han capturado el sentimiento de su gente, a Querétaro le debemos todavía su historia de ficción, su novela.

Vuelvo a Fuentes, que declaró hace unos días, en El Colegio de México:

“La novela se apropia del presente que abarca nuestro pasado y anuncia el futuro, a través de la memoria permisible, cordial, amorosa, que nos permite vernos y querernos en el recuerdo del otro y nos otorga la oportunidad de revisar qué le hace falta al mundo y construir un jardín de senderos con fantasmas muy carnales”.

Con este espíritu escribí la historia de Don Eulogio. Por si hiciera falta, quiero declarar que este personaje, como todos los demás, es ficticio y no debe su existencia a ninguna persona real. La ciudad, como ustedes verán, es la nuestra, aunque su nombre no aparece en sus páginas por una razón afectiva: mi amor por el Querétaro real me impide usarlo como escenario de hechos irreales en donde hace falta, por dictados de la misma trama, cambiar de lugar calles, conventos y plazas. Aunque ustedes y yo estaremos de acuerdo en que Don Eulogio es un personaje queretano.

He dejado lo más importante para el final: mi profundo agradecimiento a todos y cada uno de ustedes por estar aquí, compartiendo esta aventura con nosotros.

Especialmente quiero dirigirme a Hugo Gutiérrez Vega, enorme poeta que con gran dignidad, orgullo y sabiduría ha representado a México en muchos países del mundo. A Tere Azuara, que ha dedicado su vida a estimular en los demás el amor por las letras; a Ediciones Vieira; a las autoridades aquí presentes, a mi familia y mis amigos. El Museo de Arte de Querétaro, uno de los grandes amores de mi vida, ha sido un marco espléndido para realizar este acto. Mil gracias a Margarita Magdaleno por habernos permitido estar esta noche en el claustro barroco más bello de América.