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Maricarmen Pitol

 

La fantasía puesta al servicio de un desentrañamiento de la realidad

 

 

Siempre que hago una presentación como ésta, me embarga la emoción por el descubrimiento de un nuevo texto, la gratitud por la confianza en mí depositada, pero también cierta complicidad con el libro.  Esa historia ya no le pertenece al autor, se encuentra por fin a merced de ojos ajenos que tal vez la juzgarán sin piedad, pero quiero pensar que los libros aparecen al público con un fantasma protector que cuidará su buena ventura.

Y así creo que “Historias íntimas de la casa de don Eulogio” llega acompañada del compromiso de Araceli de exponer ante nosotros una historia ficticia que nos deberá hacer partícipes y fieles creyentes en los espíritus que nos rodean, en esos seres que no pueden seguir su camino por tener algo aún pendiente en este mundo.

Dividida en diez capítulos contados en una prosa impecable que nos advierte que la autora no sólo sabe narrar sino también construir, la novela nos introducido por un narrador omnisciente en tercera persona al renacimiento de la vieja casona de don Eulogio: “Aquel día comenzó el milagro.  Una mujer joven, sin quererlo, despertó a los fantasmas de la casa de don Eulogio y ellos, al cobrar nuevamente la vida etérea, bulliciosa y torpe de las ánimas sin sosiego, se encargaron de estremecer a los demás y trastornar a  media ciudad.”

Salta desde aquí un parentesco inequívoco con Isabel Allende: el propósito de rescatar la memoria del pasado, la presencia de mujeres creadoras y hombres machos, el ingreso a un mundo de historias asombrosas, de arte, poesía, pintura, arquitectura; de espíritus que habrán de colocar a las cosas y a la gente en el lugar que les corresponde.  La fantasía puesta al servicio de un desentrañamiento de la realidad y que como diría Marcelo Coddou “viene ya de una línea de tradición que nos ofrece la literatura hispanoamericana reciente, desde Asturias, Rulfo y Carpentier, hasta Donoso, Fuentes y García Márquez”.

En “Historias íntimas…”  vamos saltando en el tiempo a través de los recuerdos, las sensaciones, los libros, los olores, los objetos de las casas y las casas mismas a la vida y la costumbres de “una ciudad del altiplano mexicano” que por sus anécdotas y descripciones nos evoca a Querétaro: “… Y te cuento cómo el bastón mágico del fraile se transformó en el maravilloso árbol de las cruces que sólo en esta huerta puede crecer.  Cada minúscula cruz nos recuerda el sacrificio de Nuestro Señor y nos da la oportunidad de enmendarnos.”

Y es en este vaivén temporal en donde encontramos los hilos que tejen la historia, los hilos con que borda Araceli la silueta de sus fantasmas y también de su voz: el peso descomunal de las tradiciones impuestas, el papel de la mujer de las distintas clases sociales en una provincia, los derechos de los hombres, el valor de la literatura, la necesidad de aclarar la propia vida, el remordimiento por no haber disfrutado a plenitud situaciones valiosas, la necesidad de reconocer el propio origen, el valor fundamental de la casa familiar. “Una edificación se convertirá en un hogar al ir colocando los sillones para el descanso al terminar  el día, (…) las camas para el amor, el reposo y la cotidiana inauguración de los días, para que cada mañana se renueve la esperanza. (…) El olor de nuestra casa nos ubica en el mundo, nos hace saber que tenemos un lugar propio cuando volvemos a aspirarlo donde quiera que nos encontremos”.

Al ir recorriendo la ciudad recreada por Araceli Ardón y en ella la casa de don Eulogio con todo aquello que la formó, que hizo de sus habitantes las personas que fueron y de sus fantasmas los suspiros que las habitaron, nos vemos transportados por el prodigio técnico que encadena con perfección las palabras, a un mundo que camina buscando su perfectividad: de la soledad a la solidaridad, de la historia propia a la historia social, del cuidadoso encuentro de los secretos guardados a la urgente necesidad de revelar la verdad.

Y espero así que el fantasma protector de esta historia la lleve exitosa por la senda del crecimiento.

 

Tequisquiapan, Qro., 1999