arzobispo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Francisco Perusquía Monroy

 

La joven y talentosa escritora Araceli Ardón ha incursionado con éxito indudable por los diferentes géneros de la literatura: desde la novela al periodismo, pasando por el ensayo, la biografía, la crítica, además de sus actividades docentes. Una obra extensa y rica que le valió el premio “Rosario Castellanos” en 1988. Afortunadamente para Querétaro, es la directora del Museo de Arte.

A propósito de esta obra, es posible aquilatar  sus cualidades como escritora, su talento, su fina sensibilidad y su maestría en el quehacer literario. Basta la lectura de esta colección de cuentos para corroborar lo dicho. Sin obligación impuesta por el género, trasciende sus requerimientos y se explaya con recursos únicos. Sus historias le son familiares gracias a los afectos de que es pródiga hacia personajes y lugares en los que se inscribe la anécdota. Historias o cuentos, da lo mismo, se alzan ante el lector con un estilo brillante y llamativo. Solamente una sensibilidad tan alerta como la de Araceli es capaz de montar un asunto con los pocos elementos de que dispone: una frase, un sentimiento de nostalgia o un deseo.

En cuanto a su técnica narrativa, hay una aproximación al impresionismo. Los impresionistas franceses intentaron pintar la luz como tema dominante, porque la luz modifica las cosas según las horas del día, tanto, que un mismo objeto parece distinto al amanecer y al mediodía. Los contornos se pierden y lo único importante es el efecto luminoso.

A tono con esta visión impresionista están los recursos expresivos de sus cuentos. El cuidado de la prosa hace que se elimine lo accesorio en la narración propiamente dicha y en su expresión lingüística. Esto no significa que desdeñe el adorno o el lujo verbal. Lo que ocurre es que los adornos no permiten que se pierda la línea principal, dirigida al lector para interesarlo mediante la belleza como vehículo al servicio de la comunicación.

Los adjetivos sorprenden por su originalidad y los sustantivos por su propiedad oportuna.

Es por ello que la lectura se sucede con suavidad y en continuo asombro tan ingeniosamente que no reparamos en ello más que si nos detenemos para estudiarlo.

Una frase, decía hace un momento, es suficiente para montar el leit motif  de un relato como en el caso del cuento titulado: “No es nada mío”. Cuento éste en el que la autora ejercita la sindéresis social, virtud escasa en nuestro tiempo: contempla, pero no enjuicia; testimonia, pero no moraliza; comprende, mas no condena.

Acorde con la ortodoxia del cuento, en éste y en los que forman la colección, el final es sorpresivo y contundente. Mucho sabe la autora del dolor y de la enfermedad, de la falta de solidaridad y el desamparo, como cuando describe al grupo de menesterosos desterrados que son llevados en camiones de carga a lugares distantes de los suyos y abandonados a su suerte como en el cuento “El arzobispo del gorro azul”, cuyo protagonista, con el desaliño propio del paria, escribía sus incoherencias como si recibiera un nuevo evangelio por un telégrafo invisible. Es en verdad un loco, o es alguien tan profundamente apasionado que lo hace parecer como tal. Será un místico o un anacoreta.

Frente a ese personaje estrambótico anida el amor, ese amor cósmico del que habla Dante, capaz de mover el sol y las estrellas; esa fuerza que es capaz de redimir al pobre orate del gorro azul.

Así como en algunos de los cuentos se conduele de los vicios y miserias de sus personajes como en “El extravío del panadero” o en “El pájaro del sol”, en otros, en donde los niños son protagonistas, suele demostrar un fondo de ternura infinita, un sentimiento compartido ante la inocencia, la espontaneidad o la ingenuidad; idéntica ternura a la que el niño derrama en torno suyo. Trata de eternizar esa edad de oro que a veces los mayores tratamos de destruir con un grosero realismo. Ejemplos: “La negrita Cucurumbé”, o “El dulce nombre de María”. También el misterio y lo escatológico hayan cabida en esta obra, tal como lo revelan “El embrujo del lienzo” o “Sueños de plata”.

Sea cual fuere la naturaleza del cuento, encontramos en esta obra de Araceli Ardón una bella contribución para la historia del género en México y una oportunidad para saborear nuestra queretanidad, llena de magia y de historia.

 

Santiago de Querétaro, Qro., marzo de 2006