Suplemento
Cultural BARROCO
Junio,
2007
El periodista cultural, catador del espíritu
El periodismo cultural en un país como México
es una opción espléndida para quienes se aventuran a la búsqueda del talento,
se emocionan con los hallazgos del pensamiento humano, exploran los talleres de
los artistas en búsqueda del oro, es decir, la obra sobresaliente, la pieza
maestra, y en el camino invitan al público a seguirlos en esa cruzada
contemporánea: la del redescubrimiento cotidiano de lo que somos, lo que pensamos
y la forma en que se escribe nuestra historia.
Lo que no es poca cosa.
El periodista cultural es un experto que
prueba el sabor de la música, los espectáculos, conferencias y festivales;
puede catalogarlos y elogiar su riqueza, madurez, transparencia o belleza, como
si se tratara de vinos, licores o platillos sofisticados, en el banquete de las
actividades artísticas o académicas al alcance del público.
Sin embargo, dadas las características de
nuestro sistema económico, político y social, pareciera a simple vista que el
periodismo de primera sección fuera el más importante. Es decir, el que cubre
las noticias surgidas de fuentes políticas o económicas. En esas páginas se
registra la vida de las empresas, la danza del dinero y los subterfugios del poder,
que es a fin de cuentas lo que marca el son que baila ese poderoso caballero.
Yo estoy convencida —aunque todos los
reporteros, entrevistadores y analistas tienen una función valiosa al conformar
un medio de comunicación— de que el trabajo periodístico más trascendente
se registra en las páginas culturales. Si el periodista de ocho columnas tiene
oportunidad de entrevistar al Presidente, el de cultura puede disfrutar de una
conversación fascinante con un filósofo. Si en primera página se analiza un conflicto
en la Cámara, en cultura se habla de un movimiento artístico. Pasados los años,
un pueblo se juzga en su entera magnitud: sus contribuciones al desarrollo de
la humanidad. En ese sentido, es más perdurable la aportación de arquitectos,
músicos, novelistas o pintores, que la de la mayoría de los legisladores.
Pongamos un ejemplo que tiene ya la pátina
del tiempo: la vida de París a mediados del siglo XIX. Lo que sabemos de esa
época en esa ciudad tiene más relación con las novelas de Víctor Hugo que con
las declaraciones o acciones de sus alcaldes. Francia tiene un lugar excelso en
la historia del pensamiento, las artes, la moda, la gastronomía y la calidad de
vida; a lo largo de siglos ha determinado el camino a seguir para decenas de
naciones. Los franceses que han inscrito sus nombres en los libros de todos los
escolares del planeta son grandes pensadores: de Robespierre y Rousseau a
Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre. Por supuesto, también hay militares y
estrategas; la historia mundial sería diferente sin Napoleón.
En México hemos tenido excelentes escritores
que han hecho periodismo cultural que se ha decantado en forma de libros.
Salvador Novo escribió en 1946 “Nueva grandeza mexicana”, una crónica que nos
lleva de paseo por las calles de la Ciudad de México. Se trata de la recreación
de una metrópoli de la cual se ha escrito y reescrito su ya larga historia, en
una serie de dimensiones o capas, una sobre otra, que nacen de la memoria
colectiva y de la propia nostalgia del poeta, y que resultan en un palimpsesto
que une al pasado con el presente y avizora el futuro, en sus facetas
espaciales, temporales y artísticas.
El campo del periodismo cultural ha sido
abonado con los trabajos de José Revueltas, Julio Scherer, Héctor Aguilar
Camín, el ubicuo Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco, Elena Poniatowska,
Ángeles Mastretta y nuestro premio Nobel, Octavio Paz, cada vez más estudiado y
admirado dentro y fuera del país. Don Fernando Benítez fue un héroe para
muchos, lo mismo que Edmundo Valadés, por las décadas que ambos hombres pasaron
frente a vetustas máquinas de escribir, pasando por sus rodillos albos papeles
que salían de ellos impregnados de buen gusto, reflexiones profundas y atinados
análisis de la vida mexicana.
Hoy en día tenemos en la prensa capitalina
magníficos suplementos culturales, como el dirigido por nuestro querido poeta
Hugo Gutiérrez Vega, cuyo “Bazar de asombros” recupera con mucha frecuencia el
valor del trabajo de los escritores republicanos españoles, maestros de la
pluma, periodistas ellos mismos, que por fortuna tuvieron discípulos avezados,
lectores ávidos, buenos poetas y cronistas, que hoy en día son también modelo a
seguir para los estudiantes de Periodismo y Comunicaciones.
Nuestra ciudad ha sido generosa tierra de
escritores dedicados a la cultura. Desde la nostálgica descripción de Guillermo
Prieto hasta los creadores del Heraldo de Navidad a lo largo de un siglo
entero, los queretanos presumimos nuestros valores y gustamos de compartirlos.
Para honrar la memoria de quienes ya no están con nosotros pero dedicaron
cientos de horas a las salas de redacción, poniendo los cimientos del
periodismo cultural actual, mencionaré a Paula de Allende, Miguel Jiménez,
Eduardo Loarca Castillo, Manuel Septién y Septién, Roberto Chellet, los
hermanos Balvanera y Manuel de la Llata. Sé que muchos más, con grandes
méritos, se escapan de mi memoria.
En toda la república, y para fortuna nuestra
en Querétaro a través del magnífico suplemento Barroco, que celebra sus méritos
al llegar al número 150, hay narradores, poetas, entrevistadores y cronistas
que siguen creyendo en las páginas de los periódicos, les entregan el alma y la
ponen al descubierto para que los lectores compartan su emoción, lo que ocurre
muy de tarde en tarde, pero ocurre. Por esos escasos momentos, por la maravilla
de sentir la chispa que surge cuando la mente del que escribe se conecta con la
del que lee, vale la pena sacar de adentro las palabras, darles lustre y
sentido, para hablar de un concierto, un libro, una exposición de arte o un
proyecto nuevo.