Suplemento
Cultural BARROCO
Diciembre,
2007
Una noche con Pamuk
Cuando vi su foto en un cartel que anunciaba
su presentación en la Universidad de California en Santa Bárbara me llené de
emoción: ese sentimiento de anticipación con que los niños esperan la Navidad y
las adolescentes un concierto de rock o la primera cita de amor.
Había leído varios textos suyos, como la
novela La vida nueva y su discurso de aceptación del Premio Nóbel 2006 en The New
Yorker; me
gustaba su rostro de nariz contundente y oscuros ojos pequeños, traviesos; ojos
que parecen hacer un guiño, para ver si hemos comprendido la broma escondida en
las palabras emitidas por sus labios.
Me ha ocurrido ya, en ocasiones que
preferiría olvidar, que el encuentro con el creador, con la persona real del
pintor o escritor, me ha causado una decepción que más tarde me impide volver a
disfrutar su obra y a perderme en sus palabras o colores con el gozo de antes,
buscando su significado y belleza.
Sentí que conocer a Orhan Pamuk valdría la
pena ese riesgo, y que esta vez algo me garantizaba que los libros y su autor
estarían en la misma sintonía. Que el escritor sonriente de la cuarta de forros
es en realidad un hombre amable, que lleva el pasaporte turco, que escribe
sobre su ciudad natal y que ha logrado que cientos de miles de lectores nos
interesemos en Estambul, urbe milenaria que se llamó Bizancio hasta el año 330
y Constantinopla hasta 1453. Ubicación espacial de sus escritos, casa del
escritor, lugar maravilloso de leyenda y cuento.
Personas de todas las razas, algunas con
vestimentas étnicas, se reunieron esa noche con nosotros para dar la bienvenida
a un hombre mediterráneo que emana seguridad y parece muy amigo de sí mismo. Es
apuesto y bien plantado, mide por lo menos un metro con noventa centímetros y
se coloca erguido, de frente al micrófono, sin arrogancia ni pedantería,
dispuesto a hablar de sus más profundos motivos para escribir, para dedicar su
vida a las letras, comprobando con alegría que su miedo de muchacho no se
cumplió treinta años después: en aquel tiempo decidió estudiar arquitectura
porque pensó que, si se volvía poeta, viviría frustrado en un país pobre con
escasos lectores.
Pamuk nació en Estambul en 1952. Su vida
familiar inspiró su primera novela, Cevdet Bey y sus hijos (1982) que narra la saga de
tres generaciones que vivieron en Nisantasi, el vecindario de clase alta donde
el autor ha visto transcurrir su existencia.
Salman Rushdie dice que el estudio de Pamuk
tiene una ventana hacia el Bósforo, “ese legendario estrecho que, dependiendo
de cómo se vea, separa o une —o quizá separa y une— los mundos de
Europa y Asia. No habría un escenario más apropiado para un escritor cuya obra
hace precisamente eso”. Rushdie narra en su artículo publicado en el Times de Londres su reunión con
Pamuk, en julio de 2006, en la bella ciudad costera de Parati, en Brasil.
Durante esos días, nos dice el indio, Pamuk parecía libre de angustias a pesar
de que pocas semanas antes había recibido amenazas de muerte de parte de grupos
ultranacionalistas turcos.
Esa actitud sencilla, de hombre sabio que
logra convivir con los demás, esa proyección de sí mismo plena de tranquilidad,
la misma que impregna sus palabras escritas, es una de las mayores cualidades
de Pamuk. Tengo para mí que sus editores y traductores, los organizadores de
las ferias de libros, los funcionarios de cultura de los países a donde viaja,
los diplomáticos que lo reciben, los profesores de literatura que se dedican a
su obra y los privilegiados que han podido escucharlo, comparten conmigo esa
sensación de aquilatar a alguien en verdad grande porque a la hora de la charla
parece tu amigo de toda la vida, te habla con claridad, toca temas que a todos
nos llegan: lo que argumentaba su hija Rüya a los cuatro años para no ir a clases,
sus caminatas por la ciudad vieja, el amor por su barrio, la inquietud de tener
en su estudio un portafolios lleno de escritos que su padre creó en su juventud
parisina, la devoción que siente un joven por el hombre que le heredó la
sangre, el apellido y la manera de mirar.
Esos son los temas que toca Pamuk. Y lo hace
con sentido del humor, con sencilla profundidad. Pamuk cae muy bien. Me
pregunto si los miembros de la Academia Sueca, tan formales ellos, tan serios y
casi con seguridad ordenados hasta la obsesión, hombres y mujeres que llevan un
reloj en el corazón para llegar a tiempo a todas partes, habrán escogido a
Pamuk porque es un tío guapo y amable, además del innegable valor de su
literatura.
Pamuk habla muy bien inglés. Domina el
idioma, es capaz de crear en forma articulada un discurso impecable. Pero al
leer fragmentos de sus libros, ocurre un fenómeno espléndido: cuando habla
inglés, hay en su acento de extranjero venido de muy lejos una especie de eco
que reverbera, como una estación de radio que no está sintonizada en forma
exacta, o la señal lejana que pescamos en el auto a la mitad de la noche. Sus
palabras están cargadas de esa estática, hasta que llega a los nombres de
lugares o personas turcas que se tienen que pronunciar en ese idioma: entonces
su voz se vuelve música. Una brevísima, milimétrica canción del Medio Oriente
que subyuga.
Ése tema, el de la música interior de los
libros, es una constante de su obra. Aparece en diferentes páginas de La
vida nueva, en
otras novelas y en los artículos que publicó en una revista semanal, sobre los
cuales narra con sentido del humor que cada martes, fecha de cierre, se
proponía cancelar su participación en la revista. Sin embargo, los editores no
le permitían que dejara de escribir, le suplicaban enviando una persona a
recoger los textos. Le daban dos horas para escribirlos. Pamuk, sentenciado a
terminar un artículo en dos horas, se sentaba y ponía palabras en un papel
sobre temas cotidianos, hasta que completó una serie que se ha traducido a docenas
de idiomas, se incluye en antologías y se publica en las mejores revistas del
mundo. Cada martes él quedaba extenuado luego de cumplir con el plazo. De
inmediato anunciaba que no publicaría más artículos. Este rito se extendió por
años.
Pamuk nos habló de sus novelas, como la
titulada Estambul, una de las más leídas. Reconoce que sus hilos conductores son la
melancolía, la tristeza, la decadencia de la ciudad en la que vivió desde su
nacimiento; es una narración de sus primeros años, describe en ella su interés
de ser pintor, luego arquitecto. Como fondo, como telón de escena, está la
ciudad nostálgica, las calles que ahora sus lectores caminan con devoción
buscando en ellas la ruina de la que habla el escritor, sin encontrarla. Claro,
todo ha cambiado, dice él: en los lugares turísticos de hoy no se siente la
desolación que impregnaba a cada sitio en los años sesenta del siglo pasado,
cuando yo era joven y podía absorber esos sentimientos de los mayores. Ahora mi
ciudad, mi país, están preparándose para ingresar a la Unión Europea y todo
está remozado y limpio. La verdadera naturaleza de Turquía se esconde detrás de
los nuevos decorados.
Pamuk es un pintor que plasma, en lienzos
impecables, un paisaje al óleo que todos podemos aquilatar. Es la pintura de nuestra
propia vida. Su estilo es realista, puede ser comprendido a primera vista. Si
más adelante nos detenemos a estudiar las pinceladas, entenderemos la hermosura
de sus colores y nos oprimirá el pecho tanta belleza.
Orhan Pamuk ha escrito las novelas Cevdet
Bey y sus hijos,
y El libro negro,
ubicadas en Nisantasi, un vecindario de Estambul donde radican familias de
clase alta y estilo de vida occidental. Su libro Estambul es una autobiografía que narra
desde su infancia hasta que tenía 22 años y se dedicaba a pintar y soñaba con
ser artista. Pamuk es un periodista graduado en la universidad a los 23, que en
lugar de trabajar en los medios decidió encerrarse a escribir su libro La
casa silenciosa,
que ganó una serie de premios literarios en los años noventa. En 1985 publicó El
castillo blanco,
sobre la amistad entre un esclavo veneciano y un estudioso otomano. Este libro,
publicado en varios idiomas a partir de 1990, le dio celebridad mundial. De
1985 a 1988 vivió en Nueva York, como artista en residencia en la Universidad
de Columbia. Ahí escribió El libro negro, sobre las calles y la historia de Estambul,
con un abogado como personaje central. Su hija Rüya nació en 1991.
La vida nueva rinde homenaje desde el título
a la primera obra de Dante Alighieri, escrita entre 1292 y 1293, reciente
todavía la muerte de Beatriz. Los personajes de la novela de Pamuk sufren, como
Dante, del dolor que dejan los amores platónicos; el libro del autor turco
también tiene como tema la propia literatura, la fuerza y la luz que emanan de
las obras narrativas bien escritas.
En 1998 publicó Mi nombre es
rojo, y en 2002
Nieve,
novela política ubicada en la pequeña ciudad de Kars, al norte de Turquía. Otros
colores es una
antología de breves textos. Varios expertos han comparado su narrativa con las
de Umberto Eco, Salman Rushdie y Jorge Luis Borges.
Un escritor es alguien que pasa
años tratando de descubrir, con paciencia, el segundo ser dentro de sí, y el
mundo que lo hace quien es: cuando yo hablo de escribir, lo primero que viene a
mi mente no es una novela, un poema o la tradición literaria; es una persona
que se encierra en una habitación, se sienta frente a una mesa, solo, y mira a
su interior; entre sus sombras, crea un nuevo mundo con palabras. Este hombre
—o esta mujer— puede usar una máquina de escribir, auxiliarse con
una computadora o escribir con pluma sobre un papel, como yo lo he hecho
durante treinta años. A medida que escribe, puede tomar té o café, o fumar. De
cuando en cuando puede levantarse de la mesa para ver por la ventana a los
niños que juegan en la calle, o si es afortunado, a los árboles o el paisaje, o
ver un muro negro. Puede escribir poemas, obras de teatro, o novelas como yo.
Todas estas diferencias vienen después de la crucial tarea de sentarse frente a
la mesa y mirar a su interior con paciencia. Escribir es transformar esta
mirada interior en palabras, estudiar el mundo al cual esta persona pasa cuando
se retira hacia sí mismo, y lo hace con paciencia, obstinación y gozo.
El punto inicial de la literatura
es el hombre que se encierra en su habitación con sus libros.
Pero una vez que nos encerramos,
descubrimos que no estamos tan solos como pensábamos. Estamos en la compañía de
las palabras de aquellos que llegaron antes que nosotros, las historias de
otras personas, los libros de otras personas, las palabras de otras personas,
esa cosa que llamamos tradición. Creo que la literatura es el bagaje más
valioso que la humanidad ha reunido en su misión de entenderse a sí misma. Las
sociedades, las tribus y los pueblos se vuelven más inteligentes, más ricos y
más desarrollados mientras más ponen atención a las problemáticas palabras de
sus autores y, como todos sabemos, la quema de libros y la denigración de los
escritores son signos de que se ciernen sobre nosotros tiempos oscuros e
impredecibles.
Orhan Pamuk
Texto tomado de su discurso de aceptación
del Premio Nóbel, 2006
(Traducción del inglés: AA)