*Catedrático de la Facultad de
Filosofía y Letras de la Universidad de Guanajuato
Es
emocionante es que este libro sea de una guanajuatense, aunque radicada en
Querétaro y dedicada a la ficción en tierras queretanas; aunque nunca dice que
el escenario de esta novela es Querétaro, sabemos que es Querétaro.
Desde
los años sesenta con el boom con García Márquez, Vargas Llosa,
Fuentes y con nuestro inolvidable Cortázar, hay un gran afán por rescatar
nuestra historia; como dijeron Carlos Fuentes y algunos escritores
latinoamericanos de nuestra época: “La historia en América Latina todavía no
está escrita”, es decir, hay un esfuerzo por parte de los historiadores pero
parece que la historia aún está por escribirse.
Ante
ese reto no solamente los historiadores sino también los hombres de letras, las
mujeres de letras, es decir los ficcionadores, están arrancando de su
imaginación, de su información y de su cultura esta historia, y es justamente
en este contexto, en este ámbito, donde nace la novela de Araceli Ardón,
“Historias íntimas de la casa de Don Eulogio”.
Llama
la atención de este título el propio nombre de don Eulogio, un nombre familiar
en nuestro medio pero que tiene una simbología, pues esta novela trata de
rescatar en términos de ficción la historia de la provincia mexicana.
En
la literatura, como ustedes saben, no importa que anclemos la referencia en la
realidad, sino que instauremos la nueva realidad para hacerla universal.
Macondo no existe, pero existe en la realidad imaginativa de todos a partir de
la novela de García Márquez, y aunque hubiera un pueblo que se llamara Macondo,
no sería el Macondo que recrea García Márquez, como tampoco la Comala que
existe en Colima es el universo instaurado por Rulfo.
Este
lugar descrito, pintado, que está viviendo y respirando en la novela de Araceli
Ardón, es también la provincia que puede ser Guanajuato, San Luis Potosí,
Morelia o cualquiera de las ciudades con pasado colonial, mestizaje, historia;
que tienen también una realidad imaginativa, que tienen espectros que salen y
entran de las casas y que conviven con nosotros todos los días.
Sobre
este tema, estos recuerdos que pueden ser o no reales, un personaje declaró
haber visto a uno de esos espectros en la calle y por eso perdió la razón.
Independientemente de si los haya visto o no, estas visiones, estos personajes
muertos viven con nosotros y esto es tan cierto que el día 2 de noviembre y en
otras conmemoraciones de tipo religioso, estos seres muertos están viviendo,
más vivos que nosotros. Y esta realidad latinoamericana está viva y es
elocuente en las páginas de la novela de Araceli Ardón, “Historias íntimas de
la casa de don Eulogio”, que recobra una generación que va desde principios del
siglo hasta nuestros días. Quizás el foco de la narración o el momento presente
es 1995, porque en un párrafo se hace la referencia de que la heredera de esta
familia regresa de la capital a esta ciudad de provincia y hacía una década que
la gran ciudad había sufrido un temblor, que nuestra memoria recuerda
trágicamente: el temblor de 1985.
A
partir de este enfoque y este momento de la narración, se instala la voz del
narrador y se empiezan a reconstruir las historias. Hay una generación, hay una
familia, hay un don Eulogio que es el patriarca. Don Eulogio tiene a su hija,
doña Elisa, que a su vez tiene a Rosario, casada con Francisco. Esta pareja es
la encargada de traer los recuerdos de esta casa patriarcal a la imaginación y
a la memoria de los lectores. Entonces se recobran estas tradiciones, estos
recuerdos, estas vidas, a través de la nieta.
Recuerdos
ayudados por los papeles de don Eulogio, profesor universitario, fundador de la
Facultad de Letras de esa ciudad y que en sus momentos íntimos recobra su vida
en sus papeles privados, papeles privados que después su nieta va a recobrar
para nosotros.
Como
hace Umberto Eco en El nombre de la rosa, Araceli Ardón
utiliza aquí un recurso de la literatura desde Cervantes para presentar una
historia a través de ciertos manuscritos, recordemos los de Melquíades de
García Márquez; se nos cuenta algo que está escrito en algún lugar, y también
en la memoria de todos nosotros. Hemos escuchado al abuelo, a la abuela, a la
tía solterona, las historias que están escritas en el libro de la memoria.
En
la literatura, en este texto, se dice que los documentos están reunidos en
cuatro volúmenes, encuadernados por el propio escritor; pero es un símbolo
porque estos tomos son los tomos de la memoria. Todos nosotros en nuestras
casas, nuestro pasado, en los recuerdos, tenemos estos tomos de la memoria que
día con día viven en los recuerdos de quienes nos rodean. Este recurso le
permite a la autora, a través de la voz de su narrador, recobrar este pasado,
estos recuerdos, estas historias íntimas.
La
influencia de Carlos Fuentes se hace notar en esta novela, la influencia de
García Márquez está presente, y finalmente, como dice Borges, todo libro no es
más que el producto de los otros libros y Araceli Ardón conoce muchos libros.
Se
nota esta influencia al tratar de recobrar este pasado, esta memoria, a través
de la historia de una familia: del abuelo, de la hija del abuelo y madre de
Rosario que es finalmente quien está focalizada, con su marido Francisco, en la
historia misma. Si el lector se va al pasado recogiendo jirones de la historia,
a medida que avanza en la lectura va integrando este gran mosaico, este
rompecabezas; va recreando esta realidad en su propia imaginación e integrando
esta realidad en la suya propia.
Como
Carlos Fuentes dice, tenemos en la escritura esta posibilidad. La literatura es
capaz de manejar estos recursos para crear una narración vista desde muchas
perspectivas, a diferencia de un historiador que se ve sujeto a una cronología
que lo obliga a relatar suceso tras suceso como vagones de ferrocarril; en la
literatura estos sucesos se pueden abordar desde muy diversas perspectivas,
desde muy diversos ángulos, de tal manera que los lectores podemos instalarnos
desde muy diversos puntos de vista a través de la voz del narrador para valorar
estas sutilezas, majestades o debilidades humanas que son finalmente las más
ricas, interesantes, trascendentales.
Todavía
recordando a Carlos Fuentes, diríamos que la historia de una ciudad no es la
historia de sus grandes hombres, sus grandes monumentos o sus herencias
documentales, sino también la historia mínima de sus hombres; es decir que la
historia de un pueblo, de las gentes, la historia mínima, íntima, secreta y a
veces no revelada del todo, es lo que hace nuestra cultura.
Sería
muy frío, muy geométrico, tratar de recobrar la cultura de una ciudad, un país,
un continente, solamente hablando de sus grandes hombres, de sus hazañas o de
sus monumentos. Está la otra parte: la parte íntima, sutil, individual, la
parte que deambula entre las alcobas, en la cocina, en los patios. Los momentos
de melancolía, los olores de las enchiladas, la nuez moscada, las sábanas
limpias. De todo esto nos habla Araceli Ardón. En este ámbito personal, casero,
amoroso, tesonero, va deambulando la narración y estos matices nos hacen
recordar lo nuestro, lo que nos pertenece.
Cuando
leemos esta narración nos reconocemos a nosotros mismos, recobramos nuestro
pasado en la propia memoria, en nuestros recuerdos y esto es lo más valioso del
texto: que no solamente recobra un pasado de una ciudad cualquiera, de la
provincia que sea, sino que recobra la vida íntima de los personajes, nosotros,
que deambulamos, damos vida y damos razón y sentido a las ciudades que
habitamos. Las ciudades son sus habitantes, no solamente sus monumentos, es el
fondo del mensaje de Araceli Ardón.
Cuando
por vez primera se leyeron las páginas memorables de García Márquez, de Cien
años de soledad: “Muchos años después, frente al pelotón de
fusilamiento, el Coronel Aureliano Buendía recordaría la tarde remota...” el
lector hispanoamericano se estaba leyendo en sus propios recuerdos, es decir,
estaba recordando, estaba viviendo aquellas palabras, aquellos sentimientos que
antes de García Márquez no podía expresar; que experimentaba, pero no podía
expresar.
Igual
con Rulfo: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal
Pedro Páramo” también nos
reconocemos en esa realidad. Por otro lado, el escritor cubano Alejo Carpentier
decía que nosotros tenemos que recrear la realidad, porque la que vivimos en
América Latina es una nueva realidad. Si yo digo en España una bodega, una
cocina, o si digo una plaza serán palabras entendidas por los españoles, pero
yo tengo que describir la plaza, la cocina y la bodega de América Latina. Los
angelitos maraqueros que describía Carpentier (angelitos en una concepción
occidental, con sus maracas latinoamericanas) son es mi nueva realidad, la
tengo que describir puntualmente porque es mía y es nueva. Una nueva realidad,
objetiva, sensorial, pero también una realidad instaurada por las palabras. Por
eso la descripción le es tan cara a Alejo y esta resonancia, la enseñanza
literaria, la encontramos muy bien expresada por Araceli Ardón.
Hay
un párrafo en este tenor que lo ilustra elocuente y plenamente cuando Rosario,
nieta de don Eulogio, se instala años después de que sus antecesores han
muerto, y ante la casa vacía con los rayos de sol lánguidos atravesando las
puertas, empieza a recobrar este pasado.
La
novela es narrada por una voz narrativa y va poniendo el foco de la cámara de
las palabras, a través de los personajes. De pronto vemos las cosas a través de
la nieta, de don Eulogio, o de Elisa; es decir que el lector va cambiando la
perspectiva, la óptica, a través de los ojos de los personajes, pero siempre
bajo la mano diestra del narrador que va conduciendo. Dice la página 21 de la
novela, donde está focalizada Rosario:
“Todavía se
sentía la presencia de don Eulogio en el escritorio de la biblioteca; al pasar
por la puerta abierta del cuarto repleto de libros, los ojos invisibles del
viejo poeta la miraron con ternura. (Naturalmente don Eulogio ya está muerto).
Rosario tuvo que alejarse de ellos y encerrarse en el costurero, sentada en el
sillón alto junto a la ventana, para soltar las amarras de su tristeza. (Esta expresión
me huele mucho a García Márquez: las telarañas del sueño). Pudo sentir
claramente cómo se fue formando un nudo terrible que comenzaba en la garganta y
se diluía en la boca del estómago. Un escalofrío recorrió sus brazos y se
instaló por fin detrás del cuello, donde la nuca sostenía sin éxito una cabeza
vencida por la pesadumbre. Se abrazó buscando retener el calor de su cuerpo,
que se escapaba no sólo por los pies helados sino por los pulmones llenos de
agua. Tuvo que hacer un esfuerzo consciente para liberar el llanto, ella que se
sentía tan fuerte, tan entera, la mayor parte del tiempo. Una voz interior le
dijo que si no vivía esta pena en carne viva, la amargura se instalaría para
siempre debajo de su piel. Había llegado el momento de tener misericordia de sí
misma”.
En
este pasaje, el narrador nos guía para penetrar a los recónditos pensamientos
del personaje, traduciendo a palabras las emociones que este personaje
experimenta, y el mundo se sienta frente a él. Con este mismo recurso todos los
demás personajes van pasando frente a nosotros pero no en una relación lineal,
una de las virtudes de esta novela.
Esto
la hace muy amena, muy sabrosa: uno comienza a leerla y de pronto ya no puede
dejarla porque está involucrado con todos los hilos de la historia de esta
familia, que es la familia del lugar donde vivimos; hablo del hábitat, del
ambiente, de nuestra cultura, lenguaje, vestido, costumbre, pasado, historia.
Uno se mete y ya no puede salir porque es el ámbito donde uno vive, donde uno
respira. Y todos los personajes van desfilando, aunque no en orden cronológico;
el narrador aprovecha la mención de un personaje para meternos a su historia.
El
momento climático de la narración es a mitad de la cosa. Decía Aristóteles en La
poética que para escribir una narración hay que comenzarla
en media res, a mitad de la cosa. Si comienzo a contar algo por el principio
puedo ser muy lógico o muy aburrido; dice el primer cuentista latinoamericano
Esteban Echeverría, en El matadero: “No quisiera
contarles historias por el Génesis como hacen nuestros historiadores”, donde
hace una ironía velada a la forma de escribir literatura historiada.
La
literatura tiene un discurso propio y esto le permite violentar esta secuencia
temporal lógico-causal del tiempo, esta conexión se la deja justamente como
trabajo placentero al entorno. Entonces comienza a contar a mitad de la cosa,
por el momento crítico: si alguien está en un precipicio se va suicidar, o
alguien lo va a empujar, o nada más va a despeinarlo el viento.
En
la literatura, el narrador puede manejar este tiempo a su antojo y Araceli
Ardón comienza su relato precisamente en un clímax: el momento del velatorio de
un personaje, doña Elisa; éste es el momento vital de la historia porque ella
es hija de don Eulogio y a su vez va a tener una hija, es decir, es la mitad de
la generación y Ardón comienza a narrarnos su muerte. Esta muerte va a detonar
la caída de la casa material pero a su vez el renacimiento de la casa
imaginativa de don Eulogio, donde van a surgir todos los relieves de las
historias.
Hay
muchas pequeñas historias que se van uniendo como un rompecabezas que uno va
armando poco a poco. De pronto uno cree que está ante aquello que en la
literatura latinoamericana se ha calificado de realismo mágico o de real maravilloso,
es decir, acontecimientos que uno no sabe cómo calificar, si son naturales y se
explican por una razón, o son sobrenaturales. Si empiezo a leer un relato y
aparece un espectro, bueno, dicen, no era un espectro sino una puesta en escena
para engañar a todos los demás, la narración sigue siendo natural y lo que está
pasando se puede explicar lógicamente; pero si se aparece ese espectro, si me
narran la aparición del espectro, y sigue hablando de espectro sin explicar que
es obra de los humanos, entonces yo caigo en las reglas del juego de un relato
de carácter sobrenatural.
Araceli
Ardón juega con nosotros, en el mejor sentido de la palabra, porque nos narra
varias escenas como pequeñas viñetas donde pinta elocuentemente un
acontecimiento que es mágico, producto de algo sobrenatural. Después cae uno en
la explicación de que fue producto de una farsa, como una sesión de
espiritistas con una ouija, con voces venidas de otro mundo que están hablando
como espíritus y se descubre de que es gente detrás de una cortina. Pero
también aparecen espectros, como el Marqués de Regla que es un personaje
histórico, sobrenatural.
Este
manejo lúdico de los acontecimientos nos deja en el filo de la navaja, donde ya
no estamos en la realidad pero tampoco en un acontecimiento sobrenatural sino
en aquello que se ha calificado como fantástico o como real maravilloso; es
real porque así suceden esas realidades y es maravilloso porque a los ojos del
racionalismo esto no podría suceder y sin embargo sucede: los muertos están con
nosotros, los muertos viven, nos hablan. El racionalismo no puede aceptar esto
pero es mi realidad, la que tengo que asumir. Es cultura. Es parte de nosotros,
sin eso no podríamos entender a Rulfo ni a Carpentier ni a García Márquez;
tampoco a Araceli Ardón en las Historias íntimas de la casa de don Eulogio.
Guanajuato, Gto.,
noviembre 1998