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Luis Palacios Hernández*

 

*Catedrático de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Guanajuato

 

 

Es emocionante es que este libro sea de una guanajuatense, aunque radicada en Querétaro y dedicada a la ficción en tierras queretanas; aunque nunca dice que el escenario de esta novela es Querétaro, sabemos que es Querétaro.

Desde los años sesenta con el boom con García Márquez, Vargas Llosa, Fuentes y con nuestro inolvidable Cortázar, hay un gran afán por rescatar nuestra historia; como dijeron Carlos Fuentes y algunos escritores latinoamericanos de nuestra época: “La historia en América Latina todavía no está escrita”, es decir, hay un esfuerzo por parte de los historiadores pero parece que la historia aún está por escribirse.

Ante ese reto no solamente los historiadores sino también los hombres de letras, las mujeres de letras, es decir los ficcionadores, están arrancando de su imaginación, de su información y de su cultura esta historia, y es justamente en este contexto, en este ámbito, donde nace la novela de Araceli Ardón, “Historias íntimas de la casa de Don Eulogio”.

Llama la atención de este título el propio nombre de don Eulogio, un nombre familiar en nuestro medio pero que tiene una simbología, pues esta novela trata de rescatar en términos de ficción la historia de la provincia mexicana.

En la literatura, como ustedes saben, no importa que anclemos la referencia en la realidad, sino que instauremos la nueva realidad para hacerla universal. Macondo no existe, pero existe en la realidad imaginativa de todos a partir de la novela de García Márquez, y aunque hubiera un pueblo que se llamara Macondo, no sería el Macondo que recrea García Márquez, como tampoco la Comala que existe en Colima es el universo instaurado por Rulfo.

Este lugar descrito, pintado, que está viviendo y respirando en la novela de Araceli Ardón, es también la provincia que puede ser Guanajuato, San Luis Potosí, Morelia o cualquiera de las ciudades con pasado colonial, mestizaje, historia; que tienen también una realidad imaginativa, que tienen espectros que salen y entran de las casas y que conviven con nosotros todos los días.

Sobre este tema, estos recuerdos que pueden ser o no reales, un personaje declaró haber visto a uno de esos espectros en la calle y por eso perdió la razón. Independientemente de si los haya visto o no, estas visiones, estos personajes muertos viven con nosotros y esto es tan cierto que el día 2 de noviembre y en otras conmemoraciones de tipo religioso, estos seres muertos están viviendo, más vivos que nosotros. Y esta realidad latinoamericana está viva y es elocuente en las páginas de la novela de Araceli Ardón, “Historias íntimas de la casa de don Eulogio”, que recobra una generación que va desde principios del siglo hasta nuestros días. Quizás el foco de la narración o el momento presente es 1995, porque en un párrafo se hace la referencia de que la heredera de esta familia regresa de la capital a esta ciudad de provincia y hacía una década que la gran ciudad había sufrido un temblor, que nuestra memoria recuerda trágicamente: el temblor de 1985.

A partir de este enfoque y este momento de la narración, se instala la voz del narrador y se empiezan a reconstruir las historias. Hay una generación, hay una familia, hay un don Eulogio que es el patriarca. Don Eulogio tiene a su hija, doña Elisa, que a su vez tiene a Rosario, casada con Francisco. Esta pareja es la encargada de traer los recuerdos de esta casa patriarcal a la imaginación y a la memoria de los lectores. Entonces se recobran estas tradiciones, estos recuerdos, estas vidas, a través de la nieta.

Recuerdos ayudados por los papeles de don Eulogio, profesor universitario, fundador de la Facultad de Letras de esa ciudad y que en sus momentos íntimos recobra su vida en sus papeles privados, papeles privados que después su nieta va a recobrar para nosotros.

Como hace Umberto Eco en El nombre de la rosa, Araceli Ardón utiliza aquí un recurso de la literatura desde Cervantes para presentar una historia a través de ciertos manuscritos, recordemos los de Melquíades de García Márquez; se nos cuenta algo que está escrito en algún lugar, y también en la memoria de todos nosotros. Hemos escuchado al abuelo, a la abuela, a la tía solterona, las historias que están escritas en el libro de la memoria.

En la literatura, en este texto, se dice que los documentos están reunidos en cuatro volúmenes, encuadernados por el propio escritor; pero es un símbolo porque estos tomos son los tomos de la memoria. Todos nosotros en nuestras casas, nuestro pasado, en los recuerdos, tenemos estos tomos de la memoria que día con día viven en los recuerdos de quienes nos rodean. Este recurso le permite a la autora, a través de la voz de su narrador, recobrar este pasado, estos recuerdos, estas historias íntimas.

La influencia de Carlos Fuentes se hace notar en esta novela, la influencia de García Márquez está presente, y finalmente, como dice Borges, todo libro no es más que el producto de los otros libros y Araceli Ardón conoce muchos libros.

Se nota esta influencia al tratar de recobrar este pasado, esta memoria, a través de la historia de una familia: del abuelo, de la hija del abuelo y madre de Rosario que es finalmente quien está focalizada, con su marido Francisco, en la historia misma. Si el lector se va al pasado recogiendo jirones de la historia, a medida que avanza en la lectura va integrando este gran mosaico, este rompecabezas; va recreando esta realidad en su propia imaginación e integrando esta realidad en la suya propia.

Como Carlos Fuentes dice, tenemos en la escritura esta posibilidad. La literatura es capaz de manejar estos recursos para crear una narración vista desde muchas perspectivas, a diferencia de un historiador que se ve sujeto a una cronología que lo obliga a relatar suceso tras suceso como vagones de ferrocarril; en la literatura estos sucesos se pueden abordar desde muy diversas perspectivas, desde muy diversos ángulos, de tal manera que los lectores podemos instalarnos desde muy diversos puntos de vista a través de la voz del narrador para valorar estas sutilezas, majestades o debilidades humanas que son finalmente las más ricas, interesantes, trascendentales.

Todavía recordando a Carlos Fuentes, diríamos que la historia de una ciudad no es la historia de sus grandes hombres, sus grandes monumentos o sus herencias documentales, sino también la historia mínima de sus hombres; es decir que la historia de un pueblo, de las gentes, la historia mínima, íntima, secreta y a veces no revelada del todo, es lo que hace nuestra cultura.

Sería muy frío, muy geométrico, tratar de recobrar la cultura de una ciudad, un país, un continente, solamente hablando de sus grandes hombres, de sus hazañas o de sus monumentos. Está la otra parte: la parte íntima, sutil, individual, la parte que deambula entre las alcobas, en la cocina, en los patios. Los momentos de melancolía, los olores de las enchiladas, la nuez moscada, las sábanas limpias. De todo esto nos habla Araceli Ardón. En este ámbito personal, casero, amoroso, tesonero, va deambulando la narración y estos matices nos hacen recordar lo nuestro, lo que nos pertenece.

Cuando leemos esta narración nos reconocemos a nosotros mismos, recobramos nuestro pasado en la propia memoria, en nuestros recuerdos y esto es lo más valioso del texto: que no solamente recobra un pasado de una ciudad cualquiera, de la provincia que sea, sino que recobra la vida íntima de los personajes, nosotros, que deambulamos, damos vida y damos razón y sentido a las ciudades que habitamos. Las ciudades son sus habitantes, no solamente sus monumentos, es el fondo del mensaje de Araceli Ardón.

Cuando por vez primera se leyeron las páginas memorables de García Márquez, de Cien años de soledad: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el Coronel Aureliano Buendía recordaría la tarde remota...” el lector hispanoamericano se estaba leyendo en sus propios recuerdos, es decir, estaba recordando, estaba viviendo aquellas palabras, aquellos sentimientos que antes de García Márquez no podía expresar; que experimentaba, pero no podía expresar.

Igual con Rulfo: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”  también nos reconocemos en esa realidad. Por otro lado, el escritor cubano Alejo Carpentier decía que nosotros tenemos que recrear la realidad, porque la que vivimos en América Latina es una nueva realidad. Si yo digo en España una bodega, una cocina, o si digo una plaza serán palabras entendidas por los españoles, pero yo tengo que describir la plaza, la cocina y la bodega de América Latina. Los angelitos maraqueros que describía Carpentier (angelitos en una concepción occidental, con sus maracas latinoamericanas) son es mi nueva realidad, la tengo que describir puntualmente porque es mía y es nueva. Una nueva realidad, objetiva, sensorial, pero también una realidad instaurada por las palabras. Por eso la descripción le es tan cara a Alejo y esta resonancia, la enseñanza literaria, la encontramos muy bien expresada por Araceli Ardón.

Hay un párrafo en este tenor que lo ilustra elocuente y plenamente cuando Rosario, nieta de don Eulogio, se instala años después de que sus antecesores han muerto, y ante la casa vacía con los rayos de sol lánguidos atravesando las puertas, empieza a recobrar este pasado.

La novela es narrada por una voz narrativa y va poniendo el foco de la cámara de las palabras, a través de los personajes. De pronto vemos las cosas a través de la nieta, de don Eulogio, o de Elisa; es decir que el lector va cambiando la perspectiva, la óptica, a través de los ojos de los personajes, pero siempre bajo la mano diestra del narrador que va conduciendo. Dice la página 21 de la novela, donde está focalizada Rosario:

 

“Todavía se sentía la presencia de don Eulogio en el escritorio de la biblioteca; al pasar por la puerta abierta del cuarto repleto de libros, los ojos invisibles del viejo poeta la miraron con ternura. (Naturalmente don Eulogio ya está muerto). Rosario tuvo que alejarse de ellos y encerrarse en el costurero, sentada en el sillón alto junto a la ventana, para soltar las amarras de su tristeza. (Esta expresión me huele mucho a García Márquez: las telarañas del sueño). Pudo sentir claramente cómo se fue formando un nudo terrible que comenzaba en la garganta y se diluía en la boca del estómago. Un escalofrío recorrió sus brazos y se instaló por fin detrás del cuello, donde la nuca sostenía sin éxito una cabeza vencida por la pesadumbre. Se abrazó buscando retener el calor de su cuerpo, que se escapaba no sólo por los pies helados sino por los pulmones llenos de agua. Tuvo que hacer un esfuerzo consciente para liberar el llanto, ella que se sentía tan fuerte, tan entera, la mayor parte del tiempo. Una voz interior le dijo que si no vivía esta pena en carne viva, la amargura se instalaría para siempre debajo de su piel. Había llegado el momento de tener misericordia de sí misma”.

 

En este pasaje, el narrador nos guía para penetrar a los recónditos pensamientos del personaje, traduciendo a palabras las emociones que este personaje experimenta, y el mundo se sienta frente a él. Con este mismo recurso todos los demás personajes van pasando frente a nosotros pero no en una relación lineal, una de las virtudes de esta novela.

Esto la hace muy amena, muy sabrosa: uno comienza a leerla y de pronto ya no puede dejarla porque está involucrado con todos los hilos de la historia de esta familia, que es la familia del lugar donde vivimos; hablo del hábitat, del ambiente, de nuestra cultura, lenguaje, vestido, costumbre, pasado, historia. Uno se mete y ya no puede salir porque es el ámbito donde uno vive, donde uno respira. Y todos los personajes van desfilando, aunque no en orden cronológico; el narrador aprovecha la mención de un personaje para meternos a su historia.

El momento climático de la narración es a mitad de la cosa. Decía Aristóteles en La poética que para escribir una narración hay que comenzarla en media res, a mitad de la cosa. Si comienzo a contar algo por el principio puedo ser muy lógico o muy aburrido; dice el primer cuentista latinoamericano Esteban Echeverría, en El matadero: “No quisiera contarles historias por el Génesis como hacen nuestros historiadores”, donde hace una ironía velada a la forma de escribir literatura historiada.

La literatura tiene un discurso propio y esto le permite violentar esta secuencia temporal lógico-causal del tiempo, esta conexión se la deja justamente como trabajo placentero al entorno. Entonces comienza a contar a mitad de la cosa, por el momento crítico: si alguien está en un precipicio se va suicidar, o alguien lo va a empujar, o nada más va a despeinarlo el viento.

En la literatura, el narrador puede manejar este tiempo a su antojo y Araceli Ardón comienza su relato precisamente en un clímax: el momento del velatorio de un personaje, doña Elisa; éste es el momento vital de la historia porque ella es hija de don Eulogio y a su vez va a tener una hija, es decir, es la mitad de la generación y Ardón comienza a narrarnos su muerte. Esta muerte va a detonar la caída de la casa material pero a su vez el renacimiento de la casa imaginativa de don Eulogio, donde van a surgir todos los relieves de las historias.

Hay muchas pequeñas historias que se van uniendo como un rompecabezas que uno va armando poco a poco. De pronto uno cree que está ante aquello que en la literatura latinoamericana se ha calificado de realismo mágico o de real maravilloso, es decir, acontecimientos que uno no sabe cómo calificar, si son naturales y se explican por una razón, o son sobrenaturales. Si empiezo a leer un relato y aparece un espectro, bueno, dicen, no era un espectro sino una puesta en escena para engañar a todos los demás, la narración sigue siendo natural y lo que está pasando se puede explicar lógicamente; pero si se aparece ese espectro, si me narran la aparición del espectro, y sigue hablando de espectro sin explicar que es obra de los humanos, entonces yo caigo en las reglas del juego de un relato de carácter sobrenatural.

Araceli Ardón juega con nosotros, en el mejor sentido de la palabra, porque nos narra varias escenas como pequeñas viñetas donde pinta elocuentemente un acontecimiento que es mágico, producto de algo sobrenatural. Después cae uno en la explicación de que fue producto de una farsa, como una sesión de espiritistas con una ouija, con voces venidas de otro mundo que están hablando como espíritus y se descubre de que es gente detrás de una cortina. Pero también aparecen espectros, como el Marqués de Regla que es un personaje histórico, sobrenatural.

Este manejo lúdico de los acontecimientos nos deja en el filo de la navaja, donde ya no estamos en la realidad pero tampoco en un acontecimiento sobrenatural sino en aquello que se ha calificado como fantástico o como real maravilloso; es real porque así suceden esas realidades y es maravilloso porque a los ojos del racionalismo esto no podría suceder y sin embargo sucede: los muertos están con nosotros, los muertos viven, nos hablan. El racionalismo no puede aceptar esto pero es mi realidad, la que tengo que asumir. Es cultura. Es parte de nosotros, sin eso no podríamos entender a Rulfo ni a Carpentier ni a García Márquez; tampoco a Araceli Ardón en las Historias íntimas de la casa de don Eulogio.


 Guanajuato, Gto., noviembre 1998