Ángeles de piedra desnuda

 

Llega el viajero a la calle de Allende Sur, en el Centro Histórico de Querétaro, y encamina sus pasos al Museo de Arte. La fachada de este edificio es porfiriana. Al mirar sus balcones con rejas de hierro forjado y ventanas de cristales biselados con la imagen del águila mexicana, algo parece raro, como si fuera falso: algunas ventanas están ciegas, no se abren a ninguna habitación.

El viajero penetra al zaguán de la aparente casona y se encuentra en la antesala de un antiguo convento de frailes agustinos. Sus ojos quedan hechizados ante la imagen del patio, que se levanta más de un metro respecto del nivel de la calle. Sin conocer su historia, se comprende que el exterior fue remozado según los cánones arquitectónicos de finales del siglo XIX, mientras el interior sigue siendo una belleza barroca de principios del siglo XVIII.

Casi dos siglos separan el exterior del patio deslumbrante, con sus espléndidos claustros de piedra, arcadas firmes y profusión de esculturas que forman relieves en muros y columnas. La caminata valió la pena. El visitante, como miles de turistas, grupos escolares y habitantes de la ciudad, disfruta del banquete estético que el Museo de Arte ofrece a sus ojos. Se sienta en una banca y siente que una época anterior a su memoria envuelve su cuerpo, penetra en su mente y lo ilumina con la luz rosada que acaricia los relieves.

¿Se puede estar enamorada de un museo? Yo lo estuve, quizá lo estoy todavía, aunque ahora lo recuerdo con la nostalgia y el tamiz emocional de quien ha vivido una pasión y ha integrado esos recuerdos a la experiencia vital: queda su ser enriquecido con sentimientos que estremecen, con imágenes convertidas en sueños, vivencias arrebujadas, libros mentales que se pueden abrir en un segundo para que sus palabras e ilustraciones surjan poderosas. Se vuelven a convocar los conocimientos adquiridos en esa larga época, el corazón palpita con su música.

Formé parte del grupo fundador de Amigos del Museo de Arte de Querétaro, a principios de 1989. Doble amistad la nuestra: amigos en la vida y cómplices de una institución plena de nobleza. Durante diez años trabajamos en su misión, visión y objetivos. Cinco años fui la presidenta del organismo. Asistí a las inauguraciones de exposiciones, conferencias y conciertos; visitamos pintores y otros museos con la directora fundadora, mi amiga Margarita Magdaleno Rojas. Hicimos algunos viajes juntas, y en todo ese tiempo la empresa propiedad de nuestra familia, Comunicación del Centro, realizó invitaciones, carteles y otros productos impresos para el museo. Trabajábamos también con artistas de San Miguel Allende y otras ciudades, diseñando sus catálogos, reconociendo sus técnicas y apreciando sus obras. Esta labor es tan absorbente que se asemeja a una adicción: uno comienza a vivir por el arte y para el arte. El ojo humano quiere todo el tiempo deleitarse en la belleza. Si el visitante común disfruta la visita a un museo porque nutre su espíritu, el que trabaja con piezas artísticas recibe cada día dosis enormes de placer estético y las integra a su quehacer hasta que se vuelve una necesidad vital, tan fuerte como un deseo corporal.

El doctor Gabriel Siade Barquet, Secretario de Educación de Querétaro de 1997 al 2003, conocía mi trabajo en la Asociación de Amigos y luego de que el Gobernador del Estado aceptara con gusto su propuesta, me pidió que dirigiera el museo. Estoy muy agradecida con él por haber confiado en mi capacidad para llevar esta nave a buen puerto. Gabriel Siade es un hombre de gran inteligencia, memoria prodigiosa y profundo amor hacia México y sus instituciones. Me presentó el mayor reto de mi vida y a partir de ese momento la labor de dirigir el museo se convirtió en mi prioridad. En el año 2000 fui escogida por el Ministerio de Cultura de España como representante de México para realizar un diplomado en el Museo de América, donde estudié gestión de museos. A lo largo de ocho años, el tiempo equivalente a estudiar licenciatura, maestría y doctorado, realicé de forma autodidacta un aprendizaje intenso en historia del arte, organización de exposiciones, traslado, preservación y aseguramiento de colecciones, contacto con otros organismos y resolución de problemas cotidianos.

Abrir la puerta del taller de un artista es entrar a un templo donde se celebra la liturgia de la creación. En los ojos de los pintores se conjugan todos los colores que el universo posee, los visibles para el ojo humano y los invisibles, los que estremecen el cuerpo hasta que la mirada se empapa de líquido con sabor a sal y la piel siente un temblor sólo percibido por el que recrea vivencias que creía olvidadas. Escoger el acervo para una muestra es seleccionar entre todos los hijos del autor aquellos que unidos narran una historia y dibujan un círculo que contiene un complejo, profundo mensaje sobre el infinito transcurrir del tiempo.

Rafael Alberti escribió que luego de visitar la caverna de Altamira salió con la espalda cargada de ángeles, que liberó en el aire. El director de un museo sale del taller en brazos de seres alados, de mujeres de imposible belleza, porque museo viene de musa, es decir inspiración, soplo divino, fuerza creativa, amor atrapado en los pinceles y plasmado en lienzos.

Los artistas se convierten en amigos, con ellos se planean las exposiciones con la ilusión del que organiza una fiesta. Ellos exponen su esencia, muestran los intersticios de sus sentimientos, abren las ventanas de su imaginación y dejan que los demás transcurran por su interior. La relación con ellos se vuelve perenne.

Estudiar cada exposición era para mí un curso completo, y la ceremonia de inauguración equivalía a un examen público.

Organizar actividades culturales es un proceso difícil: el gran público se muestra renuente a incorporar el arte en su vida cotidiana. Los conocedores tienden a rechazar nuevas tendencias artísticas y los interesados enfrentan múltiples obstáculos para asistir: desde el tránsito lento y complicado, hasta la lejanía de sus negocios y hogares. La zona metropolitana de Querétaro tiene casi un millón de habitantes, y hay quienes invierten una hora en el traslado al Centro Histórico.

El museo está alojado en el Antiguo Convento de San Agustín, construido entre 1731 y 1743 en la noble y leal ciudad de Santiago de Querétaro, que según algunos expertos era considerada la tercera ciudad del reino, es decir la Nueva España, que abarcaba una considerable proporción de lo que ahora son los Estados Unidos, más todo el territorio mexicano y la Capitanía General de Guatemala.

El Camino de la Plata, que se extendía desde la Ciudad de México hasta Santa Fe, pasaba por esta bellísima urbe de piedra labrada, que construía en ese momento un acueducto que saciara su sed de agua fresca, cristalina y límpida. Un marqués culto y apasionado dirigía la obra. En la Plaza de Armas se construía la casa de los condes de López de Ecala. Las Casas Reales, albergue del Corregidor en turno, estaban en proyecto. A su lado se elevaba la casona del Conde de Regla, Pedro Romero de Terreros, ahora conocida como Casa de los Cinco Patios.

En esa atmósfera industriosa y vibrante, como la del Querétaro de hoy, se construyó un edificio que daría gloria y lustre a nuestra región. Una belleza de dos claustros que incluye el cielo, la Ciudad de Dios, en su discurso arquitectónico. Los agustinos habían adquirido el predio para erigir un convento que perteneciera a la Provincia Michoacana de San Nicolás de Tolentino. Ese convento llegó a ser la Casa de Estudios Mayores de Arte y Filosofía de la Orden. De ahí su importancia mayúscula, su belleza conmovedora.

Trabajé en el Museo de Arte de Querétaro desde febrero de 1999 hasta diciembre de 2006. En esos años aprendí a valorar su Colección Permanente, que forma parte del tesoro nacional. Entre sus autores virreinales se encuentran Miguel Cabrera, Cristóbal de Villalpando, Baltasar de Echave Orio, Baltasar de Echave Ibía, Luis Juárez, Antonio Rodríguez, Juan Rodríguez Juárez, Juan Correa, José de Ibarra y Francisco Antonio Vallejo, que despliegan su talento en óleos y esculturas, al lado de obras maestras sin autoría conocida.

La vida de un museo tiene momentos que son escenas de película, historias de amor que se despliegan ante nuestros ojos y se suspenden en el aire mágico que envuelve las piezas. Un botón de muestra: a principios del 2001 recibí la visita de la doctora húngara Eva Nyerges, historiadora del arte, que venía del Museo de Bellas Artes de Budapest. Al analizar uno de los cuadros de gran formato de la planta baja, una “Oración en el huerto” catalogada entonces como de autor anónimo, quizá procedente de la escuela de Milán, la experta tomó fotografías e inició un estudio minucioso que culminaría en la adjudicación de la obra al gran artista barroco Luca Giordano. Cómo llegó hasta nuestra ciudad este tesoro del siglo diecisiete es una saga con capítulos aún desconocidos. La autenticación del cuadro fue realizada por los maestros Nicola Spinosa, director del Museo Nacional de Capodimonte en Nápoles, cuna del artista y sede de la mayor colección de obras de Giordano en Italia, y Alfonso Pérez Sánchez, quien fuera director del Museo del Prado en Madrid y es uno de los especialistas en la pintura de Giordano en España.

El cuadro fue restaurado gracias al INBA y se convirtió en el centro de una exposición sobre el genial autor napolitano en el Museo Nacional de San Carlos en la Ciudad de México, hasta enero de 2005. El ángel dorado que trasmite consuelo a Cristo tiene toda la gracia de Giordano, y su presencia transforma la sala donde se encuentra.

Pasar cada día muchas horas en el sagrado espacio de lo que fuera un convento de frailes hace que la experiencia laboral se vuelva entrañable, en momentos tocada por el misticismo que ha llevado a los artistas, a lo largo de la historia, a crear piezas destinadas a Dios, a las figuras celestiales y al proceso de purificación del alma. Conocer la importancia y la iconografía del patio es leer los libros del fundador de la Orden, Agustín de Hipona, obispo de aquella ciudad del norte de África cercana al Mediterráneo, hombre de inteligencia aguda y una de las mentes preclaras de la Edad Media.

Su madre, Mónica, de fe cristiana, pedía a Dios por la conversión de su hijo, que carecía de credo. El Señor escuchó sus ruegos y una tarde en que Agustín se encontraba en su jardín con su hijo ilegítimo Adeodato y su amigo Alypius, escuchó a unos niños que cantaban en latín: “Tole lege, tole lege” es decir, “Toma y lee”. La voz infantil lo llevó a abrir la Biblia y leer los versículos 12 al 14 de Romanos, capítulo 13. La conversión ocurrió en el año 386 y el doctor de la Iglesia lo narra en el capítulo 8 de sus Confesiones.

Esos niños ángeles, como el pequeño de la leyenda que se apareció en la playa donde cavilaba el santo, vuelan todavía en el museo y descansan en sus cornisas y arcadas, con sus hermosos cuerpos de piedra rosada, exhibiendo su desnudez ingenua, la belleza de sus rizos y su mensaje de amor.

La intensa labor, plena en dedicación, inteligencia y disciplina que realizan todos quienes trabajan en el museo, hizo posible el éxito de cientos de exposiciones, entre las realizadas en el propio claustro y las que ayudamos a montar en la Casa de la Corregidora o en otros municipios. Los que fueron mis compañeros son personas marcadas por la ética profesional, el sentido de responsabilidad, la entereza y la capacidad de trabajo. A cada uno de ellos lo recuerdo con afecto y agradecimiento. Gracias a su esfuerzo cotidiano, el viajero llegará al claustro de Allende Sur número 14, a vivir una espléndida experiencia sensual, que elevará su espíritu y enriquecerá su percepción del mundo.

El Museo de Arte pertenece al Instituto de Cultura del Gobierno del Estado. Este organismo es dirigido por Manuel Naredo, hombre de teatro. José Luis Esquivel es director de Patrimonio en el Instituto. Bajo su coordinación trabajé esos años que se guardan en mi memoria con la emoción con que se aprecia un privilegio otorgado por la vida.

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plumillaTrozos de vida