Suplemento
Cultural BARROCO
Noviembre,
2004
El fin de la travesía
Quizá porque me pasé la adolescencia cantando con Serrat de fondo aquello de que si la muerte pisa mi huerto, quién firmará que he muerto de muerte natural, hoy me parece inverosímil que mi fin llegue de otra forma. Espero sincera y honestamente vivir hasta cerca de los cien años, como mis abuelas y sus hermanos, irme apagando poco a poco, soltar las amarras de mi barca, llegar a buen puerto, despedirme de mis seres amadísimos, de mi ciudad y sus cielos, cerrar los ojos y dormir.
Nunca pienso en accidentes, violencia ni enfermedades terribles. Tampoco me detengo por mucho tiempo a reflexionar sobre los novísimos, es decir, el paraíso o el purgatorio. Tiendo a pensar que esas estancias donde habita el alma comienzan en la tierra misma, en la vida física y tangible, y que no hay mayor dolor que el impuesto por nuestra propia tortura existencial.
Uno de mis más queridos amigos, mi mentor y guía, el doctor Ezequiel Nieto, escribió en Querétaro un libro que es el resultado de muchos años de conocimientos, cátedra universitaria, consultoría y conferencias. Se llama El arte de morir, el arte de vivir. Dice en uno de sus párrafos: “Es ahora cuando somos capaces de darnos cuenta de que estas mitologías y conceptos de Dios, el cielo y el infierno, no son referencias temporales o geográficas ni tienen que ver con entidades físicas, sino que son realidades de la existencia humana, una parte intrínseca de la personalidad que no puede reprimirse ni negarse”. La influencia de Nieto en mi filosofía respecto de la muerte es innegable. Sólo espero reunir, a lo largo de mi propio derrotero, una pequeña parte de la sabiduría que lo caracteriza, que ha prodigado con generosidad entre alumnos y pacientes.
En el romanticismo, como movimiento literario y artístico, la muerte tiene un poderoso papel protagónico. Domina los pensamientos de los poetas, acecha a los enamorados, sobrevuela las ciudades, anida en las torres de las iglesias y dobla sus campanas con el triste tañer del duelo. Pienso por ejemplo en el siempre joven, adolorido y apasionado estudiante de medicina que se llamó Manuel Acuña. Que acabó con su propia vida a los veinticuatro años. Que nos dejó por testamento ese Nocturno a Rosario que sigue conmoviendo a los muchachos que lo leen por obligación en la escuela, que terminan la lectura con un nudo en la garganta y la piel erizada.
Juan de Dios Peza, el Poeta del
Hogar, que fue el mejor amigo del suicida y escribió sus exequias, publicó sus
pensamientos bajo el título Manuel Acuña íntimo: “Todo se va, todo se muere. A
medida que se avanza en el camino del mundo, se van dejando pedazos del corazón
sobre la fosa de cada uno de los seres queridos que nos abandonan para
siempre”.
Luego describe su muerte con los
sentimientos encontrados de quien lleva en el pecho una lucha feroz entre el
deseo de comprender al amigo y la desaprobación del acto que acaba de cometer.
Lo mismo me ocurre: no termino de comprender el acto que lleva a alguien a
arrancarse la vida, no como decía Agustín Lara, en forma simbólica, sino real y
completamente. Concluyo esta reflexión con las palabras que Rosa Montero
publicó apenas el pasado domingo: “Hace falta estar muy solo o ser
fenomenalmente egoísta para quitarse la vida, porque el suicidio es la mayor
brutalidad que uno puede cometer contra las personas que te quieren”.
Dicen los psicólogos regionales
que en Querétaro aumenta el número porcentual de suicidios cada año. Tal vez se
deba a nuestra incorporación a la vida vertiginosa y acelerada que marca el
ritmo de las grandes capitales del mundo. Se ha perdido la paz proverbial de
los viejos muros de piedra. Sin embargo, estadísticamente seguimos siendo más
felices que otros habitantes del planeta. Que así siga. Que muramos todos de muerte
natural. Digo amén y lo deseo de todo corazón.