Suplemento
Cultural BARROCO
Diciembre,
2005
Manuel Herrera, presencia viva en el Museo de Arte
Escribo estas líneas con gran emoción. Son un tributo a uno de mis más queridos amigos. Manuel fue mi mentor, mi consejero, desde que tuve el placer de conocerlo, hace más de treinta años, hasta su muerte. Una separación física, no espiritual, pues cada día recorro las calles que él amaba, trabajo en la institución que tanto le debe su creación, me encuentro con los amigos de entonces, le recordamos todo el tiempo, lo hacemos presente entre nosotros.
“Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.”
Permítame compartir con usted esta anécdota que lo pinta como era: generoso y abierto, amable y alegre, dispuesto siempre a compartir lo mejor de la vida. Nos encontramos a mitad del Jardín Zenea. Era probablemente un sábado, a mitad de la mañana, y el año debió de haber sido 1975.
Manuel y yo nos detuvimos a hablar de su trabajo, de las películas del cineclub de la Casa de la Cultura, de mis clases de Preparatoria. Quiero que usted imagine las calles casi sin gente, sin coches y sin ruido. Una ciudad hermosa y tranquila. Una ciudad acogedora.
Ven, acompáñame, me dijo, te voy a presentar a Carlitos Pellicer.
Entramos al Gran Hotel, atravesamos su elegante vestíbulo, subimos las escaleras y visitamos, en su habitación, al gran poeta de Villahermosa.
Era Pellicer un viejo magnífico, un alma transparente. Ellos, ambos escritores, hablaron largamente de literatura.
Yo los escuché embelesada, desde ese balcón en el que se sentían cercanas las copas de los árboles del jardín, rodeando como una corona verde a la escultura de la diosa Hebe, grácil presencia plateada que nos heredaron los Rubio del siglo XIX.
Muchos años más tarde, desde su oficina de la Secretaría de Cultura y Bienestar Social, Manuel pudo concretar muchos sueños concebidos a lo largo de su vida. Uno de ellos es el Museo de Arte de Querétaro. En su creación, en sus primeros años, Herrera fue una presencia constante, creativa, inteligente.
Hoy, una sala de nuestro museo está dedicada a su memoria.
Con el apoyo de una mujer trabajadora, llena de ideas y realizaciones, que se llama Lupita de Allende, Manuel Herrera fue realizando el contacto con las personas que tuvieron especial ingerencia en la cristalización de este proyecto: se realizó el guión museográfico bajo la asesoría de Rogelio Ruiz Gomar, investigador de Estética de la UNAM, quien a la fecha incluye piezas de nuestra Colección Permanente en las más importantes exposiciones internacionales que se realizan sobre el arte mexicano más valioso de todos los tiempos.
La museografía inicial se debe a Rodolfo Rivera, quien también pertenecía a la Universidad Nacional. Una importante colaboración fue la de don Fernando Gamboa, enorme figura en la difusión, preservación, reconocimiento y exhibición de nuestras piezas artísticas.
Margarita Magdaleno, entonces directora del Museo Regional, se unió al proyecto escogiendo con este grupo colegiado las obras con mayor valor artístico que se encontraban en ese museo como parte de su exhibición permanente o bien de sus fondos. Por aquellos años, ése era el único repositorio de nuestros tesoros. Algunos de esos acervos habían sido parte de los templos y conventos queretanos desde el siglo XVIII y fueron rescatados por la Academia de San Carlos después de la exclaustración. Otra parte de su inventario fue exhibida en el museo histórico del antiguo Palacio de Gobierno, en Madero 70, de donde fueron trasladados al Regional por órdenes del gobernador Rodríguez Familiar. Guadalupe Zárate, en su libro “La historia de las cosas” hace puntual referencia a la procedencia de cada grupo de piezas.
La historia de nuestro museo inicia oficialmente el 5 de febrero de 1987. Está publicada en La Sombra de Arteaga. Al término de la ceremonia formal realizada en el Teatro de la República, el gobernador Palacios, el presidente Miguel de la Madrid y algunos de sus secretarios de estado, se trasladaron al entonces recinto federal en la calle de Allende Sur 14.
Ahí, el presidente instruyó a Manuel Camacho Solís, a la sazón titular de SEDUE, para que realizara los trámites de traspaso de poderes al Gobierno del Estado para el cambio de uso del Antiguo Convento de San Agustín, dado su innegable valor histórico, arquitectónico y artístico.
Durante ese año se realizaron los cambios paulatinos pero firmes de las diversas oficinas que ahí tuvieron asiento durante un siglo completo.
Más tarde, en 1988, se realizaron los trabajos de rescate del edificio, con el apoyo de destacados especialistas en monumentos virreinales. Nuevamente Margarita Magdaleno aportó su sabiduría al respecto.
Manuel Herrera siguió de cerca todos estos procesos, trabajando intensamente en la creación de varias instituciones, en la definición de muchos proyectos culturales que hoy en día siguen vigentes, y que muchos de nosotros enriquecemos y preservamos para beneficio de las generaciones de hoy y de mañana.
Después de abrir sus puertas, el Museo siguió recibiendo el valioso patronazgo de Manuel Herrera, quien unía sus conocimientos de Administración de Empresas con su talento para las artes, su capacidad de poner por escrito planes, estatutos e ideas; su sensibilidad y conocimiento de la historia, su amor por la ciudad y el estado. Su concepto de la patria.
Acompañó a los miembros iniciales de la Asociación de Amigos del Museo a los recorridos que hicimos con visitantes distinguidos como los pintores José Luis Cuevas o Rufino Tamayo. Estuvo presente en las reuniones con la diva de todas las divas: María Félix, en ocasión de la exposición de sus retratos pintados por Tzapoff y enmarcados en plata.
Manuel trabajó con firmeza hasta que la enfermedad le apartara de sus proyectos. Se quedó en el tintero su novela inacabada.
En ella hablaría de la leyenda urbana que se tejió alrededor del embalsamamiento del joven emperador Maximiliano I de México. El cuerpo del archiduque, antes de ser enviado a Austria, dicen las gentes, recibió en su mesa mortuoria, ubicada en la Casa de la Zacatecana, los bellos ojos verdes de una Virgen, una escultura de la advocación de la Dolorosa, para que cuando su madre, la emperatriz, abriera su féretro, no extrañara la expresión viva de su hijo, el que había pagado una moneda de oro a cada uno de los miembros del pelotón de fusilamiento, para que no le disparasen al rostro.
Pienso en Manuel y lo recuerdo tan guapo, en su traje de baile, cuando vino a mi casa, a recogerme, para ir a la boda de Panchito, uno de sus hermanos. Francisco, un abogado y contador que es también un exitoso empresario, hoy es un abuelo feliz.
Diría Neruda: “La misma noche que
hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.”