Boston
Era noviembre de 1982. Yo estaba a punto de
concluir la carrera de Ciencias de la Comunicación en el Tecnológico de
Monterrey, en Querétaro, mientras daba clases de Literatura y Redacción en la
Preparatoria del mismo instituto. Corría todo el día, yendo y viniendo de mis
salones de profesional, donde era estudiante, a las aulas centrales, donde era
maestra. Recibí una invitación para asistir a un seminario sobre psicología de
la educación. El instructor era Isauro Blanco, hombre sensible, profesor de mi
carrera en un par de materias sobre la conducta humana, mi jefe directo y uno
de los docentes que más influyó en mi formación. El grupo estaba compuesto por
colegas: los titulares de materias fundamentales de varias áreas del Campus
Querétaro y de los Tecnológicos de ciudades cercanas, como Irapuato.
En ese grupo se encontraba Eduardo Zárate.
Nos enamoramos de una forma fulminante,
definitiva y sin marcha atrás. A los pocos días de salir juntos nos habíamos
comprometido. Para Navidad llevaba yo en el anular izquierdo un diamante
solitario que era una prueba palpable de que nuestra relación no era producto
de mi imaginación sino algo real: un lazo invisible aunque sólido, una
comunicación sin palabras, un puente mental que nos unía, que atravesábamos en
forma incansable, como hemos hecho hasta hoy.
Decidimos vivir en Boston, para que él
continuara sus estudios de posgrado y yo viviera en otra cultura, hablara otro
idioma, comprendiera otra manera de pensar y asimilar cada hito.
Esa experiencia fue definitiva en mis
estudios y definió mi compromiso con la palabra castellana: un embrujo que ha
marcado mi existencia.
Pude asistir durante dos años a clases en la
Universidad de Harvard. No era una alumna regular, no poseo un grado académico
con ese prestigio. Pagué el derecho de asistir a algunas materias en la
división de Difusión Universitaria; para escuchar otros cursos solicité permiso
de sus profesores titulares.
Así, conocí a grandes estudiosos de la
literatura como Jaime Alazraki, Juan Marichal o Lilvia Soto, doctora en Letras,
chihuahuense que ha regresado a su tierra, poeta bilingüe, promotora de la
cultura, profesora llena de sabiduría, alma generosa y visión espléndida. En
sus clases de Literatura de la Conquista supe leer a los cronistas de las Indias
Occidentales, confronté su pensamiento con los libros de filósofos y teólogos
europeos que analizaban el encuentro de marineros y conquistadores con los
naturales de este continente recién descubierto, el Nuevo Mundo. Con esa profundidad enseñaba cada una de sus materias. Una de ellas tenía
relación con la poética de la simultaneidad en la obra de Carlos Fuentes.
Fuentes era a la vez uno de los profesores de
la Facultad. No me perdía sus clases, desde aquella relacionada con la Novela
Hispanoamericana, en inglés, tan concurrida que llenaba un teatro (Memorial
Hall) o la otra, sobre la historia de los caudillos que se volvieron personajes
centrales de algunas obras del boom, tan íntima que tenía sólo seis alumnos.
Algunas veces vino a la clase donde estudiábamos sus libros, y después de la
sesión donde lo bombardeamos a preguntas salimos a cenar a los restaurantes
de Mass Avenue. Cabíamos todos en una mesa grande. También nos reuníamos con el
escritor mexicano en sesiones de las asociaciones de estudiantes mexicanos de
Harvard y de MIT.
Este tema es tan rico que Eduardo lo ha
convertido en la trama de un libro en proceso.
Boston es mi ciudad amada, el espacio que nos
recibió recién casados, que nos ofreció un estudio para habitar en un rincón de
una casa victoriana en perfecto estado de mantenimiento, con jardines, porche y
tejados con aleros en la calle Garfield, tan cercana a la universidad que
aparecía en sus mapas. La vista cambiaba con las estaciones como sólo ocurre en
estos climas: de la primavera tímida, que despierta del sueño nevado con
tulipanes en los prados y árboles desnudos que se visten con miles de pequeñas
hojas, al verano cálido y verde cuyos días son tan largos que pueden iniciar
con un amanecer a las cinco de la mañana y atesoran los últimos resquicios de
luz solar a las nueve de la noche. El otoño es hermoso a grado tal que no hay
descripción que no quede al filo de la cursilería más empalagosa: el aire cruje
de limpio, el cielo de intenso azul contrasta con las ramas doradas y ocres de
los árboles, la vegetación es un abanico de colores cálidos. El invierno es una
postal navideña, un espacio nostálgico cubierto de nieve, una de las imágenes
de la felicidad que nos han incrustado los medios, como un chip, en el almacén
de recuerdos ajenos que hemos hecho nuestros a través de libros, películas y
programas de televisión.
En mis recuerdos, Garfield Street es uno de los espacios más
bellos de una de las ciudades más cosmopolitas, efervescentes, intelectuales y
artísticas que hay en el mundo.
En Cambridge se localizan estupendas
universidades, centros de investigación, compañías de teatro, cines
especializados en películas clásicas, librerías abiertas hasta la medianoche,
restaurantes de todo tipo de cocinas, espacios para la exhibición y venta de
arte plástico, calles que terminan a la vera del río Charles, donde Jorge Luis
Borges se inspiró para su extraordinario cuento “El otro”.
Yo no conocí a Borges en Cambridge pero
Eduardo sí, y su experiencia la siento como propia. Juntos conocimos a Noam Chomsky, Jacques Cousteau y a premios Nobel que eran profesores; y a los hispanoaamericanos Ernesto
Cardenal, José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis, Hugo Gutiérrez Vega, entre
muchos más que venían como conferencistas, profesores invitados
de las universidades, artistas en residencia, investigadores y estudiosos de
todas las ramas de la ciencia y de las humanidades.
Vivir en un lugar así despierta la
conciencia, estremece los sentidos y abre nuevos caminos al entendimiento. Es
muy fácil quedarse deslumbrado con su luz, no moverse de ahí, bajo esa
iluminación dejar pasar los días, llenando la mente de conceptos nuevos sin
crear uno a su vez, sin retribuir con una obra propia lo que se vive y asimila.
Por eso hay tantos meseros con estudios de maestría, libros publicados y obras
de teatro listas para la escena, o taxistas que tienen un diploma
de doctorado enmarcado en la pared de su minúsculo departamento. Mejor vivir en
el ojo de la tormenta intelectual que ser lámpara que alumbre la vida de una
pequeña universidad en el enorme territorio del Medio Oeste.
Boston es un espacio que llevo siempre en el corazón. Un libro mental que abro con frecuencia. Una ciudad que me acogió con un aliento cálido que flotaba sobre el manto helado de la nieve. Una pintura que nos ha acompañado, en forma de cartel, con la certeza de que el original está en el Museo de Bellas Artes de esa ciudad, y que ahí estará cada vez que podamos volver, como quien regresa a casa.