El escritorio del Dr. Bowman
 
Es una hermosa pieza de ebanistería. Un escritorio Willett de fina madera de cerezo fabricado quizás en la década de 1950. En su juventud, sirvió a un científico para que escribiera un libro y una serie de artículos dedicados a la química de combustibles para cohetes. Es el mueble de ocho cajones —uno de ellos de doble tamaño— y herrería de latón que recibe a mi marido todos los días y le da un sustento material a la computadora en la que trabaja.
 
A fines de 1972, muy poco después de la llegada del hombre a la Luna, la NASA decidió disminuir el ritmo de la carrera espacial, y canceló el programa Apolo. En ese momento, miles de trabajadores del poderoso gigante de la investigación y la conquista del espacio se quedaron sin empleo. Una gran proporción eran hombres muy jóvenes, inteligentes, talentosos y tan especializados que no podían obtener un nuevo trabajo con facilidad: eran ingenieros que con devoción habían pasado muchos años dedicando su mente a la construcción de naves para llegar a otros mundos.
 
Uno de ellos era el Dr. Norman J. Bowman, quien al verse desempleado decidió mudarse con su familia a Guadalajara, México. Ahí es donde su vida se cruzó con la de un joven estudiante llamado Eduardo Zárate.
Ocurrió así: Norma mi cuñada caminaba por el centro de la ciudad tapatía cuando encontró a una gringa llorando. Se conmovió ante la escena y se acercó a ella, ofreciéndole su ayuda en inglés. Mis suegros habían decidido que sus tres hijos, desde pequeños, asistieran todas las tardes al Instituto Mexicano Norteamericano de Jalisco, de modo que los tres eran bilingües. Norma consoló a la mujer, que se llamaba Emily Bowman y se encontraba perdida. Estaba en Guadalajara para iniciar los preparativos para su mudanza: encontrar una casa y una escuela para su hijo. Norma la llevó a comer a su casa y ahí comenzó una amistad entre las dos familias que duraría muchos años.
 
Los Bowman tenían un hijo, llamado Anthony Juan. El segundo nombre era un homenaje a México: ellos habían pasado su luna de miel en Acapulco y seguramente las playas mexicanas los acogieron con su calor y belleza. Eso había ocurrido a fines de los años cincuenta. Cuando Anthony Juan llegó a Guadalajara era un adolescente en busca de escuela. La familia Zárate les ayudó a que el chico entrara en el Instituto de Ciencias, donde estudiaba Eduardo.
 
El doctor Bowman, sin tener ya la presión de un proyecto científico, se dedicó de lleno a la vida familiar con su espléndida mujer. Él era un hombre tranquilo, de pocas palabras, que se pasaba el día leyendo y escribiendo. Ella era una mujer enorme de cuerpo y corazón, una pelirroja de ascendencia italiana, un verdadero torbellino de la que circulan anécdotas como la de que un año dejó por varios meses los adornos navideños, porque no tenía ganas ni tiempo para retirarlos de su casa. Para compensar la negligencia hizo para sus amigos una gran fiesta de Navidad en julio.
 
Una de las personas que más gozó la presencia del Dr. Bowman fue Eduardo, quien entonces estaba trazando el mapa de su futuro como quien imagina un viaje azaroso y fortuito a la vez. El doctor lo convenció de buscar su ingreso al Tecnológico de Monterrey, y de continuar estudiando cuando terminara la carrera de ingeniería. Le dio armas mentales para la lucha académica. Habló con él en conversaciones que resonaron en la mente de Eduardo por muchos años, incluso cuando ya se había casado conmigo.
 
El doctor Bowman murió de un ataque al corazón, sentado frente a su escritorio, cuando Eduardo estudiaba en Monterrey. Cuando le avisaron de la muerte de su amigo, sintió un desconsuelo tal que mi suegra no le perdonaba el no haber manifestado igual conmoción cuando algún tiempo antes le había informado de la muerte de su tía abuela Sinforosa.
 
De las pertenencias del científico, a Eduardo le tocó en herencia el precioso escritorio. El mueble ha continuado su noble vocación. Nunca ha dejado de haber sobre él una lámpara, lápices, una taza de café. Pero en lugar de la gran regla de cálculo, que tenía fijada sobre el cursor una lupa para que el ojo escudriñara más cifras decimales, ahora tiene una imac que hace lo mismo. Sigue sosteniendo con frecuencia algún libro de química, y hojas garrapateadas con problemas inconclusos de termodinámica. Y en ciertos ángulos de luz, su superficie pulida ve reflejada de nuevo, después de tantos años, una barba canosa.
 
Tiempo después de la partida de su marido murió también la señora Bowman, y la familia Zárate mantuvo correspondencia con Anthony Juan, quien había regresado a su país, donde se convirtió en médico cardiólogo, se casó, tuvo un niño... y siendo todavía joven tuvo un encuentro desafortunado con la violencia, por lo que su pequeño hijo quedó huérfano.
 
El escritorio sigue en pie. Está colocado junto a un balcón por el que se asoma un sol muy amarillo y cálido que ilumina las paredes, una de las cuales rinde un tributo al cine a través de carteles de Casablanca. El escritorio a veces recibe a Eduardo por las madrugadas, cuando tiene que enviar un trabajo a lugares donde el horario se adelanta al nuestro.
 
Este mueble ha acompañado a mi marido más de treinta años; viajó de Texas a Guadalajara y de ahí a Querétaro donde ha vivido en seis casas distintas. En una de ellas, donde Eduardo lo usaba poco porque tenía otro espacio de trabajo, estaba siempre sobre el escritorio un ejemplar del libro del Dr. Bowman. Ese Manual de cohetes y proyectiles dirigidos es el resultado de la investigación científica de Bowman, un estudio profundo de materias que yo no comprendo, ni hace falta. Mi marido me mostró una página donde vienen algunos datos que sólo conocen los iniciados. Quizá a estas alturas, sólo Eduardo los sepa interpretar. Es un detalle que muestra el espíritu juguetón de un científico que siempre mostró una imagen de la más profunda seriedad detrás de su barba y su pipa. Entre el largo listado de cohetes, añadió a su hijo bebé, con el nombre Goo Goo Bird. Reporta que tiene boquillas de propulsión, y que funciona con aire comprimido. Fecha de prueba inicial: la del nacimiento de Tony. Sé que el hombre que escribió esas páginas fue un amigo verdadero, un tutor, una inspiración para mi marido. Que su alma se encuentre en paz, disfrutando de una eternidad donde cada día un cohete distinto cruce nuevas fronteras, en las capas de la estratósfera que sus colegas estudian con fruición.
 
Hace años, di una charla a un grupo de señoras sobre la crónica familiar. Se centraba en la historia de las cosas. Les aconsejé que escribieran en un papel la procedencia de los muebles heredados. Fechas, nombres, lugares donde había estado la cómoda de la bisabuela, quién la mandó hacer, dónde, cuánto pagó por ella, por qué el mueble se encuentra en esta ciudad y en esta familia. Les dije que debían poner esta relación de datos en un sobre y pegar el sobre detrás o debajo de los muebles, donde estuviera seguro por décadas, para que algún día estos niños, siendo adultos, encontraran sus orígenes.
 
Sin embargo, debo confesar que yo no he hecho lo mismo con mis pertenencias. "Al dar el consejo, te quedas sin él", decía mi suegro. Siento que las conversaciones con mis hijos, donde contamos estas historias, se grabarán para siempre en su mente. Craso error. Nadie se acuerda de todo lo que le dijeron sus padres. Y cuando nos acordamos, muchas veces la historia aparece distorsionada, afectada por el cúmulo de emociones que nos acompaña cada día, y los muebles y objetos que fueron testigos de escenas familiares se ven empapados de la alegría, rabia, tristeza o gozo de aquellos momentos. Por lo tanto, los recuerdos se alteran en la memoria.
 
No hay como dejar un testimonio escrito de la historia de las cosas. Aquí mi humilde homenaje al doctor Bowman y su escritorio.
 
Yo no heredé gran cosa. Mis abuelos maternos tenían muebles enormes en sus ranchos, que fueron vendidos junto con la tierra. Cuando éramos niños, ellos estrenaron una casa en Querétaro llena de muebles nuevos. ¿Quién querría un ropero viejo si la casa tenía closets en todas las recámaras? De la casa de mi padre tampoco rescatamos nada: mi papá emigró a México a los dieciocho años, trayendo consigo sólo sus manos y su mente para trabajar. No había manera de traer nada de su lugar natal. Lo tengo a él, que es lo más importante. Lo tenemos y lo amamos.
 
Hace muchos años leí por vez primera el poema ¡Qué lástima! del gran español León Felipe, miembro de la generación de los trasterrados, los exiliados de la Guerra Civil Española que hicieron de México su casa. Les comparto el meollo de este poema:
 
¡Qué lástima
que yo no tenga una casa!
Una casa solariega y blasonada,
una casa
en que guardara,
a más de otras cosas raras,
un sillón viejo de cuero, una mesa apolillada
(que me contaran
viejas historias domésticas como a Francis James y a Ayala)
y el retrato de un mi abuelo que ganara
una batalla.
¡Qué lástima
que yo no tenga un abuelo que ganara
una batalla,
retratado con una mano cruzada
en el pecho, y la otra en el puño de la espada!
Y, ¡qué lástima
que yo no tenga siquiera una espada!
Porque... ¿Qué voy a cantar si no tengo ni una patria,
ni una tierra provinciana,
ni una casa
solariega y blasonada,
ni el retrato de un mi abuelo que ganara
una batalla,
ni un sillón viejo de cuero, ni una mesa, ni una espada?
¡Qué voy a cantar si soy un paria
que apenas tiene una capa!
 
Millones de personas se identifican con León Felipe y saben de sus tribulaciones. Son muchos los que no tienen una herencia material, ni siquiera fotografías de sus antepasados, ni un árbol genealógico ni una historia, verbal o escrita, de la cual asirse y en la que encontrar su pasado, es decir su presente.
 
Quiénes somos, de dónde venimos, por qué tenemos los ojos o la piel o el cabello de cierto color, qué comezón nos aqueja por las noches, de dónde provienen las manías, no serán de un lejano tío que también tomaba infusión de canela con miel de abeja, o por qué diablos nos gusta el rojo, o no nos gusta, muchas de estas interrogantes podrían ser contestadas, o al menos disminuidas, si tuviéramos al alcance de la mano la historia de la familia.
 
Algunos tienen muy pocas pertenencias, pero son felices con ellas. Pablo Neruda escribe en su Oda a los calcetines:
 
Me trajo Mara Mori
un par de calcetines,
que tejió con sus manos de pastora,
dos calcetines suaves como liebres.

En ellos metí los pies
como en dos estuches
tejidos con hebras del
crepúsculo y pellejos de ovejas.
 
Violentos calcetines,
mis pies fueron dos pescados de lana,
dos largos tiburones
de azul ultramarino
atravesados por una trenza de oro,
dos gigantescos mirlos, dos cañones;
mis pies fueron honrados de este modo
por estos celestiales calcetines.
 
Eran tan hermosos que por primera vez
mis pies me parecieron inaceptables,
como dos decrépitos bomberos,
bomberos indignos de aquel fuego bordado,
de aquellos luminosos calcetines.
 
Quienes poseen un par de buenos calcetines, ya gozan de algo más sobre el cuerpo desnudo que la burda piel de animales que usaron por siglos nuestros ancestros. Se requiere, sin embargo, de espíritu poético para llegar al nivel de apreciación del gran Nobel chileno. Se necesita tiempo, del que todos estamos tan escasos, para la meditación y la calma que requiere la reflexión. Tiempo para ponerse a escribir sobre el escritorio heredado por el sabio. Pero el esfuerzo vale la pena.
 
 
 
Octubre 27, 2009