Dan ganas de cantar el tango, uno de los más nostálgicos en ese género que saca de adentro sentimientos auténticos y también ficticios que hacemos nuestros.
Dan ganas de no terminar jamás, sino de seguir para siempre en la compañía de esos seres fascinantes que tienen vida propia y que nosotros, sus narradores, apenas alcanzamos a delinear con los vocablos y frases que nos fueron dados.
Eso es lo que se siente al presentir el final de una novela. En el principio, uno se llena de dudas sobre la complejidad de la trama, la definición de los personajes, el interés que pueda despertar el tema, la fuerza de las palabras, la profundidad del tratamiento, la carnalidad y verosimilitud de los diálogos.
Avanza el escritor a tientas, como el pintor con su tiento. El artista plástico que trabaja con óleos tiene miedo de manchar la tela con sus dedos, así que no puede tensar la parte del lienzo en que trabaja poniendo la mano para presionar. Emplea entonces el tiento, una suerte de vara con una punta redonda, recubierta de piel, que sostiene con suavidad la parte que recibe la caricia del pincel.
Así escribimos a veces: con mucho detenimiento, con algo de temor. Pensamos en la urdimbre de la trama como un tejedor mira en su mente la alfombra terminada mientras aprieta los nudos y cambia el color de la lana. Pensar en que haya demasiadas figuras o un exceso de algún tono, o que la obra se vuelva monótona, que no sea armoniosa, causa parálisis y descontento.
Anda uno todo el día rumiando su desventura.
Un personaje que no habla en forma natural, que no se siente real, que desentona con el resto, puede causar un desconsuelo enorme.
Quizá por eso muchos autores se han ganado a pulso el título de corajudos, en el sentido mexicano del término: enojones, berrinchudos, prestos a la rabieta, seres feroces a los que hay que esquivar. Yo creo que se mueren de miedo de que las páginas que pergeñan con tanta dificultad no sean importantes para nadie.
Puede uno volverse como el personaje Carlos Argentino, de Borges:
“Carlos Argentino es rosado, considerable, canoso, de rasgos finos. Ejerce no sé qué cargo subalterno en una biblioteca ilegible de los arrabales del Sur; es autoritario, pero también es ineficaz [...] Su actividad mental es continua, apasionada, versátil y del todo insignificante. Abunda en inservibles analogías y en ociosos escrúpulos”.
Es terrible pensar que aquello que nos resulta vital, que nos define y se convierte en el meollo de nuestra existencia, lo que consideramos nuestra aportación al desarrollo humano, no sea interesante ni bueno para los demás. Por eso los sabios han hablado siempre del equilibrio, del justo medio.
Antonio Machado se definía en Retrato:
Y al cabo, nada os debo, debéisme cuanto he escrito
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago
Es bueno eso de tener dos empleos. Aunque suele ser agotador, en especial si el trabajo económico requiere demasiada fuerza, energía o dedicación mental. El escritor necesita espacios para respirar, para escuchar los diálogos de sus personajes o trazar el tamaño de los párrafos, colocar la puntuación o mirar las líneas a lo lejos, integradas en el capítulo entero y el capítulo en el libro. Ésta es una labor continua, que se hace cuando no se está escribiendo en forma física, sino mental. Es un murmullo interior, un telón de fondo, la música que se escucha cuando estamos en silencio. Si no se tienen momentos en el día para oír ese rumor, a la hora de enfrentarnos con la pantalla en blanco se puede uno sentir vacío y rabioso.
Nosotros decidimos venir a California para poder escribir. Nos hacían falta el tiempo, el descanso, la perspectiva. En casa llevábamos una vida muy agitada, trabajábamos muchas horas para ganar el pan. Ahora, entre el mar y la montaña, he dedicado más de un año a sacar de mi cabeza a estos hombres y mujeres que pueblan la parte creativa de mi mente.
Algunos de ellos sufren, yo sufro con ellos. Otros comparten conmigo la buenaventura de trabajar en un antiguo convento barroco, en el corazón de mi ciudad amada. Son profesores universitarios: juntos corregimos tareas, diseñamos exámenes y revisamos ensayos de nuestros alumnos. De las mujeres, conozco sus amores y desilusiones, exhalamos juntas suspiros hondos.
Me han acompañado durante mucho tiempo. Hemos recorrido un camino largo en un tren que tiene muchos vagones. He deambulado entre ellos con un equipaje cada vez distinto, pasando de un carro a otro viendo el paisaje, mientras el día transcurre y deja paso a la noche, la noche se convierte en amanecer y vuelta otra vez.
El maquinista nos indica que el viaje va a terminar pronto. Que este túnel en que nos encontramos es uno de los últimos, que ya se ven las luces de la estación.
Entonces ellos y yo nos abrazamos con fuerza, nos queremos mucho y tememos la separación.
Cuando nos separemos, ellos se irán a buscar su destino y es muy probable que allá lejos sus futuros lectores no los amen como yo los amo.
Lo sé y me da miedo que eso ocurra: que nadie los aprecie, que pasen desapercibidos.
Aunque lleguemos a buen término, una vez que se bajen del vagón y encuentren sus bultos y caminen hacia la salida, tendrán que buscarse un buen trabajo, demostrar sus habilidades ante futuros patrones, es decir lectores, y quizá, si tienen suerte, ver plasmadas sus vidas en páginas impresas.
Para eso faltan muchas jornadas, las más difíciles.
El final del viaje significa una ruptura interior: desprenderse de ese monstruo que se ha ido gestando en la mente, como decía Ezequiel Nieto citando a Churchill. Para volver a ser libres, es necesario darle vida propia. El primer ministro británico tenía a quién venderle sus memorias, yo todavía tengo que buscar editor.
Así que hay camino por andar, muchas alboradas con los dedos sobre el teclado (ya no soy un animal nocturno, soy un pájaro madrugador) y mientras llega el feliz desenlace, que espero que llegue, hago que las páginas que voy escribiendo me ofrezcan el balance necesario para que el alma, limpia y fresca, vea el mundo como un lugar ameno. Para eso sirve el arte. Les comparto una declaración de la escritora francesa Fran Vargas:
"El arte es un medicamento. Nos ayuda a vivir. Entre todos los animales, el hombre es el único que se ha inventado la creación artística. La necesitamos para escapar de la realidad y poder volver a ella y mirarla a los ojos".
Santa Bárbara, California, 4 de febrero, 2008