Como puertas doradas que abren y cierran este texto, comparto con ustedes dos estrofas del poema La palabra, de Pablo Neruda:
Luego el sentido llena la palabra.
Quedó preñada y se llenó de vidas.
Todo fue nacimientos y sonidos:
la afirmación, la claridad, la fuerza,
la negación, la destrucción, la muerte;
el verbo asumió todos los poderes
y se fundió existencia con esencia
en la electricidad de su hermosura.
Una de las ventajas de dar clases de nuestro idioma a personas que no lo conocen, es que se goza de total libertad para enseñarle a los estudiantes una inmensa variedad de sustantivos, los adjetivos que los califican, los verbos que les dan vida, la puntuación que toma de la mano a estas palabras y les pide que esperen, y luego de una pausa que salgan a escena, cantando o gritando, o con voz muy baja… que se vuelvan apenas un susurro, que parezcan tímidas o que recuperen su compostura y se apropien del momento.
Sin ambages, sin prejuicios. Los extranjeros no le tienen miedo a las palabras del español.
No querer usar ciertas frases, darles la espalda o enterrarlas en cementerios de olvido es quedarnos pobres por gusto, enfermarnos a propósito, envilecer nuestra vida y negarnos un enorme placer. También, es una actitud que resulta de siglos de malentendidos, rencores y resentimientos vivos, que todavía palpitan en la carne, que nos hieren una y otra vez.
¿Por ejemplo? En México, muchos no quieren usar palabras que se asocien con España, que nos recuerden a los españoles. Así, en mi tierra hay quienes no quieren sonar como ellos. Se niegan a decir nevera, piscina o gafas. Dicen refrigerador, alberca o lentes. ¿La razón? Hay quienes arrastran como un fardo el dolor de la Conquista, sin haber estudiado bien la historia, aferrados sólo a una de las consecuencias de aquel encuentro violento, hace ya quinientos años, de donde surgió nuestro pueblo. No toman en cuenta, sin embargo, las constantes luchas entre pueblos indígenas; de hacerlo, se sentirían traidores a sus antepasados nativos con el solo hecho de viajar a otro estado de la República, disfrutar su visita y hacer compras ahí, donde vivía la tribu enemiga.
Por desgracia, todo grupo humano ha tenido enfrentamiento con sus vecinos, todo país nace de bodas de sangre. Nuestro origen es tan lejano en el tiempo, que va siendo hora de olvidar y perdonar. De reconocer lo bueno y apreciar la pluralidad de culturas que conviven en nuestro territorio.
En México hay cientos de maestros de primaria que son mediocres a la hora de enseñar ciencias o civismo, pero muy eficaces para provocar en los niños la actitud más equivocada: logran ponerlos en contra de los actuales habitantes de países que a lo largo de los siglos tuvieron conflictos con el nuestro: Estados Unidos, España y Francia, por ejemplo. Luego, les hacen sentir que ser mexicano es rechazar a esos enemigos del pasado. Si ellos dicen chaval, nosotros usamos escuincle o escuintle. Así, nos perdemos de una gran cantidad de hermosos vocablos, no vaya a ser que nos tachen de vendepatrias.
Con mucho placer, declaro mi amor por España y por su idioma. Por los españoles y su cultura, su paisaje, su comida, su música y su actitud ante la vida. Son míos sus poetas, que tanto nos hacen sufrir y gozar. Sus novelistas, cuyas páginas nos meten en la carne de cientos de personas irreales que se convierten en parte nuestra y se quedan a vivir entre nosotros.
Carlos Fuentes, uno de los pocos mexicanos cuya voz se escucha en todo el mundo, dice: “Creo profundamente que es la lengua española la que con mayor elocuencia y belleza nos da el repertorio más amplio del alma humana, de la personalidad individual y de su proyección social. No hay lengua más constante y más vocal: escribimos como decimos y decimos como escribimos”.
El escritor granadino Francisco Ayala, que goza de lúcidas 92 primaveras, añade: “Aunque algunas bestias sean capaces de imitar los sonidos que constituyen un idioma humano (...), ninguna ha sido capaz de mostrar, ni de lejos, la riqueza y versatilidad de nuestro lenguaje articulado. Palabras, las del hombre, que sirven no sólo para indagar en los misterios del universo, sino también, lamentablemente, para intentar engañarnos los unos a los otros, de donde proceden las distintas formas de supercherías; o lo que quizás sea peor, hasta la mera vacuidad a que parece aludir la famosa queja de Hamlet: ‘Words, words, words’ (palabras, palabras, palabras)”.
La mayoría de los que hablamos español sabe el significado de la palabra crepúsculo, pero se niega a emplearlo como sinónimo de puesta de sol, de la misma manera en que no llamamos damisela o doncella a una chica. Tenemos miedo al ridículo. No nos gusta la idea de atraer la atención de los demás. Líbrenos Dios de parecer escritores.
Porque es innegable la pedantería con que algunos escritores se presentan ante los demás. Luisgé Martín, autor español, comenta en su artículo ‘¿Leer sirve para algo bueno?’: “En el sector editorial y en el mundo literario —un castillo de hombres cultos, de cultivadores de ese gran bien espiritual que es la lectura— se encuentra la mayor concentración de individuos biliosos, marrulleros, hipócritas, envanecidos, desequilibrados y tortuosos que conozco. Incluyéndome, por supuesto, a mí mismo”.
Esa actitud es parte del problema. Ahuyenta a muchos que temen ser rechazados por los demás. Sin embargo, hay muchos escritores simpáticos, amables y divertidos. Capaces de hacer reír a veinte personas en una fiesta. Hay algunos que bailan bien, que cantan, que son seductores y atractivos. Como hay antipáticos o desagradables. Como toda la gente. Negarse el placer de usar cientos de palabras para expresar lo que sentimos, por miedo a parecer intelectuales de sangre pesada, es como rechazar un coche nuevo porque hay muchos idiotas que manejan modelos parecidos.
Somos como una cocinera que, en un mercado donde todos los ingredientes fueran gratuitos, se negara a llevarse los mejores pescados, carnes, mariscos o especias, y se limitara usar los más comunes ingredientes, los conocidos por todos, porque no quiere parecer arrogante si prepara comida más exquisita.
Que esa actitud se vuelva cosa del pasado. Pongamos punto y aparte al uso limitado de nuestro vocabulario. Que nuestro acervo sea rico, que se multiplique y renueve cada día, como propone Rosa Montero: “Un idioma es una criatura viva. Es como la piel de una sociedad. Se estira y se encoge a medida que el cuerpo al que recubre cambia de forma. Por eso, intentar defender a ultranza la pureza de un lenguaje, intentar fijarlo a una forma concreta, es como matarlo”.
Como un pintor elige colores, prueba texturas y explora todos los temas posibles: retrato, paisaje, figura humana, imágenes abstractas en acuarela, acrílico, óleo, técnicas mixtas; o prueba con veladuras que adelgazan sus colores y van cubriendo sus telas capa sobre capa, así, con esa pasión, usemos las palabras. A gozarlas, a sentirlas. Vamos a exprimir los jugos de la vida, llenar las copas y hacer que la boca conozca sabores distintos.
Digamos trémulo, lontananza y crepúsculo. Usemos verbos como regocijar, estremecer y vibrar. Sin miedos.
Palabra humana, sílaba, cadera
de larga luz y dura platería,
hereditaria copa que recibe
las comunicaciones de la sangre:
he aquí que el silencio fue integrado
por el total de la palabra humana
y no hablar es morir entre los seres:
se hace lenguaje hasta la cabellera,
habla la boca sin mover los labios:
los ojos de repente son palabras.