El estudiante entró a mi aula el primer día del semestre con paso decidido y firme. A la hora de tomar lista me aclaró que en esta clase sería Felipe. De ahí en adelante lo llamo con este vocablo español que tiene resonancias monárquicas de la península ibérica, a pesar de que mi alumno fue bautizado por una familia estadounidense de clase alta con el nombre de Phillip.
Tiene dieciocho años, es freshman como sus compañeros y forma parte del equipo de atletismo. Corre como una gacela. Es un indio peruano del más limpio linaje: tiene la oscura piel del color de las montañas que suben al cielo para fundar allá arriba la ciudad sagrada. Los ojos son de un negro profundo y el cabello, siempre recién tratado con el mejor shampoo, se levanta por su cuenta y riesgo, sin aceptar la tiranía de peines ni afeites. Sus pelos tienen autonomía, orgullo y fuerza. Todo él es producto del cariño de su familia, que lo ha nutrido con la mejor comida, lo ha vestido con ropa fina, lo ha mimado y educado hasta matricularlo en esta universidad donde estudian los privilegiados.
Muchachos afortunados como él: un bebé peruano que nació en la miseria y fue adoptado de inmediato por una pareja que lo trajo a este país donde aprendió a hablar inglés y ahora, llevado por su motivación más profunda, por ese motor que estimula su cerebro, quiere aprender castellano, para algún día visitar ese lugar donde nació y hablar con los suyos. Aunque sea a media lengua, porque quizá sus hermanos de sangre se comuniquen en quechua.
Miro a Felipe mientras él y sus condiscípulos siguen la aventura del Che Guevara en Sudamérica, y los Diarios de motocicleta tienen el poder de subyugarlos. Cuando el actor se recarga en los muros de Machu-Picchu para reflexionar sobre la importancia de la antigua civilización, las niñas suspiran por Gael García Bernal, se imaginan envueltas por sus brazos y quieren ver de cerca el verde de su mirada: una de ellas está analizando si, después de casarse con él, usará los dos apellidos de su marido o sólo García. Felipe se quiere comer los restos arqueológicos con los ojos. Quiere estar ahí, bajar a la selva, atravesar el Amazonas como el Che y su primo.
Pienso en el Inca Garcilaso de la Vega, hijo del conquistador español Sebastián Garcilaso de la Vega y Vargas, y de la princesa inca Isabel Chimpú, nieta de Túpac Yupanqui. Ese niño mestizo nació en Cuzco en 1539 y llegó a dominar varias lenguas. Estudió con amautas quechuas y más adelante tuvo una carrera literaria como traductor e investigador de la historia de La Florida. Fue a España, vivió en Montilla, pueblo cordobés en el que muy posiblemente conoció a Miguel de Cervantes. Su obra maestra fue Comentarios reales de los incas. Anduvo en Madrid y probablemente visitó Toledo, donde había nacido y vivido el otro Garcilaso de la Vega: el gran poeta del Siglo de Oro.
Hace años, por esa ciudad ecuménica caminaba yo con mi cicerone, el escritor toledano Eliseo de Pablos, quien me mostró una banca de piedra, vieja hasta los huesos, casi una ruina, encaramada en lo alto de una colina, desde donde se admiran las cúpulas de la catedral y se ven los tejados en que anidan las cigüeñas. Eliseo me dijo con certeza y conocimiento de causa: aquí se sentaba por largas horas Garcilaso de la Vega. Yo sentí ganas de llorar.
El Inca tuvo recursos de sobra para comprar una capilla, donde reposan sus restos. Murió como los grandes, el 23 de abril de 1616, acompañando en su partida a Cervantes y a Shakespeare. Por ellos, en esta fecha se celebra en todo el mundo el Día del Libro.
Otro Felipe peruano antecede a mi estudiante: Felipe Guamán Poma de Ayala, nacido en Ayacucho en 1536. Escribió en castellano con giros en quechua: El primer nueva coronica y buen gobierno, un tratado sobre leyes y costumbres de su tierra, dedicado a Felipe III. El documento original se encuentra en la Biblioteca Real de Copenhague.
Mi alumno, Phillip Davis, hace que su lengua, acostumbrada toda su existencia al inglés, se tuerza para pronunciar las sílabas que yo enseño. Yo lo veo y me conmueve su presencia en mi salón de clases. Sueño con el día en que sus padres adoptivos lo feliciten por sus logros, mientras él hace maletas para ir al Perú, y allá se sienta también en casa, gracias a ese curioso amasijo de sentimientos que todos los humanos tenemos en el laberinto sin salida llamado corazón.