Comparto mis palabras porque son mi instrumento de labor, la materia prima con que construyo mis trabajos. Neruda lo dice de manera magistral, en un texto que aparece en su libro autobiográfico Confieso que he vivido:
“Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan... Me prosterno ante ellas... Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito... Amo tanto las palabras... Las inesperadas... Las que glotonamente se esperan, se acechan, hasta que de pronto caen... Vocablos amados... Brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío... Persigo algunas palabras... Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema... Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas... Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto... Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola... Todo está en la palabra... Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció...”
Nuestro buen amigo Héctor Guevara, esposo de Ángela Moyano, me platicaba que cuando ellos vivían en la ciudad de México su día transcurría a toda prisa, como es la rutina para muchos de nosotros cuando estamos trabajando en un esfuerzo que nos consume casi toda nuestra energía porque los traslados son largos y llevan horas, las responsabilidades son pesadas, los obstáculos múltiples y el presupuesto escaso.
Entonces, Ángela recibió un reconocimiento y apoyo económico para estudiar la historia de la frontera con EUA y ellos se establecieron en Tijuana. “Ahí fue donde mi alma alcanzó a mi cuerpo” decía Héctor. Y recordaba los sentimientos de alivio al poder estar con la familia, compartir experiencias, leer, trabajar y preparar proyectos con más calma.
Así me siento, precisamente. En estos momentos espléndidos, lo que tengo es tiempo. Es un lujo. En los últimos años en Querétaro, el día comenzaba para mí a las 5:30 de la mañana frente a la computadora o preparando las clases que daba a las 7:30, luego venía el trabajo en el Museo, y muchas noches de inauguración, concierto, conferencia o presentación terminaban cerca de las once, después del brindis. Sentía que mi energía se consumía en esas labores, dejando mi escritura para breves ratos de sábados por la mañana, o para las vacaciones. Sentía mucha impotencia por no poder escribir más.
Eduardo también hacía lo suyo, entre sus clases, la edición de libros y su compromiso con la cultura, que bien sabemos que por desgracia no permite vivir con decoro, ya no digamos con holgura, en la patria que tanto amamos.
Por eso, cuando me encontraba yo en el andén de la vida viendo pasar los trenes, llegó un ferrocarril con destino a California y nosotros compramos el boleto. Dedicamos meses a pensar en esa decisión, tuvimos que quemar muchas naves y vaciar la casa.
Ahora no me arrepiento, aunque tenga que volver a Querétaro a reconstruir parte de lo que dejamos en el camino, y dentro de meses o años haya de retomar esa rutina vertiginosa y absorbente. Tendré conmigo el recuerdo de esta estancia, quizás haya publicado la novela que estoy escribiendo, mis hijos habrán enriquecido su vida con esta experiencia multicultural. Porque vivir en estos países no te expone tan sólo a una cultura. Estás rodeado de personas de todo el mundo. Escuchas otros idiomas, hay otras maneras de ser y de sentir, en la gente que está cerca de ti. Puedes paladear su comida, asistir a sus celebraciones, integrarte aunque sea marginalmente a sus comunidades.
Ahora, me siento a la computadora alrededor de las 5:30 (perro viejo no aprende trucos nuevos) y escribo con devoción hasta las 7:30. Me voy a la universidad para llegar a las 9, doy mis clases y tengo ratitos libres para corregir tareas y convivir con los colegas.
Estoy allí hasta las tres. La tarde es para leer, caminar por las lindas calles, estar con los hijos y cocinar. Mi cama me invita y sucumbo a su hechizo a las nueve de la noche.
En esta soledad y lejanía se enriquece a profundidad el propio trabajo creativo. Casi todos nuestros escritores, desde el comienzo de la historia mexicana, han salido para publicar su obra en el exterior, en un inicio desde España; recordemos a Juan Ruiz de Alarcón que a fines del siglo XVI y principios del XVII luchaba por poner sus obras en los teatros de Madrid.
Luego, Sor Juana publicó su obra en la capital del Imperio gracias a la intercesión de las mejores agentes literarias que había entonces: las marquesas, sus amigas. No hay que olvidar que la escritora, aunque vivía en el convento, hizo de su celda una tertulia con la presencia de los sabios, como su amigo queridísimo Carlos de Sigüenza y Góngora, quien también era amigo de Juan Caballero y Osio y que con su apoyo vivió en Querétaro un tiempo, cuando compuso su espléndida obra Las glorias de Querétaro. Sigüenza y la monja sabia no perdían el tiempo, se divertían mucho, exprimieron los jugos de la vida y los bebieron a fondo, ácidos y dulces, amargos y ligeros, hasta morir, más o menos de mi edad.
En 1990, cuando acababa yo de conocer San Francisco y me había enamorado de su belleza y su bahía, leí un texto de Cortázar que escribió en esa ciudad mientras hacía una estancia en Berkeley como profesor de literatura y creador invitado. El escritor argentino hablaba del valor de las letras y describía el paisaje que podía contemplar desde su ventana. Decía que el vuelo de las gaviotas llenaba de fugaces sombras el papel de su máquina de escribir.
Yo lo leía con envidia, con esa emoción impotente que siente uno ante las realidades de otros seres humanos que son inalcanzables para nosotros. Quién me iba a decir que años después estaría yo trabajando frente al Pacífico, entre el bosque y la montaña, contemplando cada noche el cielo tachonado de estrellas.
Porque aquí se ven las estrellas. Como estamos entre el desierto, los bosques y el mar, no hay tantas luces que apaguen el brillo de la bóveda nocturna. Las calles, además, tienen la iluminación más elemental. Al ponerse el sol, el firmamento se yergue imponente y oscuro, grandioso, eterno. La Vía Láctea se dibuja tan claramente como las constelaciones. Con ganas de saber astronomía para descifrar sus misterios.
Les decía de la añoranza de la tierra. He llegado a la conclusión de que escribo mejor sobre México desde lejos. Con la perspectiva que da la distancia, con la mayor objetividad posible, sin que las noticias del día ensucien los sentimientos de amor y pertenencia. Pienso en José Emilio Pacheco, cuya pluma pergeñó este apasionado poema:
Alta traición
No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos,
bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
—y tres o cuatro ríos.
Pues bien, este estupendo narrador y poeta es profesor de varias universidades de Estados Unidos, entre ellas Maryland y College Park; también ha trabajado en Canadá y el Reino Unido, desde hace décadas. Quizá eso le permite conservar intacta esa entrega a su suelo mexicano. Carlos Fuentes, que ocupaba en Harvard la posición que antes de él tuvo Octavio Paz, nos incitaba a vivir así, a salir de la patria y volver a vivir en ella, decía que sólo Rulfo permanecía con el oído sobre la tierra, lo elogiaba con grandes frases, pero la verdad el gran maestro jalisciense padecía un terror infinito cada vez que se enfrentaba al mundo. Su situación emocional no era muy sana. Pero su obra trascendió y es cada vez más reconocida.
Hablando de mil cosas: hemos recorrido la exposición de Rufino Tamayo que inició en el Museo de Arte de Santa Bárbara una gira mundial. Está conformada por cien obras que vienen de museos de todas partes. Lo realmente encomiable es cómo visten el evento.
Hay decenas de voluntarios que organizan recorridos, conferencias, seminarios. La tienda del museo mandó hacer múltiples productos hace muchos meses, a México: desde juegos para niños relacionados con el arte, hasta libros especiales. Ropa, artesanías, tarjetas, tantas cosas que celebran el espíritu mexicano. Es un homenaje magnífico. El domingo pasado bailaron los grupos folklóricos El jarabe tapatío y La negra. En el patio trasero había unas diez mesas para que los niños crearan manualidades inspiradas en la obra del pintor oaxaqueño.
Perdonad la insistencia, pacientes lectores míos, pero creo que los cambios pequeñitos pueden lograr la transformación del futuro. Por ejemplo: Santa Bárbara es un pueblo bicicletero. Miles de ciclistas pedalean arriba y abajo su accidentada orografía. Hay muchos puntos para estacionarlas con candado. Hay carriles especiales en las calles principales que todos los coches respetan. Los autobuses tienen una parrilla al frente, abajo del parabrisas, para cargar las bicicletas de los usuarios. La mayoría viste trajes especiales (que supongo caben en una bolsita cuando llegas a la oficina y te cambias) y por supuesto cascos de seguridad.
Viejitos viejititos arrugaditos de cabellera blanca van sube que te sube la cuesta, con dificultad, con lentitud, con actitud de triunfo al llegar a la cima y veloces cuando bajan la loma. Resultado: viven sanos hasta los noventa y pico. Los obituarios muestran fotos de gente feliz. No fuman, no tienen problemas de obesidad. Eso es excepcional en este país donde hay comida en abundancia y tanto desperdicio de recursos.
¿Qué no podríamos eliminar cientos o miles de coches en nuestras ciudades, obligando a las direcciones de Tránsito a multar con energía a quienes atropellen a los ciclistas, exigiendo a éstos circular por sus carriles y sin cometer violaciones a las leyes? Digo, no ha de ser una cuestión imposible. La fluidez en las calles sería espléndida con menos automovilistas y más ciclistas.
Claro que es difícil. Pero no estoy hablando de volver a México una potencia aeroespacial. Propongo que andemos en bicicleta. Nosotros anduvimos en bicicleta por años, al regreso de Boston, como Mario Santos mi hermano tan amado, cuando llegó de Madrid. Hasta que sentimos que era una imprudencia pedalear poniendo en riesgo la vida.
Hace doscientos años no había las condiciones adecuadas para que los cirujanos tuvieran éxito en sus operaciones, entre otras cosas por la higiene. La gente se moría, había terribles contagios. Recuerden el cuadro de Rembrandt “La lección de anatomía del Dr. Tulp”, de 1632, donde se ven los doctores haciendo una disección, con sus almidonados cuellos de encaje, sus abrigos y ropa elegante, con sombrero, sin guantes. No tenían idea del riesgo que corrían al exponerse así al cadáver. Nos llevó siglos adecuar los hospitales para las operaciones, y que los médicos usaran ropa estéril. Algo tan simple como lavarse bien las manos, esterilizar los instrumentos, limpiar la sala con antisépticos.
Estos cambios de todos los días, inspirados en los buenos resultados que ofrecen en otras partes. Eso propongo.