Hará unos diez años que Eduardo y yo teníamos una cita con mi bella amiga Ángeles González Gamio para comer en uno de los restaurantes del centro de la capital. Recorrimos la vieja avenida que por muchos años se llamó San Juan de Letrán, y que cuando era niña se grabó en mi memoria por sus cafés de chinos y la imponente Torre Latinoamericana.
Llegamos en el calor de las dos de la tarde, entre el bullicio de los comerciantes informales, a una librería del Gobierno del Distrito Federal llamada El Pórtico, que recibía a quien la visitaba como un oasis de frescura, donde reponer las fuerzas y llenar las alforjas de tesoros: libros, discos, películas, miles de tentaciones que nos atrajeron mientras atravesamos los pasillos para alcanzar la escalera de caracol que subía a la oficina de Ángeles.
Nuestra amiga era entonces secretaria del Consejo de la Crónica de la Ciudad de México, un organismo que por muchos años ofreció un servicio magnífico: el rescate de la historia oral, la clasificación de documentos, la publicación de textos sobre costumbres, gastronomía, tradiciones, valores y cartografía de los barrios y ciudades que unidas forman aquella metrópoli, una de las mayores del mundo.
Antes que nosotros, un hombre mayor subía la escalera, con gracia y energía. Yo no alcanzaba a ver su rostro. Cuando llegamos a la planta alta, supe que su nombre era Andrés Henestrosa, y un remolino de sentimientos me estremeció.
La librería se encuentra en un inmueble que durante el Virreinato alojó a uno de los más grandes conventos de la ciudad. A lo largo de los siglos, el espacio sagrado fue mutilado y abandonado, dividido por calles nuevas, vendido y reconstruido en muchas áreas. Nadie como Ángeles para contar su historia, y muchas más, desde su columna periodística, en sus charlas y conferencias, en los coloquios que ha organizado y en los libros que ha escrito. De manera excepcional, también, como un privilegio otorgado a unos pocos, gozaba de una oficina construida en la base de una cúpula sobreviviente de aquel convento. Ese espacio no tenía techo: tenía domo, con su linternilla para dejar pasar los rayos del sol. El piso de duela impecable y la buena mano de Ángeles hacían de ese lugar un milagro urbano, como escenografía de película de arte italiana. La pátina del tiempo se volvía tangible, la sala de juntas y la recepción eran acogedoras, de buen gusto, propicias para cualquier encuentro humano que se anticipa memorable.
Con entusiasmo contagioso, Ángeles nos presentó con el poeta oaxaqueño, entonces de 91 años, quien la saludó con un beso lleno de coquetería. Ella elogió su aroma. Henestrosa contestó: “Tengo un compromiso para comer y me puse mi loción más fina, no quiero que digan: Andrés huele a viejo”. Nuestra anfitriona entonces se dedicó a preparar los documentos y las publicaciones que entregó a don Andrés, que era miembro del Consejo, institución que reunía algunas de las más importantes plumas mexicanas, como Carlos Fuentes y Monsiváis.
Nos sentamos en un sofá mullido. Henestrosa me tomó la mano cuando nos saludamos, y no la soltó en varios minutos. Nos preguntó por Querétaro, recordó sus viajes a nuestra ciudad, nos contó sus aventuras y habló de sus amigos mientras acariciaba mi mano, atrapada entre las suyas. Me miraba con una galantería que hacía esfuerzos por rejuvenecer el cuerpo que rodeaba aquel corazón de ánimo joven.
Eduardo, en otro sillón, nos observaba divertido. Ángeles nos atendía con su cordialidad de siempre, con su amable participación en la charla. Henestrosa nos invitó a su casa de Oaxaca, comentando con mi marido sobre su biblioteca y los miles de volúmenes que albergaba, presumiendo a su cocinera, el clima de su tierra, la limpieza del cielo, el color del amanecer.
Entonces dio un giro a sus palabras y se volvió más atrevido. Dijo: “Mi madre murió a los 104 años. Yo no quiero vivir tanto. Quiero morir a los 101”.
Hizo una pausa teatral.
Miró a Eduardo a los ojos y con mis manos entre las suyas, declaró: “A manos de un marido celoso”. Y entre risas: “Y que los periódicos al día siguiente publiquen a ocho columnas: ¡Henestrosa, adúltero!”
Dijo esto último dibujando con la mano la primera página de un diario, ilusionado de que su delito y muerte hicieran la noticia más importante.
Lástima que él tuviera otra comida y que su chofer lo esperara entre el complicado tránsito de la calle. Habría sido una delicia continuar hablando con ese hombre sabio, inteligente y sensible que nació en la sierra zapoteca y que sólo hablara huave y zapoteco durante la infancia. A los quince años, con un precario español, llegó a la Ciudad de México a buscar al ministro de Educación, que había prometido dar oportunidades a todos los mexicanos. No logró entrevistarse al inicio con José Vasconcelos, pero tuvo un ángel llamado Antonieta Rivas Mercado en cuya casa vivió. Más tarde, se unió al grupo de jóvenes intelectuales que impulsó la candidatura presidencial del gran ensayista.
Murió Henestrosa a los 101 años, como era su deseo. Durmió para siempre en la intimidad de su habitación; sospecho que sus últimos sueños lo llevaron a su tierra, Ixhuatán, y a sus lugares amados: Francia, España, o a Nueva York donde vivió gracias a una beca de la Fundación Guggenheim para investigar sobre la cultura zapoteca. Ojalá que haya soñado con una mujer mientras la muerte, celosa, buscaba su sonrisa para llevarlo a otra dimensión.
Este fragmento corresponde a uno de sus últimos poemas:
Ven a mí...
Ven a mí, acércate,
acércate más, más cerca.
Dame tu mano
y por el camino de mi mano
pásate y éntrate en mi corazón.
Escucha lentamente para que
puedas entender estas palabras
que en mis labios tiemblan.
Verás mis palabras caer en el aire,
como si fueran pequeñas balsas
próximas a naufragar su contenido.
Acógelas.
Sé tú como una blanda orilla de mar
a donde mis palabras recalaran.
Acércate más, más cerca.
Dame tu mano.
En mis historias encontrarás
lo que es limpio, lo que es bello,
lo que transparente brota de mí
como una flor.
Nuestra Palabra. El Nacional, México, 10 de enero de 1990
Víctor Toledo publica: “Cuando iba a ver a Henestrosa me contaba —de paso— sus andanzas con Neruda cuando el andino estuvo en México de 1940 a 1943.
Seguramente la introducción en verso al Canto General, cuando Neruda se refiere a la cultura binizá, tiene que ver con el íntimo compañerismo del escritor istmeño.
Pero anduve entre flores zapotecas
y era dulce la luz como un venado
y era la sombra como un párpado verde.
Y yo también, que considero a Neruda uno de los tres mayores poetas latinoamericanos, desviaba la plática constantemente hacia los recuerdos sobre éste. –¿Cómo era Neruda?– le decía, –Era un hombre con una gran ternura y misteriosamente silencioso– me contestó Henestrosa”.
Mi gran amigo Ezequiel Nieto, hombre sabio, psicoterapeuta, escribió en su libro El arte de morir, el arte de vivir, que uno ha de respetar los deseos de los pacientes terminales, cuando se quieren despedir de los suyos. El ser humano sabe cuando el final se acerca. Lo siente en los músculos, la sangre, los órganos. El cerebro detecta los signos y los interpreta. Entonces, con gran esfuerzo, dice la persona: quiero hablar con ustedes para despedirme.
Lo que desea es crucial, importantísimo: expresar sus últimos deseos, reunir a los suyos, decir adiós, dejar en el corazón de los demás las palabras que sinteticen esa relación y la esperanza para un reencuentro en los creyentes. Sin embargo los que le rodean, reticentes y necios, se empeñan en anular el momento: No, papá, no digas esas cosas. Esta mañana el doctor te encontró muy bien, te vas a sanar, te llevaremos a casa.
Y llaman a la enfermera para que le ponga otro sedante. El padre se va sin despedirse.
Entre los actos de respeto al derecho ajeno, como dijera Juárez, éste quizá es el más difícil: dejar que se vayan los que amamos. Henestrosa, a quien Ángeles calificaba de “adolescente pícaro” nos hizo el favor de avisarnos con tiempo sus planes, para que estuviéramos preparados.
Una corriente de pensamiento y de análisis psicológico asegura que uno mismo define el momento de su muerte. Que vamos soltando amarras, dando señales al organismo, cerrando círculos para preparar nuestra mente y entregar el cuerpo a lo que cada quien defina, al concepto que tenga de Dios o de la existencia.
Manuel Gutiérrez Nájera (1859-1895) escribió este poema que habla de su deseo, decisión que cumplió, de vivir pocos años:
Para entonces
Quiero morir cuando decline el día,
en alta mar y con la cara al cielo;
donde parezca un sueño la agonía,
y el alma, un ave que remonta el vuelo.
No escuchar en los últimos instantes
ya con el cielo y el mar a solas,
más voces ni plegarias sollozantes
que el majestuoso tumbo de las olas.
Morir cuando la luz, triste retira
sus áureas redes de la onda verde,
y ser como ese sol que lento expira;
algo muy luminoso que se pierde…
Morir, y joven: antes que destruya
el tiempo aleve la gentil corona;
cuando la vida dice aún: soy tuya,
aunque sepamos bien que nos traiciona!
Cada quien vive el tiempo que requiere para dejar su impronta en este mundo. Escoge su instrumento y va pulsando sus cuerdas para arrancar del viento su propia melodía. Henestrosa, siempre enamorado de la vida, tenía el furor de las olas que revientan mientras modelan las rocas de la orilla para formar una playa que todos podamos gozar.