El niño mago que se convirtió en leyenda
 
Quienes crecimos leyendo a Julio Verne nos sentimos a veces tristes de que los niños actuales no se sientan subyugados por aquellas Veinte mil leguas de viaje submarino, ni vayan con Salgari a la Malasia, ni se conmuevan con Edmundo de Amicis cuyo Corazón se comunicó con el mío por mucho tiempo, meses enteros que es una eternidad en términos de infancia; recuerdo con toda claridad cuando leí en voz alta su relato “De los Apeninos a los Andes”. Yo tendría unos ocho años, mi madre planchaba y Juan Carlos mi hermanito escuchaba conmovido. A mí me costaba trabajo pronunciar completas las palabras porque el llanto estaba atrapado en la garganta, y por vez primera me di cuenta de lo que significaba tener a tu madre contigo, que estuviera ahí en casa, que no tuviera que huir de la Italia devastada por el hambre hacia la promisoria Argentina para buscar el sustento de sus hijos.
 
Ahora los escuincles no son almibarados ni se conmueven con estas historias que supongo estarán para ellos envueltas en la cursilería más nauseabunda. Ahora leen a Harry Potter y a mí me parece bien. He leído análisis bien fundamentados de autores tan respetables como mi maestro Carlos Fuentes, que ha buscado los orígenes literarios de esta saga en antiquísimas narraciones del Oriente Lejano, cuentos de la Edad Media, personajes de Andersen y de Las mil y una noches.
 
Yo vi a mis hijos transportarse al mundo mágico de Hogwarts y por ello me siento feliz de que un día que se ha vuelto mítico J. K. Rowling haya encontrado el apoyo de Barry Cunningham, el editor que decidió publicar lo que diez colegas suyos habían rechazado, y que al día de hoy deben de estar en sesiones interminables de psicoterapia para llorar su garrafal error.
 
Hay quienes, de entrada, fustigan los proyectos exitosos y se erigen en los Apocalípticos que temía Umberto Eco. Como Rowling se ha convertido en una de las personas más acaudaladas de este mundo, sus criaturas son descalificadas por los enemigos de las fortunas. Yo creo que esta escritora merece los muchos millones de dólares y euros que le otorgan las regalías de sus libros y los contratos de películas, productos relacionados con sus historias y ahora el parque temático de Universal Studios.
 
Ha vendido 350 millones de ejemplares; su séptima y última entrega, Harry Potter and the Deadly Hallows, que sale a la venta el 21 de julio, será sin duda el libro más vendido del mundo durante varios meses. Desde hace tiempo se convirtió en el puntal de las librerías y sistemas de venta por Internet y envío por correo; tan sólo Amazon ha vendido ya más de un millón de copias de este nuevo título sin que nadie conozca todavía su contenido.
 
Si Rowling compra castillos o dedica su dinero a campañas de alfabetización en África, si lo deposita en los bancos o se lo regala a quien se le dé la gana, es muy su asunto. No anduvo especulando con acciones de la bolsa ni hizo daño a nadie. Sus lectores pagan lo que sea por sumergirse en su universo. Los niños cuentan los días para que salgan los libros, y en el momento mismo en que compran uno nuevo, se tiran al suelo de la librería para comenzar a leerlo, siguen leyendo en el coche o metro o caminando hacia su casa y después no hay poder humano capaz de convencerlos de que se vengan a comer a la primera llamada.
 
Yo le he dicho a mi marido que el primer esposo de la autora, del que dicen las malas lenguas que la trató mal, debe tener un arrepentimiento de aquí hasta Plutón, el planeta que no es planeta. Él me hace caer en la cuenta de que si aquel hombre, del que alguna vez supe que era italiano, la hubiera querido y apoyado cuando tuvieron su bebita, Rowling quizá continuaría dando clases de inglés en una secundaria, habría tenido otros dos niños, habría preparado espagueti y lasaña, acompañado a los niños al parque y les contaría cuentos antes de dormir que nadie más tendría el privilegio de conocer.
 
En cambio, ustedes ya lo saben: ella se encontraba en Edimburgo sola, sin dinero, con su bebé, por eso no podía trabajar en una oficina o una escuela, porque comía con vales de despensa del gobierno y no tenía quién le cuidara a la pequeñita, así que se iba a una cafetería en horas de poco movimiento para tener paz y calefacción, y carriola al lado, con lápiz y papel sacó de su cabeza el primer tomo de las aventuras del aprendiz de brujo.
 
Una última anotación: los autores británicos Roderick Gordon y Brian Williams fueron contratados hace poco por Cunningham para publicar con Chicken House un libro llamado Tunnels, que a juicio de este editor tendrá la misma aceptación mundial que Harry Potter. Es un libro sobre un niño arqueólogo, que hace un viaje extraordinario al centro de la tierra. Por lo menos esta referencia será un homenaje a Verne. Gordon era trabajador de una empresa financiera, Williams es artista; escribieron su libro y como nadie se los publicaba lo editaron ellos mismos, con el producto de la venta de la casa de Gordon. En este momento están firmando contratos por 750,000 euros más los derechos de prepublicación en quince idiomas.
 
A comprar estos libros y a cuidarlos mucho, porque el próximo 26 de junio, una primera edición de Harry Potter and the Philosopher’s Stone, publicado hace apenas once años, se pondrá a la venta en la casa de subastas Bonhams de Londres, con un precio de salida de 5,000 libras esterlinas.
Junio 22, 2007