Y hechicera, que te atrapa y te tiene a su disposición. Que te hace beber los vientos y vivir bajo su embrujo. Que nunca creíste que pudiera existir, materializarse; que sería como los sueños que tuviste en la infancia y que, a medida que crecías, te fuiste convenciendo de que no pasarían de ser sueños. Diría Segismundo, el personaje de Calderón de la Barca:
“¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son”.
Eso creía yo; que nunca verían mis ojos tantos prodigios. Vean ustedes con cuidado, miren a su alrededor: la computadora que tienen frente a sí, producto del trabajo y el ingenio de miles de científicos, investigadores, estudiantes de posgrado, profesores universitarios, ingenieros industriales. Algunas noches, en duermevela, les agradezco a todos ellos las miles de noches que han dedicado a perfeccionar circuitos electrónicos, a miniaturizar los materiales, elegir los semiconductores, aumentar el almacenamiento de datos y la rapidez de los procesos. Benditos sean.
Al llegar el tercer milenio, el periódico El País de España dedicó un suplemento a los hallazgos e inventos del siglo veinte. Publicó cien entrevistas, realizadas a gente común que había nacido en cada uno de los cien años anteriores. A los bebés se les auxilió con la voz de los padres. Las opiniones más valiosas vinieron de los viejos. Una mujer de noventa y tantos que vio con asombro la llegada del ferrocarril a su pueblo, un hombre que encendió una lámpara eléctrica y no pudo contener las lágrimas. Personas que cambiaron su vida con la compra de un electrodoméstico. Recuerdo lo que me dijo una señora mexicana en una comunidad rural: “Yo le pido a Dios que tenga en el cielo al hombre que inventó la licuadora”. Ya lo creo: en algún cielo han de morar las almas de los creadores.
En aquel momento, entre el año 2000 y el 2001, le pregunté a muchas personas qué cambios del siglo consideraban más importantes. Los chicos hablaron del Internet. Los enfermos y sus familias, de los avances en la medicina, las prodigiosas operaciones y trasplantes, los lentes intraoculares, los medicamentos mágicos, los tratamientos sorprendentes. Mi mamá me contó que todavía le asombraba la increíble versatilidad del plástico.
Eso tengo yo en este momento: una aparente tablita de plástico, no mayor que la hoja de un libro de mediano formato, que es en realidad un libro múltiple, un lector de libros portátil y ligero, con una pantalla blanca de “papel electrónico” que se imprime en fracciones de segundo al toque de una tecla. En la memoria de ese aparato caben 1,500 libros de los 285,000 libros disponibles en Amazon. Cualquiera de ellos se puede bajar en sesenta segundos, en Estados Unidos conectándose a la red llamada Sprint, y fuera de Estados Unidos a través de la computadora. Pueden bajarse cada día periódicos y revistas. Si tienes un texto propio que quieras releer, le envías a Amazon el archivo y ellos te regresan el texto convertido al formato del lector electrónico.
Mi aparato se llama Kindle. Esta cosa linda se la debo a la generosidad de Westmont College. Al final de mi estancia, la jefa del Departamento de Lenguas Modernas, mi queridísima amiga Leonor Elías, me comentó que tenía la posibilidad de invitarnos a cenar a un restaurante, o hacernos un regalo. Nos decidimos por lo segundo y de todas formas ella organizó un brindis de despedida en su casa, que fue uno de los momentos más emotivos y memorables que he vivido.
Mi Kindle 2, la segunda versión de este invento, llegó a Querétaro en marzo. Desde entonces lo uso y cada día, al tenerlo en las manos, me estremece pensar en el avance de la ciencia, en los años que cada aparato requirió para ser creado, perfeccionado, puesto en el mercado y de ahí a la vida de cada quien. Para ser justos, lo mismo debería sentir cuando abro la puerta del refrigerador o enciendo las parrillas de la estufa, manejo el coche o me pongo unos zapatos que son mucho más cómodos que las alpargatas de tela burda que usaron mis tatarabuelas.
Pero mi amor está en los libros. Cada quien sus gustos, que en eso se rompen géneros. Me enamoré de un pedazo de papel empalmado con otro parecido, todos emborronados con signos que contaban historias. Eso ocurrió hace muchos años. En la segunda mitad de mi vida he leído, analizado, recomendado, llevado a las aulas, escrito, compilado, traducido y editado libros. Y ahora me acompaña este librito electrónico, que pesa 320 gramos, que a diferencia de otras pantallas puede leerse a plena luz del sol porque no emite luminosidad, y que tiene diccionarios integrados, que se puede subrayar y llenar de comentarios en cada página, que nos permite tener abiertos varios volúmenes y sabe en qué página nos quedamos en cada uno, también puede leer en voz alta y buscar una frase entre millones de palabras, entre cientos de ejemplares guardados en su memoria. Así, logro hacer realidad la ficción de Canetti, y como Peter Kien, puedo llevar mi biblioteca conmigo a donde quiera.
Mi marido me mostró el otro día el lector de voz que instaló en su computadora. Es un programa para leer textos en voz alta, que él revisa en busca de errores en la transcripción de manuscritos. Durante muchos años, en la editorial contratábamos a dos personas para hacer ese trabajo: una leía en voz alta, la otra cotejaba en la pantalla para evitar que se hubiera perdido un renglón o se hubiera escrito una palabra por otra. Ahora, con este sistema, hay varias voces que leen en diferentes idiomas. Para el español, se puede escoger el acento. A mi marido le gusta “Rosa”, una lectora electrónica con acento mexicano creada por el sintetizador de sonidos. Cuesta trabajo pensar que no hay nadie detrás de las minúsculas bocinas de la computadora.
El mundo es una caja de prodigios. Que los vea quien los quiera ver. Que cada mañana agradezca su salud a los investigadores médicos, o su comida a los agricultores y transportistas, ganaderos y empleados de la carnicería que se auxilian de aparatos eléctricos para cortar y procesar la carne. Cada quien sabe cuáles son sus deudas con los demás: los compositores que dedicaron años a lograr las obras musicales que disfrutamos cada día, los pintores que imaginaron las obras que colgamos en la pared y nos abren ventanas a la imaginación. Los poetas y escritores de ficción, que alimentan nuestra mente.
Y esos trabajadores de las fábricas de sueños, los que hacen posibles los aparatos de ciencia ficción que hoy gozamos con la naturalidad con que presionamos un botón en el control remoto, para pasar de una serie de detectives a una película filmada en el otro lado del mundo.
Los dejo para cumplir con una cita. El pequeño aparato me está esperando.