Este cuento de Hernando Téllez, escritor colombiano (1908-1966) aparece en mi libro de texto para Español 4: ¡Avance!
Trata de un barbero, afiliado en secreto a grupos revolucionarios, que recibe en su barbería a un militar enemigo, un temible capitán sediento de sangre que ha organizado cacerías en el monte para atrapar insurrectos, a quienes tortura, mata, mutila y exhibe para escarmiento del pueblo: hace colgar sus cuerpos desnudos en el patio de la escuela y obliga a las familias, niños incluidos, a desfilar ante el macabro espectáculo.
Ahí me tienen ustedes, explicando a mis estudiantes el contexto, hablando de la violencia en Colombia, de sus guerras civiles, de las cruentas matanzas. Respondo a mi pesar a las preguntas sobre el narcotráfico, las FARC y los secuestros.
Salgo del atolladero como me es posible. Luego explico a mis estudiantes, en una breve digresión, que por favor no tomen esta lección como la norma, que en América Latina hay millones, cientos de millones de personas que trabajan, tienen hijos, se enamoran, disfrutan la vida con sus amigos, celebran tradiciones centenarias, tocan y bailan música espléndida, gozan del sol y los paisajes, que viven con salud y una relativa felicidad.
Mis muchachos me miran con escepticismo.
Cómo no van a dudar de mis palabras, si lo poco que publica la prensa sobre nuestros países se refiere a la violencia, la baja calidad de vida para una parte muy significativa de la población, las diferencias abismales en la distribución de la riqueza, los atentados a los derechos humanos y la corrupción de los gobiernos.
Yo insisto: es como si ustedes vivieran en Dinamarca y todo lo que supieran de Estados Unidos es lo que leen en la prensa: asesinatos, desastres naturales, desigualdad social, racismo, una historia cargada de hitos terribles: genocidios, esclavitud, guerra civil, KKK, magnicidios, mafia.
Los chicos siguen sin creerme. A ellos les basta salir del salón de clases para recibir de nuevo la caricia del sol en el rostro, caminar entre jardines, ir al comedor o a la biblioteca, y la inmensa mayoría no ha vivido un solo día de guerra, discriminación, exilio, hambre o dolor.
Luego, los autores de los libros de texto donde se estudia el castellano, este idioma tan complejo, rico, fascinante y bello, insisten en incluir en sus páginas historias de crimen y dolor.
Que es cierto, sí señor, pero en cada moneda hay dos caras.
También es verdad que hay alegría, esperanza y entusiasmo en cientos de miles de almas latinas. Hay quienes participan en organismos no gubernamentales dedicados a la educación, el arte, la cultura y la ecología. Hay cientos de asociaciones en cada país, formadas por personas de buena voluntad, que hacen un esfuerzo encomiable por preservar los recursos naturales, formar a sus hijos en los valores más nobles y apostar por un mejor futuro.
Me dirán ustedes que eso no vende, que la felicidad no es atractiva para los lectores.
Es más: la descripción de la parte buena de la vida se hunde en la miel viscosa de la cursilería más chabacana. A quién se le ocurre siquiera comentar estas tonterías.
Yo sigo pensando que mi trabajo tiene un fin a largo plazo: fortalecer la relación entre los países. Abrir nuevos canales comerciales para beneficio de los productores de una nación y para que sus mercancías lleguen en óptimas condiciones a los compradores de otro país. Tengo la ilusión de que algún día uno de mis antiguos alumnos extranjeros (desde el Tec de Monterrey, pasando por Boston y Eugene hasta el día de hoy, calculo cerca de dos mil) sea diplomático, político, ejecutivo, industrial, investigador o docente y multiplique los beneficios del entendimiento entre los pueblos.
Si no creyera en eso, me dejaría de esta profesión y abriría un café, que me redituaría mayores ganancias económicas y por lo menos ofrecería un lugar para el encuentro de los amigos.
Hace un par de años, Carlos Fuentes publicó el libro Todas las familias felices, cuyo título está tomado de una cita de León Tolstoi, en el párrafo inicial de Anna Karenina: "Todas las familias felices se asemejan mientras que cada familia infeliz lo es a su manera".
Según el autor, hoy no se escribe sobre personas felices, ya que "la felicidad no interesa en la literatura". "Estamos ante el hecho generalizado de que en la dramaturgia y en la novela la luz más importante se arroja sobre el hombre que trae el mal, asemejándose el hombre bueno con un bobo", dijo.
Esa, creo, es la gran tragedia de nuestros días. La bondad perdió rating, no cotiza bien en la bolsa de valores humanos, no está de moda.
Miles de cinéfilos salimos de No Country for Old Men (traducido en España como No es país para viejos y en México como Sin lugar para los débiles) a respirar aire fresco, a renovar nuestra visión y percepción de la realidad, para convencernos de que el mundo no es sólo el nido de serpientes que muestra la película. Me atrae la arquitectura de las tramas de los hermanos Coen, su dirección, la impecable actuación de sus repartos. Me gusta mucho Javier Bardem. Pero esta cinta me pareció innecesariamente sangrienta, irreal hasta el extremo de lo absurdo.
Sin embargo, los críticos y la Academia le dieron todos los premios, honores y alabanzas.
El año próximo, esperemos una cascada de producciones marcadas por la maldad, la desesperanza y el dolor.
Más novelas, películas, series de televisión y videojuegos empapados en sangre.
Más soledad y golpes.
Y luego nos asombramos ante las acciones, en apariencia inconexas e independientes, de los muchachos que matan en serie y luego se suicidan.
Vuelvo a mi salón de clases.
En una lección, hablamos de los valores de Colombia: paisajes, playas, la belleza del Caribe, la importancia de sus civilizaciones prehispánicas, el oro de sus entrañas, las esmeraldas de sus minas. García Márquez. Botero. Shakira. La felicidad que declaran sentir los colombianos en todos los estudios sociológicos comparativos. La deliciosa comida, el amor manifiesto en literatura y boleros.
Luego pregunto a mis estudiantes su opinión. En qué piensan cuando escuchan el nombre de esta nación.
Ellos contestan: cocaína, guerrilla, muertes violentas.
A mí me da una tristeza tal, que no puedo menos que compartirla con todos ustedes.