Un pueblo de esculturas
 
San Pedro Teococuilco es un poblado de Oaxaca que ha sufrido el vacío: al paso de los años se ha quedado sin su gente. Impotentes, las paredes de adobe y cal han perdido la sombra de las siluetas humanas. Hombres y mujeres del color de la tierra, de talla pequeña y expresión seria, partieron sin mirar atrás para incorporarse a las masas que pululan en los cinturones de las grandes ciudades de la patria. Cientos de jóvenes de esta región del distrito de Ixtlán han ido mucho más lejos: cruzan la frontera arriesgando la vida, porque la que tenían no les ofrecía un futuro promisorio.
 
Uno de sus hombres, Alejandro Santiago, nacido en 1964, de fisonomía indígena y manos de artista, sensible y capaz, se volvió escultor y se fue a París, en donde vivió tres años llenándose los ojos y el corazón de formas y texturas. Fue profeta lejos de su tierra. De regreso, fue a su terruño para sentirse en casa, para compartir con sus amigos vivencias y sentimientos.
 
Encontró un pueblo desolado y vacío. Calles abandonadas al viento que barre los desechos dejados por los miles de paisanos que cerraron un día sus hogares, acariciaron por última vez a los cachorros, dijeron adiós al árbol de la huerta y emprendieron el camino del exilio. Alejandro se sintió más solo que nunca. Caminaba por un pueblo fantasma. Ya no estaban en las aceras y plazas sus compañeros de escuela, o las muchachas que llenaban de nostalgia sus noches en Europa. No había con quién hablar, con quién compartir todas las experiencias adquiridas.
 
Su reacción pudo haber sido la de muchos: tomar la última cerveza en la cantina con un nudo en la garganta, dar la media vuelta y regresar a los escenarios internacionales en donde ahora se cotiza su obra escultórica.
 
Santiago no tenía esa madera. Santiago decidió repoblar Teococuilco.

Con una beca de cien mil dólares provistos por la Fundación Rockefeller, el creador está realizando, en arcilla, 2501 esculturas de 130 centímetros que representan a sus amigos, sus parientes y otros paisanos. El número de las piezas tiene su origen en un viaje que hizo el artista a Tijuana, en 2003, cuando vivió en carne propia, como un experimento, el cruce ilegal de la frontera. Fue deportado, pero al sufrir la experiencia de atravesar la línea divisoria, en su memoria quedó grabada a fuego una imagen devastadora: las cruces que representan a los muertos que se atrevieron a enfrentar la autoridad migratoria estadounidense. Santiago calcula que eran 2500 cuando atravesó la cerca. Escogió el número, lo convirtió en su meta, añadió uno más: él mismo.
 
En este momento, el artista se encuentra afanado en su proyecto, creando las piezas de barro, hombres y mujeres, que tienen nombre propio, características únicas y personalidad que recuerda a la de sus contrapartes humanas. A manera de avatares prehispánicos, sus obras han dejado impresionados a críticos y estudiosos. Algunos encuentran en ellas la influencia de Picasso. Ha habido quien las compare con los ejércitos de soldados chinos descubiertos en la tumba del emperador Qin cerca de la ciudad de Xi’an, aunque las estatuas de Santiago tienen la virtud de que cada pieza conserva las peculiaridades de su personaje de la vida real.
 
Santiago ha contratado a 35 ayudantes, fundando así, de manera no ortodoxa, una escuela de escultura. Su proyecto ha llamado la atención de expertos a nivel mundial. Muy pronto, sus figuras se exhibirán en Monterrey, Nuevo León, para luego viajar a los Estados Unidos; es posible que aquí se encuentren cara a cara con las personas que los inspiraron.
 
Al término de la itinerancia, regresarán a Teococuilco para poblar las calles: serán colocadas en lugares estratégicos, darán vida al pueblo desierto, harán el milagro de que primero los curiosos, luego los estudiantes de arte, finalmente los turistas, lleguen al mítico pueblo de habitantes de barro y en mi ensueño provoquen la creación de pequeños hoteles, restaurantes, tiendas, gasolinera.
 
Así como van los lectores tras las huellas de Pedro Páramo en el Comala real, que no es el pueblo de Rulfo pero se llama igual, así como viaja la gente hasta el remoto Xilitla para ver el castillo de Edward James, así quisiera yo que los visitantes llegaran a Teococuilco, dentro de algunos años, y compraran copias de las esculturas en miniatura, visitaran los talleres (porque los escultores en formación tendrán que crear talleres propios) y se lograra el pequeño milagro de la renovación económica de la zona. Lo surrealista, lo mágico, sería que un día, atraídos por la bonanza, regresaran de su exilio los habitantes primigenios, se congraciaran con su imagen de barro y abrieran un café mientras renuevan su casa, en su propia patria, confiados en el mañana.
Octubre 25, 2007