Este texto es la continuación del anterior, “Una impetuosa ola de fuego”.
“Y en cenizas le convierte
la muerte, desdicha fuerte”.
Soliloquio de Segismundo,
en La vida es sueño, de Pedro Calderón de la Barca.
La fragilidad humana es comparable a su grandeza. Nos preciamos en construir, crear, inventar y desarrollar proyectos inverosímiles, y sin embargo la fatalidad puede destruirlo todo en unas horas.
Los desastres tienen nombre: en el caso que vivimos se llama incendio. Tragedias como ésta dejan huella en sus víctimas, causan dolor a una comunidad entera, hacen que las familias y las instituciones sufran penas que son abismos.
Las casas de Santa Bárbara, en especial en la zona de Montecito, que se quemaron del techo a los pisos, tenían miles de objetos valiosos, desde cuadros y esculturas hasta equipos de alta tecnología. Muebles antiguos, tapices y cortinas gruesas, acabados de maderas finas. Hay que imaginar lo que estas familias han reunido en décadas, y luego multiplicar esa cantidad por más de doscientos. Todo desapareció, como escribiría Jorge Manrique: “Allí van los señoríos, derechos a se acabar y consumir”.
Westmont College sufrió la pérdida de varios edificios, las casas de catorce familias de profesores y el daño a sus oficinas, residencias de estudiantes, laboratorios, bibliotecas y comedores. También, muchos de los alumnos perdieron su habitación fuera del campus, porque rentaban cuartos en casas que se quemaron o porque entre varios rentaban una casa que fue engullida por el fuego.
Sin embargo, es una verdadera suerte que el incendio haya comenzado a una hora en que todos nuestros alumnos y los habitantes de la zona estaban despiertos. A veces el viento sopla con fuerza a medianoche, golpetea los vidrios de las ventanas y se cuela entre los árboles como si aullara. Los chicos duermen como troncos, no despiertan con facilidad, habría sido muy difícil organizar los equipos de rescate en la madrugada. A las seis de la tarde, los alumnos corrieron de la cafetería al gimnasio, no perdieron tiempo, se pusieron a salvo en forma coordinada con los empleados que dirigieron el rescate. Fue una bendición.
El campus está cerrado en estos días, no reanudaremos clases hasta el 1 de diciembre. Equipos profesionales están quitando la ceniza de las oficinas, restaurando la energía eléctrica, la tubería de gas, revisando estufas, equipos de calefacción, computadoras, transformadores, fotocopiadoras, mobiliario y estructuras dañadas por el fuego, el agua de los bomberos o la propia acción de los cuerpos de rescate que impidieron que las llamas llegaran a más espacios. Hay que talar árboles quemados en parte, para que no sean un riesgo.
Hemos tenido reuniones para decidir cuál será el mejor uso del tiempo que nos queda para terminar el semestre. Los chicos han podido reunirse después de la tragedia, pasar a sus habitaciones y recoger sus cosas necesarias: ropa, libros o equipos electrónicos. Ha habido largas sesiones de apoyo y oración.
Por fortuna hubo pocas víctimas humanas. Entre ellos, están Lance y Carla Hoffman, una pareja de Montecito que acababa de cumplir un año de matrimonio. El jueves trataron de escapar de su casa en llamas y sufrieron quemaduras de tercer grado. Están en terapia intensiva en el hospital, luchando por su vida. El relato de su tragedia, en primera plana de los periódicos, los convierte en símbolos de las víctimas.
Varios han vuelto a las ruinas de su casa a rescatar pedazos de objetos amados, como la Biblia de la familia Fikes, que aún carbonizada en gran parte, puede ser leída. En los pasajes que son legibles, tratan de encontrar consuelo.
Los periódicos hacen énfasis en la cara humana del desastre, en la solidaridad de quienes tienden la mano a los desamparados. Un hombre llamado Nick Narang, nacido en Bombay, India, llegó a Santa Bárbara hace 21 años. En este tiempo se ha convertido en un próspero empresario. Narang ha vivido la pobreza y ha disfrutado de la abundancia. Tenía seis condominios nuevos, amueblados, listos para su renta en Carpintería, una ciudad aledaña a Montecito. Narang se acercó a personas de Westmont que perdieron su casa y les ofreció los departamentos por unos meses, sin pagar renta y con todos los servicios: agua, electricidad y gas. Ya viven en ellos algunas familias y grupos de estudiantes. En dos hogares había bebés, y el señor Narang corrió a comprarles cunas. También dedicó su fin de semana a comprar comida para llenar los refrigeradores. Tiene en otra parte de su negocio un espacio con camas para que descansen los bomberos que vienen de ciudades lejanas.
Otro contratista local, David Lack, está dispuesto a aportar una cantidad igual a la que ofrezcan los donadores a los fondos de rescate para las víctimas, hasta llegar a los diez mil dólares. Muchos hoteles alojaron a los damnificados sin cobrarles la noche. Los restaurantes les dieron comida gratis o descuentos importantes. Poco a poco, los habitantes de la ciudad van formando una cadena de apoyo. No pueden restituirles todo lo que tenían, pero no los dejan en el abandono.
También hay la reacción contraria: hay quienes escriben cartas a los medios donde dejan traslucir un rencor virulento contra los dueños de las casas afectadas. Como si se alegraran de que esta vez la tragedia se ensañara contra los ricos. Les da rabia que los cuerpos de rescate, bomberos y grupos de emergencia hayan actuado de inmediato y con equipos sofisticados para apagar el fuego. Dicen que cuando esto ocurre en barrios pobres no hay una respuesta semejante.
La vida es desigual en su esencia. No ha sido posible lograr la igualdad en recursos para todos los humanos. Hay quienes nacen tocados por la gracia, la capacidad intelectual, el talento artístico, la belleza o la fuerza física. Hay bebés que aprenden mejor que otros, niños más inteligentes, hábiles o torpes que sus amigos. Países con riquezas que otros necesitan. Ningún sistema permite que todos gocen la misma calidad de vida, aunque los ideales nos muevan a la acción y las injusticias nos causen indignación.
Si al llegar al mundo nos repartieran idénticas cantidades de dinero, habría quienes dilapidarían su herencia en los primeros años y quienes la multiplicarían al cabo de poco tiempo, como ocurría desde tiempos bíblicos, según el Evangelio de Mateo. Alguien debe tener el capital para fundar empresas, sostener instituciones y lograr sueños colectivos. Pienso en ello cuando paso cerca de las mansiones de esta zona. Sus dueños crean fuentes de empleo. Son buenos clientes de muchos negocios. También sufren sus propios conflictos. Quizá envidien a otros, los que tienen talentos que ellos desearían.
El actor Christopher Lloyd, el doctor Brown de las cintas “Back to the Future” o “Regreso al futuro” perdió una hermosa casa. El ingenioso científico de las películas fue encarnado por este hombre que después reunió en su casa una curiosa colección de objetos relacionados con el cine; la propiedad fue golpeada por los vientos ardientes y el fuego consumió cientos de sus recuerdos. “Había pospuesto por mucho tiempo el ordenar mis objetos; ahora ya no tendré que hacerlo”, dijo.
Mi hijo tiene un amigo en la escuela a quien le dicen Lev, por Mendeleyev, que es uno de sus nombres propios. También se llama Galileo Einstein Pythagoras Darwin Euclid Leonardo, a más de sus apellidos. Su padre es un científico que tenía un pequeño laboratorio en una parte de su casa. Lev y su hermano mayor son músicos. Dicen sus compañeros que toda la familia tenía una verdadera orquesta. En ese hogar había un piano de cola, violines, guitarras, una biblioteca que incluía partituras y los libros que habían comprado, leído y releído a través de los años. Muchos años de sacrificio y trabajo convertidos en muebles y equipos que permiten una vida con dignidad, dedicada a la ciencia y el arte. Lev es actor también, y le gusta llevar en el cuello un pañuelo azul de algodón, que en México llamamos paliacate. El lunes, sus compañeros se enteraron de la pérdida total de su casa debido al incendio. Lev había ido con sus padres al cine la tarde del jueves. Al terminar la película, su casa había sido consumida por el fuego. Los amigos de Lev se sienten impotentes, no saben cómo consolarlo. Mi hijo le llevó el martes un pequeño regalo: un nuevo paliacate azul, para recomenzar la vida.