El temblor de la tierra
 
 
Cuando Pablo Neruda publicó este poema, “Terremoto en Chile, La Barcarola” que he transcrito en varias partes aquí, yo tenía dos años. La magia de la poesía, sin embargo, logra revivir cada verso como si estuviera surgiendo de la pluma del poeta. Por eso lo he sentido cerca de mí a lo largo de los años, y lo recuerdo cada vez que tiembla la tierra. Neruda envió sus palabras como un mensaje de amor a su patria, luego de que recibiera en París la noticia del movimiento telúrico del 22 de mayo de 1960, que asoló el sur de Chile:
Allí, en el comienzo de la primavera marina,
cuando el ave asustada y hambrienta persigue a la nave
y en la sal apacible del cielo y el agua aparece el aroma
del bosque de Europa, el olor de la menta terrestre,
supimos, amada, que Chile sufría quebrado por un terremoto.
China recibe hoy en pleno rostro el implacable golpe telúrico y sus habitantes mueren, en medio del caos y el dolor. Una vez más, la naturaleza levanta su látigo para castigar al hombre, o quizá no, quizá no es un castigo sino el final de un ciclo natural, tan natural como las mareas, los huracanes o el paso de una estación a otra: del invierno gélido a las flores y el polen que llena el aire, de ahí al calor estival, al otoño de colores. Sin embargo, cada terremoto duele y conmueve al mundo entero. Cada vez que el suelo se estremece sentimos de nuevo el ancestral temor al fin de los tiempos, al juicio final, a la muerte que arrebata el aliento de miles en un solo movimiento de su guadaña, para segar las espigas jóvenes de quienes todavía tenían un futuro en mente, y a los niños, cuya vida apenas iniciaba, y a los viejos, que merecían recibir el sueño eterno en la paz de su almohada.
El 4 de febrero de 1976 las noticias traían las terribles imágenes del terremoto que azotó a Guatemala con una intensidad de 7.5 grados, 160 kilómetros al noreste de la capital. Se calculan ahora más de 23 mil víctimas, y varios miles más que sufrieron heridas y daños físicos. Sus casas de adobe se derrumbaron y ellos quedaron literalmente en la calle.
Mi papá quiso localizar a su familia, saber si estaban bien. Mi madre lo animó a viajar para comprobarlo, porque las comunicaciones habían sido suspendidas. No había servicios telefónicos. Salió mi padre en avión y nos quedamos en espera de sus noticias. Entonces ocurrieron las réplicas, los sismólogos hablan ahora de miles de movimientos trepidatorios que siguieron al inicial, y a nuestra preocupación por la familia siguió la angustia de no saber de él.
La falla de Motagua es la causante de la destrucción. Corre a 25 kilómetros al norte de la Ciudad de Guatemala y se va hacia el este hasta Puerto Barrios, cerca del Golfo de Honduras.
En aquel momento, los cines de la capital guatemalteca estaban proyectando la película “Terremoto”, dirigida por Mark Robson y coescrita por George Fox y Mario Puzo. Los actores principales eran icónicos: Charlton Heston y Ava Gardner. También actuaba la bellísima Geneviève Bujold. Las marquesinas, como ocurre después de los grandes desastres, tuvieron por meses aquellos letreros semidestrozados, anunciando una película que asustaba a los espectadores con el cuento de un terremoto masivo ocurrido en Los Angeles.
Tragedia que todavía no ocurre, pero que en California se sabe que vendrá, más tarde o más temprano. Los geólogos están seguros de su ocurrencia, lo que no determinan con certeza, todavía, es la fecha en que se dará.
Dios mío, tocó la campana la lengua del antepasado en mi boca,
otra vez, otra vez el caballo iracundo patea el planeta
y escoge la patria delgada, la orilla del páramo andino,
la tierra que dio en su angostura la uva celeste y el cobre absoluto,
otra vez, otra vez la herradura en el rostro
de la pobre familia que nace y padece otra vez espanto y la grieta,
el suelo que aparta los pies y divide el volumen del alma
hasta hacerla un pañuelo, un puñado de polvo, un gemido.
Vuelvo a Guatemala: tampoco tuvimos de inmediato noticias de mi papá, y la tierra seguía temblando. Mi madre le había dicho: no te preocupes por nosotros, concéntrate en ayudar a tu familia.
Entonces decidimos reunir víveres, ropa, medicamentos, y enviarlos de alguna manera. Teníamos una camioneta Suburban, un vehículo añorado que nos llevó a todas partes y donde cabíamos todos, a pesar de ser tantos. Ahí cargamos la despensa, las prendas de ropa y todo lo que pudimos conseguir en una semana de recorrer casas de amigos y de amigos de amigos. Pedimos ayuda oficial y en la Iglesia. Ya no recuerdo cómo ocurrió, pero al final vimos partir dos enormes trailers repletos de bienes con un letrero que decía algo así como: Ayuda del pueblo de Querétaro al pueblo de Guatemala.
Qué cosa maravillosa, sentir la solidaridad de hermanos que ocurrió entonces. México, no sé si sólo en mi memoria o también en la realidad, era más fuerte en ese momento. Mi papá recuerda haber estado en el lugar de la devastación y ver llegar los camiones de la CONASUPO, con alimentos enviados por nuestro gobierno al pueblo chapín. Hablaba mi papá de la expresión en los rostros, que cambiaba de la desolación a la esperanza al paso de aquellos camiones.
Por los muros caídos, el llanto en el triste hospital,
por las calles cubiertas de escombros y miedo,
por el ave que vuela sin árbol y el perro que aúlla sin ojos,
patria de agua y de vino, hija y madre de mi alma,
déjame confundirme contigo en el viento y el llanto
y que el mismo iracundo destino aniquile mi cuerpo y mi tierra.
Casi una década después, el 19 de septiembre de 1985, caminaba yo a media mañana por Massachusetts Avenue en Cambridge, cuando vi en la televisión de un escaparate la noticia del terremoto de la Ciudad de México. Los paisanos formábamos un grupo interesante, y el cónsul se nos unía en fechas clave, como en la celebración del Grito de Independencia, que acababa de ocurrir.
El silencio que envolvía las tragedias ocurrió también en ese momento: el aeropuerto de la Ciudad de México suspendió los vuelos y las autopistas dañadas fueron cortadas por atascos y cierres. No había servicio telefónico en una gran parte de la zona urbana. Cómo saber si las familias y los amigos más cercanos estaban bien, si las noticias acá eran catastrofistas y sólo pasaban imágenes de destrucción y caos.
Uno de esos pequeños milagros, los que devuelven la fe, ocurrió.
Sí era posible hablar a Querétaro. Por esa rendija de luz se abrió una puerta a la esperanza. Los amigos en Boston nos daban los datos de las personas en el Distrito Federal y nosotros leíamos esos nombres y domicilios a mis papás, que a su vez los llevaban a sus amigos radioaficionados radicados en Querétaro.
Los radios de onda corta sirvieron de enlace. El Internet de aquel tiempo, digamos, la red de amistad y apoyo tendida por esos curiosos interlocutores que tenían en su casa aparatos de radio se extendió de ciudad en ciudad y de barrio en barrio, hasta llegar al más cercano a la dirección buscada. Chiquillos en bicicleta hacían el último trayecto: de la sede del radioaficionado a la casa de la familia en cuestión. Las buenas noticias —todas fueron buenas noticias— regresaron a Boston de la misma manera.
Pudimos ayudar a muchos a comunicarse con los suyos. Incluyendo a un exitoso empresario que jamás habría tenido que pedir un favor a estudiantes como nosotros y que, meses después, nos invitó a pasar Thanksgiving en su linda casa.
Hace poco leí Las películas de mi vida, novela de Alberto Fuguet, escritor chileno que pasó la infancia en Los Ángeles. El protagonista es un sismólogo que me hizo pensar en los riesgos y consecuencias de un terremoto en estas tierras.
Cuando pasaba yo las noches en compañía de aquel personaje joven que viajaba de Santiago de Chile a Japón para participar en un congreso pero que quedó detenido en California, no podía menos que caminar con la mirada puesta en las grietas del asfalto, tratando de cuantificar el peligro de las construcciones de adobe que todavía están en pie, el temor a las construcciones altas —que por fortuna en Santa Bárbara están prohibidas— y la conciencia de que en cualquier momento la tierra puede despertar de su sueño, llevada por la explosión interna de su combustión ardiente, y mover así sus placas tectónicas como piezas de un rompecabezas de varias capas, sobre las cuales vivimos.
En Montecito y otras partes hay albergues destinados a casos de desastre, uno de ellos el gimnasio de Westmont. Por toda la ciudad se practican simulacros de evacuación.
Los científicos alertan a la población: es muy posible que la falla de San Andrés, localizada cerca de la frontera con México, sea responsable de un gran temblor que alcance hasta 7.8 grados, con duración de tres minutos, que haga de Los Ángeles un tazón de gelatina y afecte, por el colapso de los edificios y los incendios consiguientes, a más de 50,000 personas, para quienes no habrá sitio suficiente en los hospitales. Podría haber cerca de dos mil muertos. Las pérdidas podrían tasarse en más de 200,000 millones de dólares. Son los daños materiales de las Torres Gemelas y el Huracán Katrina, juntos.
Es terrible. Es factible.
El gran escritor Pico Iyer vive aquí. Es un amigo íntimo del Dalai Lama e inspirado en su filosofía acaba de dar a luz un libro llamado The Open Road. Iyer habla de la oportunidad que viene aparejada a la pérdida. Habla con conocimiento de causa: el 27 de junio de 1990 estalló el fuego en la zona llamada Painted Cave, donde vivía. Las flamas subían hasta veinte metros, y el autor se encontró atrapado, rodeado de llamas, por tres horas. Un buen samaritano arriesgó la vida y acercó su pipa de agua para sofocar la conflagración y así Iyer pudo escapar. Perdió la casa entera, con quince años de trabajo en varios libros. Toda su biblioteca, es decir su investigación, sus notas. Pero estaba vivo. Camino a un hotel, pasó por un supermercado para comprar un cepillo de dientes que en ese momento se convirtió en todo lo que tenía en el mundo.
Ay canta guitarra del Sur en la lluvia, en el sol lancinante
que lame los robles quemados pintándoles alas,
ay canta, racimo de selvas, la tierra empapada, los rápidos ríos,
el inabarcable silencio de la primavera mojada,
y que tu canción me devuelva la patria en peligro:
que corran las cuerdas del canto en el viento extranjero
porque mi sangre circula en mi canto si cantas,
si cantas, oh patria terrible, en el centro de los terremotos
porque así necesitas de mí, resurrecta,
porque canta tu boca en mi boca y sólo el amor resucita.
Ahora entiendo la plegaria de mis antepasados: Que Dios nos agarre confesados. Ya no pido que las tragedias no ocurran, porque sé que ocurrirán. Pero que nos afecten lo menos posible, que vuelvan a mostrar la faceta luminosa del ser humano, que nos permitan tomarnos de las manos.
Mayo 25, 2008