Llamémosle Shirley
 
Hablando de dineros: nunca antes la vida me había puesto en la tesitura de trabajar cerca de tantos ricos. Famosos sí, especialmente científicos y pensadores, los había por docenas en Cambridge, Massachusetts, donde vivimos hace dos décadas. Aunque su fama era relativa. Por suerte no eran celebridades de la televisión, así podían trabajar en paz sin ser molestados por los paparazzis. Yo he sido por décadas maestra de chicos de clase media alta, como los estudiantes del Tec y las niñas del Alpes, que se ubica en un exclusivo club de golf rodeado de casas bonitas. Pero mi centro de trabajo actual está rodeado de mansiones que tienen tanto terreno a su alrededor, que ya no se llaman “houses” sino “estates”. Pueden extenderse hasta una hectárea. Una de ellas, al lado de la puerta principal del campus, pertenece a unos texanos llamados Harold y Annette Simmons. Es un pedacito de bosque con un jardín que recuerda al Central Park o al Retiro, una verja de hierro forjado y en la punta de la colina, la magnífica casa que ha de estar siempre lista para recibir a los dueños, que casi nunca vienen. El señor ha sido distinguido en la lista de los primeros estadounidenses de origen modesto cuya fortuna asciende a miles de millones de dólares, lo que en inglés se llama billion. Por ello, no es de extrañar que hace poco regalara un millón a su vecino más próximo, Westmont, que dedicará los recursos a becas y un programa de arte.
 
Yo miro su foto en la página electrónica de Westmont y la amplia sonrisa de ambos me pone a pensar si en verdad tanto, tanto dinero será la cúspide de la felicidad. Ella tiene un rostro esculpido por algún doctor famoso. Sus manos tienen veinte años más que su cara. Su cuello ostenta un collar de brillantes que deben de costar el equivalente a un año de sustento de una familia.
 
Hace unas semanas, de regreso de Texas a donde fui a dar una lectura de mi novela, mi hermosa amiga Judy Arnold me puso en un avión de Killeen a Dallas desde donde tomé otro directamente a Santa Bárbara. Los barbareños comunes viajan a Los Ángeles y de ahí toman el autobús que sale del aeropuerto hacia esta ciudad, pero los que pueden pagarlo llegan al aeropuerto local. Así que me vine con los privilegiados en un pequeño jet. Junto a mí viajaba una pareja que supongo vive en Hope Ranch o en Montecito. La señora, llamémosle Shirley, parecía tener más años que yo, pero lucía el cuerpo de una jovencita. Tenía la piel bronceada, los músculos tensos, la columna erecta. La pude observar cada vez que levantaba los ojos del libro que tenía en mis manos, así que fui testigo de sus movimientos: retocó su maquillaje y se aplicó cremas varias veces. Llevaba un pantalón muy ajustado hasta media pierna, como un mallón de punto, color azul turquesa. Un saco tejido, también ceñido, dejaba ver las curvas de su talle. La ropa de Shirley era juguetona, jovial, como de adolescente, y en su persona se adivinaban las mil horas de jugar tenis, cientos de horas de masajes y baños con sales aromáticas, las torturas en las máquinas de gimnasio, las sesiones de sol con bronceadores carísimos, y sobre todo las seis horas de cada operación en manos del mejor cirujano plástico. Su vientre plano, su busto perfecto. Desde la sala de espera hasta el aterrizaje, pasaron unas cuatro horas. Dedicó ese tiempo a escuchar su ipod, que supongo atiborrado de rock y new age, mientras se contoneaba con una sonrisa. Era una declaración sin palabras de su ánimo festivo, que sin embargo no lograba ser convincente. En todo ese largo trayecto, dedicó sólo unos minutos al quehacer intelectual: sacó una revista People de su bolso de piel y hojeó las fotos. Luego siguió moviendo su cuerpo al ritmo de su música.
 
Quizá debería ser al revés, pero no pude sino sentir un poquito de compasión por Shirley y la delgadísima superficie, como una nata (de ahí la expresión “crema y nata”) en que flota su vida, mientras nosotros nos sumergimos en el líquido que hierve, nuestra vida está en ebullición, sufrimos y salimos adelante, volvemos a sentir el calor del fondo, nadamos hacia arriba y cada jornada es un pequeño triunfo, sin tener que mantener una sonrisa congelada en la cara reconstruida.
Junio 16, 2007