La Universidad de Harvard es el lugar más sui generis del planeta. Como todos los centros del pensamiento humano, concentra lo mejor del ingenio, la cultura, el arte, la historia y la ciencia. Uno camina sus pasillos encontrándose con profesores, investigadores y estudiantes del mundo entero que han venido a estudiar de día y de noche, hacer experimentos que cambiarán la vida de las nuevas generaciones, analizar objetos artísticos cuyo origen se remonta al principio de los tiempos, y a vivir cada día con una energía inenarrable.
Su entorno, la ciudad de Cambridge, Massachusetts, es un laberinto de callejas estilo inglés, con casas victorianas y edificios contemporáneos donde las librerías son espacios concurridos que cierran a la medianoche; en la estación del metro tocan cuartetos de cuerdas formados por músicos excepcionales, y en el quiosco de periódicos hay publicaciones en todos los idiomas. Los restaurantes ofrecen especialidades orientales, europeas o sudamericanas, y en ellos trabajan meseros que por la noche actúan en obras de Shakespeare o escriben sus tesis de doctorado, mientras afuera hay taxistas políglotas que pergeñan guiones de cine, y científicos que están a punto de encontrar la fórmula milagrosa que cure dolencias de siglos.
En la Facultad de Lenguas Romances, en aulas de madera venerables y viejísimas, a mediados de la década de los ochenta se encontraban dos mexicanos excepcionales: Carlos Fuentes el novelista, y Lilvia Soto, profesora que daba clases de Literatura Hispanoamericana y estudiaba la obra del novelista.
Durante dos años tuve la gran fortuna de asistir a las clases de ambos, y de otros espléndidos profesores, autores de libros de análisis, personajes de talla internacional.
Lilvia Soto, tengo que decirlo, brillaba con luz propia entre los premios Nobel y las leyendas vivientes que eran sus colegas. Además, estaba desprovista de esa arrogancia y en algunos casos amarga visión del mundo que caracteriza a los genios. Son seres solitarios, celosos de su sabiduría, condescendientes ante los demás, que éramos simples mortales sin su fama y profundidad. Muchos profesores causan un efecto similar al que debieron haber provocado los santos y profetas de la Antigüedad. En algunas de sus clases no comparten sus hallazgos con sus alumnos, sino hasta haberlos publicado en un libro de su autoría, o patentado en la oficina de registros.
Sin embargo, la doctora Soto, bella mujer de cuarenta y tantos, era generosa y tenía una mirada resplandeciente. Se presentaba a clases vestida con elegancia y propiedad, toda ella revestida de dignidad. Nos invitaba a comer al Faculty Club, el comedor exclusivo donde los académicos se envolvían en un halo, nimbados por su prestigio.
Lilvia Soto nos llevaba a sus estudiantes a ese pequeño Olimpo, sin tanta faramalla.
Más tarde, estudió un post doctorado en Cambridge, Inglaterra, y fue profesora de otras universidades, y también directora fundadora de La Casa Latina, un centro de excelencia para estudiantes hispanos de la Universidad de Pennsylvania.
Hoy, la poeta Soto ha regresado a su país, México, a su estado, Chihuahua, y vive en Casas Grandes, raíz de su tronco familiar.
Lilvia Soto escribe sobre sus querencias y su tierra, y lo que dicen sus versos nos llega a todos al alma:
II
El no conoció las tuyas,
tus sandías rojo sangre
irrigadas de los pozos que tu padre cavó,
maduradas en el calor del desierto,
saboreadas con tus hermanos
en el patio trasero,
sus semillas escupidas sobre la tierra desnuda,
pedazo tras pedazo de jugoso sol de Chihuahua
que te corría por la barbilla
consagrando la tierra de tu padre,
el trabajo de tu padre.
(Del poema “Mi madre y Tamayo”).
La autora ha publicado cuento, poesía, crítica y traducción literaria en México, España, Chile, Canadá, Perú, Venezuela, Estados Unidos. Acaba de terminar dos colecciones de poemas sobre las guerras estadounidenses en Irak y prepara una sobre su regreso a México.
Lilvia Soto nos visitará en Querétaro durante el mes de julio. Estará en nuestra ciudad cuatro semanas completas, viviendo en el barrio de La Cruz, para dar un seminario en el taller de traducción literaria Mundo a Mundo, que ofrecen el Interamerican University Studies Institute y la Facultad de Lenguas y Letras de la UAQ.
La poeta ofrecerá también un recital, acompañada de Gabriela Castañeda, vicepresidenta de IUSI, y Crawford MacCallum, profesor de la Universidad de Nuevo México.
El recital, abierto a todo público, tendrá lugar en la Galería DRT de 5 de Mayo 80, en el corazón del Centro Histórico de nuestra ciudad. Habrá vino de honor.
Sobre una de sus estancias en España, escribió:
es abril
es abril y Andalucía
con su túnica azul violeta
que es azul aura y azul llama
luciérnaga
y vuelco del corazón
que es jacaranda en flor
y primavera en el paraíso
porque el árbol del paraíso
no es el manzano
no, el manzano es invento
de los escribas que ocultan la verdad
los escribas y los exégetas
que quieren secreto y sólo para ellos
el árbol de la tentación
el árbol que es costilla, nervio y médula
el árbol que es piel y arteria
y brazos que claman al cielo
y bocas que iluminan la noche
labios y lenguas y dientes que susurran
y tiemblan
y son las mil bocas del árbol-deseo
que es el color lila y azul lavanda
y todos los azules
del jacaranda de Andalucía.