Fuimos al teatro Marjorie Luke, a ver un espectáculo dedicado a las leyendas mexicanas.
El espacio tiene buenas instalaciones, cientos de butacas cómodas, luces y sonido profesionales. Está en el interior de una secundaria pública. Tiene, como todas partes, placas en el vestíbulo que uno no lee porque piensa que no conoce a la gente que hizo posible su restauración y adaptación a los avances tecnológicos contemporáneos.
En el periódico apareció hace poco la noticia de la muerte de Marjorie. Fue una maestra de esa escuela, por décadas. Entre sus alumnos, hay varios actores exitosos de teatro, cine y televisión. Por ejemplo, Anthony Edwards, de la serie ER, que participó activamente en la recaudación de fondos para el teatro. Dio cientos de miles de dólares de su propio bolsillo, convenció a otros, hicieron funciones a beneficio. El requisito era que el teatro sirviera a la comunidad.
Sus antiguos discípulos pidieron que el mágico lugar tuviera el nombre de su maestra, por el amor que ella les prodigó, sus enseñanzas y el estímulo que otorgó a sus vidas.
Le rindieron honores, a manera de funeral, a mitad del escenario. Qué manera linda de morir, a su avanzada edad, con su familia de verdad y la teatral, la de las emociones, rodeando su ataúd y recordando sus lecciones.
Esa secundaria, que es enorme y con salones bien equipados, rodeada de jardines, está pasando por un duelo. Hay en su interior pandillas de hispanos que se enfrentan a muerte.
Anteayer, uno de esos grupos rodeó a un miembro de la pandilla rival; cuando lo tuvieron rodeado, el jefe de la banda lo acuchilló. Eso pasó en pleno centro y a la luz del mediodía. La víctima, de quince años, murió en el hospital minutos después.
El homicida tiene catorce años.
Puede uno argumentar que estos niños no son bien aceptados por la sociedad, puede uno analizar los problemas de racismo, lo que sea. Hay una familia sumida en el dolor por la muerte de su hijo, otra que tiene al suyo en la cárcel de menores.
El tema da para mucho. Esa escuela es la que correspondía a Rafael. Nosotros hicimos trámites para inscribirlo en otra, sólo para que estuviera cerca de los hijos de nuestros amigos. Pero el incidente pudo haber ocurrido en cualquiera de ellas.
Claro que me preocupa. Nuestro hijo por fortuna se mantiene alejado de esos pequeños grupos de muchachos que copian las conductas más equívocas de algunos estratos estadounidenses: tatuajes, piercings; más adelante, uso de drogas. Los integrantes de esas bandas son hijos de nuestros inmigrantes. Eso duele mucho.
Es muy fácil ver, de manera superficial, cómo se ha ido construyendo esta nación. Nación de naciones, diría Ángela Moyano. Para tener la fortaleza que ha logrado, muchos acontecimientos terribles han ocurrido en cada pueblo y ciudad. Muchas vidas sacrificadas, generaciones que pagan el precio del trabajo duro para que los hijos o nietos vivan mejor.
Es un rompecabezas inmenso, un paisaje fragmentado, de enorme belleza, de historia compleja. Ahora, el gobierno de este país encabeza y dirige una guerra estúpida (aunque todas las son) que por fortuna está cada vez menos apoyada por la población. Este fin de semana habrá manifestaciones aquí.
Les recomiendo el número de marzo de Letras Libres. Tiene un reportaje interesante de León Krauze sobre una familia tarasca que vive en Alabama, y varios ensayos sobre la relación entre México y los Estados Unidos. Queramos o no, somos vecinos, vivimos entrelazados, tenemos que aprender unos de otros a vivir cerca y entre todos administrar de la mejor manera posible esta rica tierra donde pasamos ese lapso entre el nacimiento y la muerte, tan efímero frente a la infinitud del universo y su transcurso en el tiempo.