Mejor que el oro
 
En un país donde los pordioseros abundan, es difícil sentir compasión por todos ellos, darles una moneda, compartir con quienes nos rodean la indignación por la pobreza, mientras llevamos en el alma nuestros propios conflictos, tenemos una agenda llena de pendientes, nos preocupamos por los hijos y por el pan de cada día.

Sin embargo, a veces ocurre que una estampa queda grabada en la mente. Iba en el coche con Rafael por la calle Epigmenio González, a la vera de un viejo arroyo que ahora sirve como dren pluvial, frente a un edificio construido hace pocos años donde se alojan oficinas corporativas de Teléfonos de México. Un enorme anuncio de vinil colgaba a un lado de las modernas oficinas: la foto presentaba a un hombre joven descansando, en ropa deportiva, mientras leía su correo electrónico en una laptop.
Mientras esperábamos la luz verde del semáforo, vi a mi lado, sentada en la acera, a una vieja con su nieta. Estaban recargadas contra el puente y pedían dinero. Ambas eran de tez muy blanca. La chiquilla tenía mejillas sonrosadas y redondas, los ojos claros. Usaban vestidos de amplios vuelos y sombreros de paja. Imaginen un cuadro del impresionismo francés. Pero estas dos mujeres son terriblemente pobres, viven de la caridad pública, el puente donde se encontraban no estaba en la campiña de Francia sino en una ciudad del interior, en México, y el agua sucia que pasa por el arroyo nada tiene que ver con los manantiales de los cuadros del siglo XIX.
Sin embargo, comentamos Rafael y yo, ellas sí viven en el siglo antepasado. Siguen teniendo la mentalidad del siglo diecinueve. Es decir, que a unos pasos de la tienda de teléfonos sofisticados, computadoras y aparatos idénticos a los que usan los ejecutivos de Nueva York o Londres, nuestros miserables no han tenido jamás un coche, y es posible que no hayan subido a uno a menos que de manera excepcional necesitaran un taxi. Es claro que no tienen servicios médicos, que enfrentan el dolor con hierbas y ungüentos, con paliativos anteriores a la medicina contemporánea. No hablan nuestro idioma a plenitud, no saben leer, no han viajado nunca por placer, y por supuesto, ni idea tienen de lo que es el Internet y la banda ancha que se anuncia en el edificio que está frente a ellas, al que miran todo el santo día.
Vivir en el presente es vivir en el siglo. La diferencia entre el clero regular y el secular es que los sacerdotes que no pertenecen a una orden, también llamados diocesanos, viven “en el siglo”, es decir, en la sociedad de sus fieles. Los monjes y frailes, las monjas y otros consagrados viven según la regla que escogieron como norma. En tiempos pasados, habitaban monasterios al filo de una montaña o en medio de un desierto, dedicados de lleno a la contemplación y el estudio. Tenían bibliotecas, estudiaban lenguas muertas, conservaban los tesoros de antaño.
Nuestros vagabundos no viven el presente, y eso para mí es tan grave como el hambre. Tantos avances médicos, científicos, tecnológicos, para que haya quien siga cocinando con leña, como las familias de una comunidad cercana a mi condominio. Frente a nuestro desarrollo urbano pasan las mujeres con hatos a la espalda, para alimentar los fogones como en la Edad Media. Los pastores y vaqueros sacan sus rebaños a pastar y sus vacas o cabras suben a las áreas verdes, desafiando al tránsito de vehículos, para comerse el césped y los arbustos que fueron plantados por estética.
El oro ha aumentado de precio en forma estratosférica este fin de año. Las joyas subirán de valor en los años venideros. Al mismo tiempo, las preciosas piezas de orfebrería que durante mucho tiempo hicieron suspirar a las muchachas, ya no son tan codiciadas. Pregúntale a cualquier adolescente qué prefiere: un reloj fino o una nueva computadora. Un iPod o un collar de perlas.
La sustitución de las joyas por los aparatos en la lista de los deseos es muy justa. Es bueno para todos. Cuando visitamos las minas de oro del Virreinato, donde los mineros morían de enfermedades pulmonares buscando la veta madre y tenían una esperanza de vida de treinta años; o cuando vemos un documental sobre las guerras del Congo y otros países donde hay yacimientos de oro y diamantes, la injusticia patente nos causa indignación.
Las joyas tienen un valor simbólico cuando se trata de una argolla de matrimonio, un anillo de compromiso o una medalla. Tener más anillos de los que se pueden usar es vanidad.
En cambio, la tecnología abre una ventana al mundo, es una forma de estar conectados, una biblioteca portátil, una herramienta para la inteligencia. Que se puede hacer mal uso de ella también es cierto. Tampoco todos los libros están bien escritos ni contienen enseñanzas útiles.
Prefiero apostar a un mundo donde los ingenieros y técnicos que construyen máquinas pensantes viven de un trabajo honrado, al panorama de miles de seres sacando gramos de oro de la tierra por un salario de subsistencia, dejando la vida por la violencia inherente a la explotación de los yacimientos. Que hay fortunas inmensas en los teléfonos, las computadoras y sus sistemas, es verdad. La desigualdad ha sido el signo de la humanidad desde el principio de los tiempos.
Pero un niño puede alimentar su mente mediante el buen uso de la tecnología, una familia se mantiene unida con los teléfonos celulares, la música se escucha mejor con los nuevos equipos, y tú lees estas líneas gracias a tu computadora.
Diciembre 28, 2009