A golpes de nostalgia se fundan las ciudades, se nombran los lugares y los hijos. Las emociones humanas dan color al tapiz de la historia. Con sentimiento se definen las figuras que lo forman.
La inmensa mayoría de los humanos pasa la vida sin emprender obras monumentales. Muy pocos logran hacer realidad sus anhelos. De ellos, una ínfima parcela recibe reconocimiento por sus ideas y trabajos. Se requiere la conjunción de muchos factores —entre ellos, eso que llamamos suerte— para hacer que un proyecto se convierta en un producto tangible. El autor británico-canadiense Malcolm Gladwell, que ha escrito varios libros exitosos, entre ellos Blink: The Power of Thinking Without Thinking, del 2000, escribe sobre el tema en el más reciente y muy comentado: Outliers: The Story of Success, del 2008.
Aunque muy pocos logran sobresalir, bajo la conducción de un líder, miles han construido plazas y edificios, coliseos y bibliotecas. Y ese líder, con mucha frecuencia, ha vencido los obstáculos que se le presentan con una terquedad ciega, que obedece a un solo propósito: volver a tener lo que se tuvo antes, lo que se vivió en tiempos mejores, a reinventar la vida que le contaban sus abuelos. Me refiero a la recuperación del poder, orgullo, linaje, sentido de pertenencia, riqueza o trascendencia.
Hace siglos, estos seres excepcionales se dieron a la tarea de descubrir continentes y de llamar a las tierras conquistadas con los mismos nombres de su tierra amada. Así, nacieron en América pueblos y regiones que pretendían recrear el lugar que los fundadores habían dejado en España: Nueva Galicia, Nueva Granada o Nueva España. Los anglosajones hicieron lo mismo: de York a New York, de Hampshire a New Hampshire.
Otros pueblos se forjan como una recreación de lo que no existió. Santa Bárbara, California, sufrió un terremoto en 1925 que estremeció sus entrañas y derrumbó cientos de casas y edificios. Un puñado de lugareños, liderados por la Dra. Pearl Chase, se dieron en seguida a la tarea de reconstruir la ciudad no como era antes de la destrucción, sino como nunca fue: una importante villa novohispana.
Con el bello edificio de la Corte como ejemplo, se definió el estilo barbareño que se llama “Spanish Revival”, es decir, una arquitectura para revivir la época del Virreinato, aunque en realidad en ese tiempo sólo hubo en esta zona una misión, un pueblo de indios y un ciento de casas mexicanas de adobe, con paredes blancas y tejas de arcilla roja.
Tenían nostalgia de lo que nunca fue. Estaban recreando un pasado glorioso que pertenece más al mito que a la realidad. Sentían lo que expresa León Felipe, autor español trasterrado que hizo de México su patria, a la que llegó en 1938 con sus compañeros republicanos, y donde murió en 1968:
¡Qué lástima
que yo no tenga una casa!
Una casa solariega y blasonada,
una casa
en que guardara,
a más de otras cosas raras,
un sillón viejo de cuero, una mesa apolillada
(que me contaran
viejas historias domésticas como a Francis James y a Ayala)
y el retrato de un mi abuelo que ganara
una batalla.
León Felipe (Tábara, 1884 – México, 1968).
Los colonos barbareños se pusieron a inventar una ciudad estadounidense que tiene nombres en español para las plazas, paseos, escuelas, parques, montañas y caminos. Todo está en castellano, hasta las playas como Arroyo Burro y El Refugio, cerca de un santuario natural que se llama Mariposa Reina.
Por eso, al caminar por las calles no puedo dejar de enlazar nombres con vivencias y emociones. Paso por el teatro Granada, que rinde homenaje a esa ciudad hermosa, y de inmediato Agustín Lara se pone a cantar en el i-pod que traigo en la memoria.
Esta canción me lleva a la espléndida novela de mi amigo Jorge F. Hernández, La emperatriz de Lavapiés, ubicada en ese barrio madrileño. El protagonista, Pedro Torres Hinojosa, es un enamorado feliz, hombre decidido a buscar el amor de su vida con una pasión adolescente revivida a los setenta años. La última vez que me enteré del destino extraliterario de este personaje, los vecinos de esas viejas calles estaban proponiendo al Ayuntamiento de Madrid la fundición de una escultura que lo represente, elegante e ilusionado, buscando a su amada. Quieren poner la estatua en un rincón hermoso del vecindario para mantener vivo el romance. Lean este libro y cuéntenme qué les parece.
Jordi Soler es un joven escritor, mexicano y barcelonés, que nació en una ciudad de catalanes en plena selva veracruzana. Soler cuenta que pasó la niñez completa en una comunidad que no era Barcelona pero donde se hablaba, comía, vivía y suspiraba en catalán. Narra en sus columnas que los domingos por las tardes se reunían los vecinos y amigos a ver diapositivas proyectadas en una pantalla casera, para hablar de las Ramblas y el Paseo de Gracia, los espacios amados de su ciudad añorada. Los niños de la generación del autor sentían que algún día tendrían que regresar a ella, donde jamás habían estado. Este párrafo corresponde a su relato “Vudú” publicado en su blog:
“La Portuguesa era una plantación de café que fundaron cinco exiliados republicanos, entre ellos mi abuelo Arcadi, en la selva de Veracruz. Era un negocio que se inventaron para ir tirando en lo que se moría el dictador, y ellos podían regresar a España a rehacer sus vidas. Como bien se sabe Franco vivió demasiado tiempo, y mientras los republicanos esperaban ese día feliz que al final llegaría con un retraso irremediable, fueron construyendo una próspera comunidad donde empezaron a tener hijos y, con el tiempo, nietos. Pero en 1947 los nietos todavía no nacíamos; eran tiempos difíciles porque los nativos de esa zona de Veracruz no veían con buenos ojos que en esas tierras, donde sus ancestros habían vivido ‘desde el principio del mundo’, una tribu de españoles hubiera levantado un negocio boyante.”
Esto de explorar el terruño de los antepasados para comprender tu historia personal, detener la mirada en las fotos antiguas, escuchar narraciones y entretejer con ellas tu propia vida, es una de las razones más poderosas para escribir. Soler ahora vive en Barcelona, donde con frecuencia escribe sobre su infancia en la selva veracruzana.
Mi amiga Lilvia Soto, doctora en Letras Hispánicas y reconocida profesora universitaria en los Estados Unidos, gran promotora de la cultura mexicana, regresó a Chihuahua en busca de sus orígenes. Oye la voz de sus ancestros, sigue sus rastros, traza círculos de vida que se convierten en óleos sobre telas vívidas, cuadros donde todos podemos encontrar las razones más profundas de lo que nos ocurre.
Con permiso de la autora, reproduzco aquí un fragmento de una poesía suya:
Retrato
Tu retrato colgaba en la recámara de la abuela
cuando vivía en la Calle Venecia.
Un día, tendría yo siete u ocho años,
pregunté quién era el señor de la foto.
Alguien dijo que era el marido de Tita Lola,
padre de mi padre,
mi abuelo Alberto.
No dijeron nada más.
No pregunté nada más.
Ya había aprendido a no preguntar.
Quedaste detrás de un vidrio,
rodeado de madera labrada,
envuelto en el silencio que la familia había urdido.
La noche antes de mi boda
mi padre confirmó los rumores que yo había oído,
te mató Pancho Villa
dejando a mi padre huérfano,
a mi abuela viuda y sin patrimonio,
a mí sin saber cómo llamarte,
ni cómo me habrías llamado tú.
He pensado mucho en ti.
No volví a ver la foto, pero te recuerdo.
Te recuerdo como un abuelo chapado a la antigua.
Pienso que tenías bigote, como mi padre,
patillas, quizá una piocha,
tal vez una barba sedosa,
como las que tanto me gustan.
Usabas traje negro, chaleco,
botines con hebillas ¿o eran botones?
guantes de cabritilla, reloj de bolsillo,
fistol con perla en la corbata,
o un corbatín de seda.
Te recuerdo como un caballero,
elegante, distinguido, distante,
como son las personas mayores.
Ahora que soy abuela
quiero conocer tu historia.
Viajo a tu pueblo Huejuquilla,
visito la Catedral del Santo Cristo de Burgos,
donde encuentro tu fe de bautizo,
el registro civil, donde leo tu acta de nacimiento.
No encuentro tu acta de defunción.
Pienso en Lilvia y cuando leo su poesía la sigo, la persigo, mientras ella recupera la historia de sus antepasados y camina por las calles contemporáneas del pueblo donde ellos vivieron, donde algún recuerdo tuvo que haberse quedado colgando de las ramas de los árboles, bajo el quicio de un zaguán, en el balcón de una casa vieja.
Todo esto viene a cuento porque la semana pasada estuve tomando ponche. Mi amiga Leonor Elías y yo organizamos una posada mexicana. El marido de Daniela colgó la piñata de siete picos brillantes. Dos días antes habíamos practicado los cantos en el salón de clases. Ahí estaban mis alumnos rubios, hijos y nietos de suecos y alemanes, cantando “En nombre del cielo, os pido posada…”
Tres estudiantes llevaban en las manos las figuras del burrito, José y María, del Nacimiento de Leonor, de barro de Tonalá. Yo hice tamales verdes y rojos, que ya me salen bien. Aprendí a hacer tamales en California por pura necesidad emocional, como hace casi veinticinco años me propuse preparar mole poblano en Boston, y lo logré.
Mi madre me enviaba los chiles pasilla y cascabel, limpios y preparados, bien empacados en las maletas de mis hermanas y los amigos que nos visitaban. Luego caminaba yo por las calles heladas, cubiertas de nieve, buscando el chocolate Ibarra en las tiendas delicatessen, y encontraba los demás ingredientes en el mercado: las pepitas de calabaza eran las más difíciles y esquivas.
Aquí hay de todo, sólo hay que saber buscar: encontré caña mexicana, limpia y en trocitos, congelada. Los tejocotes se venden almibarados. Hay guayabas y tamarindos frescos en esas tiendas mexicanas donde se quedó a vivir el pasado. Los paisanos compran refrescos Jarritos y dulces virreinales, cocadas de Colima, galletas y conservas que uno creía olvidadas. Goya vende paquetes de fruta deshidratada envasada al vacío, y cuando la pones a hervir en agua, renace por arte de magia. Los palitos de canela sueltan su aroma, la caña su jugo, la pera da vueltas en las enormes burbujas del caldo dulce, y la casa se llena del olor del ponche.
Por ese momento vale la pena todo el esfuerzo. Por esa delicia caliente que llena la boca con el sabor de la infancia, y poco a poco nos devuelve la inocencia perdida.
Busqué la historia del ponche en un montón de sitios. Encontré varias versiones que hablan de una bebida llamada panch, palabra de origen hindú, quizá proveniente del vocablo sánscrito panchan o del persa panj, que significa cinco. Son cinco los ingredientes que lo componían: agua o leche, alcohol, limón, azúcar y hierbas.
Otros autores dicen que los sabores del panch deben ser cinco: dulce, agrio, amargo, suave y alcohólico. Hay historiadores que afirman que los marineros ingleses llevaron la receta de la India a Europa, y en Inglaterra la palabra cambió a punch, de donde deriva la española ponche. Los británicos lo comenzaron a preparar con frutas y alcohol, los españoles lo elaboraron con vino o champaña y en América se le incorporaron el ron y el aguardiente.
Llevé el ponche a Westmont y les gustó a los muchachos. Que prueben un poquito de lo nuestro, que sepan a qué sabe nuestra Navidad, ésa es mi ambición. De paso, guardé ponche para mí en el refrigerador, y durante cuatro días fui calentando tazas de esa maravilla que resultó de siglos de experimentos en las cocinas humeantes de mi tierra. Soy miembro de esa enorme masa de personas que trabajan y viven sin lograr obras monumentales. Un ponche bien hecho, con pasas que se hinchan de agua dulce y ciruelas de España que acarician a las guayabas del trópico, ése es mi humilde triunfo.