Lluvia artificial
 
Nos ocurren cosas inesperadas viviendo acá. Hace unos días, íbamos Eduardo y yo caminando en pleno centro de Los Ángeles, un sábado a la una de la tarde. El sol resplandecía y el cielo era azul, sin nube alguna. De repente, junto a mí, apareció un chico de impermeable con capucha, todo empapado. Su ropa tenía muchas gotas todavía. Un metro más allá, un señor de traje y gabardina, con paraguas en la mano. Había muchos más así, vestidos para el mal tiempo.
 
Nos dimos cuenta de que los carros no se movían de su lugar a media calle. Un coche tras otro, sin chofer, detenidos. Había patrullas, policías, un par de trailers. Luego comprendimos que estábamos en medio de una filmación. La trama suponía que era un día hábil, con cientos de personas en la calle, bajo la lluvia. Para ese efecto, una especie de grúa enorme hacía caer el agua a chorros al extremo de la calle. Los técnicos de la producción se comunicaban por walkie-talkies y apartaron a los curiosos como nosotros, nos pidieron silencio y comenzaron a rodar.
 
Nos fuimos de ahí. Vayan a saber qué película era. Pero disfrutamos mucho ver los entretelones de la filmación. Ver la cantidad de extras, recursos y efectos. Los vehículos para que se cambien los actores, la parafernalia, los comedores rodantes, todo el equipo humano y tecnológico para hacer posible la magia de la pantalla grande. Los sueños que los seres humanos soñamos juntos y que luego forman ese bagaje de emociones compartidas con personas de toda una generación, de una época.
 
Creo que cada vez más, películas, música y programas de televisión, lecturas y viajes, nos definen como personas. Ante los otros, somos de una forma específica, definimos nuestro interior, en el momento en que expresamos nuestros gustos en arte, nuestros espacios favoritos, los autores que han marcado nuestra mente.
 
Hace años, en la preparatoria donde daba clases, un profesor de física y yo nos reuníamos con otros colegas, a las siete de la mañana. Tomábamos un café rápido y hablábamos de todo. Él tiene un hijo que fue compañero de Ana Paula. Imaginábamos el futuro de esos chicos, que este año, 2007, se convierten en ciudadanos. Yo le decía que, dentro de doce o quince años, nuestros hijos o sus amigos se encontrarán en un congreso o convención.
 
Imagínate, le decía, que están en Río de Janeiro. En un restaurante, unos comen sushi, otros salmón y otros pizza. Toman cerveza mexicana, irlandesa o alemana. En casa hablan su idioma familiar, pero en esta reunión todos utilizan el inglés. Se reúnen con colegas a los que conocen por videoconferencia o la tecnología que prevalezca en el futuro. Entonces se darán cuenta de que todos vivieron la misma infancia.
 
A pesar de venir de Turquía, Italia, Sudáfrica, Australia o Nicaragua, todos vistieron exactamente con los mismos modelos y marcas de ropa, vieron las mismas caricaturas, oyeron la misma música, aprendieron en los mismos libros (con diferencias, claro está, pero las editoriales trasnacionales venden sus volúmenes en todo el mundo). Eso los unirá: tener las mismas referencias culturales, sentir que el planeta es pequeño, que el Internet y los celulares de alcance internacional, los canales de cable de 24 horas y el cine han estado ahí desde siempre.
 
Este es el mayor cambio, a mi juicio, entre nuestra infancia, la de quienes tenemos más de cuarenta, y los chiquillos de hoy.
 
Sin embargo, aunque no la vivimos igual, sí nos identificamos con otros por esas referencias. En la vida encuentra uno amigos y se relaciona con ellos porque comparte gustos en comida, vestido, costumbres, tradiciones, música y arte.
 
Una de mis mejores amigas aquí es profesora de francés. Tiene un doctorado de La Sorbona y es culta, amable, linda. Ella no habla español, no ha escuchado a José Alfredo Jiménez ni a Pablo Milanés, no ha leído a Rulfo ni a Paz en su idioma original, no ha comido mole poblano (¡pobre!), no tenemos siquiera coincidencia en el culto religioso.
 
Pero a ambas nos apasionan la música de Mozart, nuestros autores favoritos coinciden, hablamos de las películas de Hitchcock o las de Woody Allen. Cocinamos platillos parecidos. Tenemos tantos temas en común, jamás hay silencio cuando estamos juntas.
 
La aldea global, como dijera Marshall McLuhan.
Abril 10, 2007