Una impetuosa ola de fuego
 
“ Los Angeles weather is the weather of catastrophe, of apocalypse, and, just as the reliably long and bitter winters of New England determine the way life is lived there, so the violence and the unpredictability of the Santa Ana affect the entire quality of life in Los Angeles, accentuate its impermanence, its unreliability. The wind shows us how close to the edge we are. ”
 
—Joan Didion, "Los Angeles Notebook"
 
El jueves 13 de noviembre de 2008 comenzó como un día feliz. En estos días amanece muy temprano gracias al reciente cambio de horario. El sol dirige sus rayos como un experto en iluminación de escenarios: primero acaricia las ramas altas de los árboles, las cimas de los montes, las inmensas hojas de las palmeras y las delicadas ramas de los eucaliptos. Luego baja a la tierra y el paisaje se vuelve dorado. El aire está claro, cruje de tan limpio, se pueden ver los contornos de los cerros. La silueta de los árboles lejanos se perfila como un dibujo.
 
Al filo de las siete de la mañana voy en la autopista rumbo a la escuela, trazando en la mente el esquema de la clase de Composición, que dura dos horas y tiene que ser más atractiva que otras porque los muchachos apenas se han levantado y se requiere una mayor dosis de energía para entusiasmarlos en el análisis de párrafos. Hoy, sin embargo, es especial porque esta tarde presentaremos, en uno de los salones de lujo, un librito escrito por ellos: Westmont en español.
 
Este conjunto de entrevistas presenta viñetas de las vidas y obras de dieciocho personas que forman parte de la comunidad de Westmont: profesores, estudiantes y trabajadores. Entre ellos hay mujeres de origen mexicano que dedican su esfuerzo a la limpieza de los baños, o alumnos que han llegado aquí luego de una infancia compleja: un testigo del terrorismo en Perú o una niña de familia trashumante cuya vida comienza en Seúl, continúa en Caracas y ahora se detiene en California.
 
Entre los profesores entrevistados, los chicos de mi clase han seleccionado al Dr. Niva Tro, un científico californiano de padres cubanos, vivísimos ojos azules y amplia sonrisa. También a Cheri Larsen-Hoeckley, una bella doctora en Letras, rubia de pelo largo, la imagen clásica de la mujer de California, que con su marido emprendió hace años la aventura de adoptar a dos niñas de origen guatemalteco, contra viento y marea. La marea, en este caso, se llama Inmigración de los Estados Unidos, agencia que amenaza con deportar a Diana, la mayor. Sin embargo, la familia Hoeckley es feliz y una foto de grupo lo testimonia, en el librito que hemos realizado.
Al mediodía, los profesores se reúnen en un comedor dedicado a los fundadores del college, que data de 1937. Sus retratos presiden con elegancia las reuniones de cada jueves, en que se sirve un almuerzo delicioso, preparado por mexicanos con manos de ángel que a veces rescatan las recetas de las abuelas, sobre todo para los postres. Yo no fui a comer con ellos porque mis estudiantes me invitaron a comer en la cafetería.
 
La presentación del libro fue interesante y bien organizada. Los alumnos salieron felices. Las profesoras del departamento, con mi amiga Leonor al frente, nos quedamos a recoger los bocadillos y bebidas que se ofrecieron a los asistentes. El gran comedor, al lado de donde estábamos, se preparaba para la comida de las seis de la tarde.
Afuera, el viento soplaba con fuerza.
 
Hacía una hora que el suave soplo del aire se había convertido en ventarrón. Salí al estacionamiento y sentí el golpe contra mi coche. De las montañas, las cañadas y los picos bajaban esos vientos que la noche anterior habían sido tibios, casi cálidos.
 
Nueve meses de sequía, árboles con ramas secas.
 
Chaparral y arbustos que cubren la tierra, sedientos.
 
Los vientos otoñales calientes y secos se llaman Santa Anas. El jueves pasado, alcanzaron los 120 kilómetros por hora. Vienen de los desiertos hacia el mar, adquiriendo velocidad y fiereza conforme avanzan.
 
Dicen los expertos que su nombre es virreinal y hace honor al río, las montañas y el cañón de Santa Ana, en el condado de Orange. Esos vientos son poderosos e impredecibles. Se cuelan entre los macizos rocosos de los montes y se filtran por las cañadas hasta el valle, empujando lo que se encuentran a su paso, en un afán inusitado, avasallador.
 
Salí del campus a las 5:15 de la tarde rumbo al University Club, en el centro de la ciudad, donde mi amiga Laura daría una conferencia. Antes de que terminara, nos avisaron que había un incendio en Montecito que afectaba a Westmont. Mis colegas salieron de prisa. Terminó la sesión y en el exterior la atmósfera olía a humo, a vegetación quemada. Otra vez la terrible impotencia frente al fuego.
 
En la distancia, se veía la nube de humo levantada sobre los cerros. La luna llena, envuelta en un traje gris, parecía mirar a la tierra llena de compasión, incapaz de apagar las llamas.
 
Montecito es una zona de mansiones impresionantes. Muchas tienen un valor de más de diez millones de dólares. Resguardan verdaderos tesoros: obras de arte, antigüedades, documentos valiosos. Tienen cuadras y campos de entrenamiento para sus caballos de pura sangre. Por otra parte, hay muchos árboles cuyas frondas se abrazan para hacer zonas sombreadas de jardines y pequeños bosques. Michael Douglas, Oprah Winfrey, Rob Lowe y otras celebridades viven aquí. Frente a Westmont, una antigua casona que alberga jardines de varios tipos y se ha vuelto sede de una fundación, recibía como huésped al Príncipe Rainiero de Mónaco cuando visitaba a su prometida, Grace Kelly. Un hotel cercano fue fundado por Charlie Chaplin, quien vivía ahí por temporadas.
 
Los jardines de las casas son verdes, húmedos y lozanos. Pero hay zonas silvestres y los árboles tienen ramas altas que son las primeras víctimas del fuego cuando éste se produce. Las palmeras, cargadas de dátiles, son material combustible que lanza sus pequeños frutos, en llamas, hacia otras ramas. Eucaliptos, robles y pinos son vulnerables y fáciles de atrapar por el calor que los convierte en antorchas humeantes en pocos minutos. Unos segundos después se vuelven armas de fuego: explotan por su contenido de aceite y alcanzan todas las estructuras a su alrededor.
 
A las 5:50 de la tarde había comenzado el incendio, nadie sabe cómo, en una zona llamada The Tea Gardens, nombre de un viejo café que está cerrado hace años.
 
Por esa razón, esta conflagración se llama Tea Fire.
 
Al sonar la alarma, los estudiantes dejaron sus platos servidos en las mesas de la cafetería. Quienes estaban en sus habitaciones y pudieron poner una computadora a salvo, o sus identificaciones y dinero, corrieron al gimnasio que es una estructura sólida, a prueba de incendios, que se puede volver refugio con mantas, comida y bolsas para dormir.
 
Los aviones de las cadenas de televisión mostraban las imágenes de la zona como si fuera una fogata gigantesca, con ascuas ardiendo. Conforme se acercaban, podíamos ver que cada brasa era una propiedad consumida por el fuego. Como olas, como gigantescas cortinas de lumbre, como murallas vivas que avanzan destruyendo, las llamas subían hasta 50 metros. Los testigos dicen que al salir de sus casas para salvar su vida atravesaban una lluvia de partículas de fuego.
 
El látigo invisible de la naturaleza siguió su curso a través de la noche. Los trescientos chicos albergados en el gimnasio pasaron horas de angustia y elevaron plegarias por todos los afectados. Los transformadores de energía eléctrica se vieron dañados por el desperfecto en las líneas de gas y más de 20,000 hogares de Santa Bárbara quedaron a oscuras.
 
El alba del viernes llevó al cielo de Montecito más de veinte helicópteros, avionetas y un DC-10 que lanzaban agua y materiales que retardan la acción del fuego.
 
En total, más de 2,500 acres, es decir, más de mil hectáreas, fueron quemadas. Hasta ahora, 210 casas se reportan destruidas. Espacios grandiosos convertidos en cenizas.
 
Hace mucho tiempo que tenía la ilusión de conocer el monasterio benedictino Mount Calvary, o Monte Calvario, cuyos monjes invitan a la comunidad los viernes por la mañana, y sirven un desayuno con frutas cultivadas en sus huertos. Hoy sábado leo con profunda tristeza que el monasterio está completamente destruido.
 
A un lado de Westmont está Las Barrancas, un conjunto de casas donde viven muchos profesores. Catorce de esas lindas propiedades fueron completamente carbonizadas. Un profesor retirado, vecino de la zona, también perdió su casa.
 
Más de mil bomberos han trabajado sin parar desde hace dos días y sus noches. Hace unas horas, el gobernador Arnold Schwarzenegger hizo un recorrido con los cuerpos de seguridad por la zona en peligro. Sólo murió una persona relacionada con el incendio: un viejecito de 98 años que después de sufrir la angustia de la evacuación tuvo un paro cardiaco en su hotel.
 
En este estado poderoso y bello, con una economía tan sólida y tantas industrias florecientes, este año ha habido 2,700 incendios, muchos debido a descargas eléctricas de la atmósfera.
 
Las fuerzas de la naturaleza, dirán algunos. La mano de Dios, dicen otros. Hay quienes piensan en un ser omnipotente y vengativo. Otros, en un Creador amoroso y lleno de compasión. Los científicos explican las causas y efectos a partir de gráficas y números, comportamientos del clima a través de los años y posibles catástrofes por venir.
 
Es el destino, decían los antiguos habitantes del planeta. Esa palabra que ahora sólo significa el aeropuerto o terminal a donde llegan aviones y trenes, ha sido desprovista de su original sentido aterrador, poderoso y amedrentador que dejaba a los hombres en la orfandad y la pobreza. La impredecible enfermedad, la pérdida que nos toma desprevenidos y nos ataca en medio de las sombras, eso era el destino.
 
Westmont College es una institución fuerte, una pequeña universidad privada de alto nivel, un espacio para la educación y el conocimiento del que he formado parte, con cuyos valores me identifico, donde trabajan mis amigos, que me acogió con afecto y respeto, donde me siento como pez en el agua.
 
Westmont perdió muchos de sus edificios y grandes zonas se volvieron cenizas. Sin embargo, estoy segura de que se recuperará de esta herida porque su comunidad tiene el valor de la solidaridad y sabe enfrentar las crisis. Muy pronto definirán los planes para la reconstrucción de los edificios destruidos por el fuego. Los amigos se tenderán la mano, dando todo lo que les es posible.
 
Las familias de Cheri Larsen-Hoeckley y de Niva Tro, profesores entrevistados para el librito en español, perdieron todas sus propiedades en unos minutos de desastre.
 
Para ellos, para todos los que han sufrido la incalculable pérdida de un hogar debido a un siniestro natural, envío desde aquí mi solidaridad y mi humilde consuelo.
 
Noviembre 15, 2008