Epifanía
 
Era la década de 1950. El mundo tenía muy reciente la memoria terrible de la Segunda Guerra Mundial con la dolorosa visión de los caídos: raquíticos judíos muertos, soldados con lesiones y heridas que no los dejarían jamás llevar una vida sana.
 
Desilusionado de sí mismo, el hombre buscó un asidero emocional, una nueva utopía, la fuente de la esperanza que le apartara de la desazón. Una de las respuestas a esta búsqueda fue la literatura de ciencia ficción, que dio paso a un movimiento fílmico y a programas de televisión donde se presentaba un mañana brillante, impecable, dirigido por máquinas precisas y eficientes.
 
Según este pronóstico, a estas alturas de la historia deberíamos estar vistiendo trajes espaciales, haciendo recorridos en naves poderosas a través de la galaxia y comiendo pastillas con todos los nutrientes necesarios para la vida.
 
Por fortuna, seguimos usando ropa de algodón y preparando chiles en nogada como hace siglos.
 
En aquellas cintas, un elemento indispensable era la supercomputadora donde se encontraban las respuestas a las interrogantes fundamentales. Una máquina inmensa, que ocupaba varios cuartos en un edificio helado gracias al aire acondicionado, era operada por un genio que le hacía preguntas al cerebro electrónico, que tenía el poder de analizar todo el pensamiento humano y hacer proyecciones del futuro.
 
Luego de pensarlo bien, aquella mole de metal brillante escupía un papel donde respondía a todas las preguntas imaginables. Así de fácil.
 
En la Grecia antigua, esta búsqueda del conocimiento se hacía en el oráculo de Delfos, presidido por el dios Apolo, que daba las respuestas a las pitonisas, intérpretes de los mensajes. Mujeres valiosas eran también las musas, que rodeaban al dios dándole inspiración para las artes. En varias mitologías antiguas ocurre lo mismo: el ser humano, llevado por su incapacidad para conocer su propio destino, se acerca a un intérprete, establece un vínculo con la divinidad, busca quién le guíe en el complicado laberinto de la vida.
 
Cuando hay una respuesta, una luz poderosa nos ilumina, sentimos que las piezas del rompecabezas mental se unen para formar un paisaje cuyos caminos son claros.
 
La palabra griega “eureka” se usa en todos los idiomas para expresar que hemos encontrado lo que buscamos. Tenemos la respuesta. El experimento tuvo éxito. La leyenda dice que Arquímedes, mientras se bañaba, comprendió que el volumen de un objeto irregular se podría calcular al definir el volumen del agua que se desplazaba al sumergirlo. Al realizar este descubrimiento, dio un salto de la tina, a brincos felices salió a las calles de Siracusa desnudo, a compartir su conocimiento.
 
Quizá no haya que llegar a esos extremos.
 
Todo esto para platicar sobre la red mundial que nos conecta, de pantalla en pantalla, cada vez que ustedes y yo prendemos la computadora y abrimos la mente a un océano de información sobre el que navegamos, de página web en página web.
 
Google y otros buscadores de internet son el oráculo contemporáneo. No tienen todas las respuestas a las interrogantes de la vida, pero sí poseen una cantidad casi infinita de información.
 
Nuestra computadora no es la máquina inmensa de los escritores futuristas, no requiere que un Ciro Peraloca la active, no es el dios Apolo el único capaz de hacerle preguntas. Está al alcance de ti y de mí: simples mortales.
 
Esto me vino a la mente por la celebración del día de Reyes.  Según dice el Evangelio de Mateo en el capítulo 2, unos magos vinieron del Oriente a Jerusalén, diciendo: “¿Dónde está el Rey de los Judíos, que ha nacido? Porque hemos visto su estrella en el Oriente y venimos a adorarle”.
 
Resulta que nosotros consideramos a los reyes como magos, pero en inglés se refieren a ellos como “wise men”. La sabiduría por mucho tiempo fue considerada magia. Así como tarde o temprano, la cruda realidad vine a reemplazar las fantasías infantiles sobre los Reyes, a lo largo de la historia la ciencia ha venido sustituyendo las creencias mágicas.  Dijo Oscar Wilde a fines del siglo diecinueve que la ciencia es el registro de las religiones muertas.  Las computadoras son nuestros oráculos, nuestro archivo infinito de datos e imágenes, nuestras prótesis cada vez más necesarias para funcionar en el mundo.
 
Sin embargo, por fortuna tenemos la facultad de correr a refugiarnos cuando lo necesitemos en la memoria de nuestros primeros años. Para quienes crecieron acechando los pasos de tres magos que traían juguetes hasta nuestro árbol navideño, a un lado del portal prodigioso, un abrazo lleno de júbilo. Deseo para todos un año de regalos espléndidos: salud, trabajo, cariño de los amigos, sonrisas en los rostros infantiles, música para sus oídos y palabras escritas que planteen retos a su inteligencia.
 
 
Enero 6, 2008