Los valores de México
 
En una de las mejores novelas de Mario Vargas Llosa, “Conversación en La Catedral”, ubicada en Lima durante la dictadura de Odría —años cincuenta del siglo XX— uno de los personajes le pregunta en forma constante a Zavalita, el protagonista: ¿En qué momento se jodió el Perú?
 
Porque el Perú se jodió de muchas maneras. Cuando leímos esa novela por primera vez, los mexicanos sentíamos un poquito de compasión por esos hermanos, por los pueblos latinoamericanos que no tenían nuestra buena suerte: la sólida economía del país, las relaciones internacionales, el sentido de dignidad y orgullo. La hermosa familia mexicana.
 
Décadas más tarde, uno puede hacerse un cuestionamiento parecido: ¿En qué momento cambió México? ¿Por qué ahora tenemos, y es una realidad palpable, menos sentido del respeto por los demás, por la comunidad? ¿Por qué no respetamos las señales de tránsito? ¿Por qué esta inseguridad a todos los niveles? ¿Qué ya no se habla en las escuelas del amor a la patria?
 
Sólo un ejemplo para explicar esta cuestión: cuando éramos niños, las casas de Querétaro abrían sus puertas de par en par. Los zaguanes, soberbios o humildes, estaban abiertos desde temprano en la mañana, con las dos hojas vueltas hacia el interior. Los vecinos disfrutaban al pasar la frescura de los helechos, el verde trepar de las enredaderas con sus flores perfumadas; sus ojos podían apreciar los sillones de mimbre en primer plano, en seguida el patio, al fondo las habitaciones. Casas grandes o reducidas, vecindades o joyas virreinales, a todas se podía pasar por lo menos hasta la verja de hierro entre la entrada y el corredor.
 
Nuestras vecinas del Andador 16 de Septiembre, las señoras González, descendientes de hacendados españoles —quizá parientes en el siglo XVIII del Marqués de Urrutia y Arana— abrían cada día sus señoriales aunque pequeñas propiedades, que mantuvieron abiertas hasta hace unos diez años. Por cierto, no resisto la tentación de contarles sobre una de ellas, Tere González de Olivares, viuda con hijos varones, todos casados. Su nuera me contó que Doña Tere es amiga de vagabundos, pobres y locos. Algunos encuentran el camino a su casa, tocan el timbre y le piden lo que necesitan. Una vez un viejo solicitó un poco de comida, un platito de arroz. Tere lo hizo pasar y se encaminó a la cocina, regresó con el pedido y un vaso de agua. Entonces el hombre, entre sus problemas de lenguaje y la dificultad de articular ideas, la miró con picardía y dijo: Pero señora, usted se ve inteligente, ¿qué no mira que este arroz está pidiendo un huevito estrellado?
 
Doña Tere claudicó, ofreció disculpas y se fue de regreso a la cocina, a preparar el huevo.
Otra mujer, que viste la misma ropa durante meses, que duerme en los parques, no pide comida. Esa la obtiene de cualquier manera. Pide un poquito de perfume. Los hijos de doña Tere le compran a la mamá cosméticos franceses. Ella recibe a la pordiosera, va a su cuarto y trae el frasco de cristal, le rocía a su amiga con gusto. La vagabunda se retira feliz, se adueña de la calle, envuelta en una nube de Chanel No. 5.
 
Fin de la anécdota, regreso a la realidad.
 
Yo no creo que la honestidad esté ligada con la estabilidad financiera. Pobres ha habido siempre. Gente con más dinero, gente con problemas económicos, toda la historia. Ricos y miserables. En todos sentidos, pero de manera abierta en cuanto al dinero.
Hablar de pérdida de los valores es cantar una vieja canción. Todo el mundo se la sabe, pero no está de moda. Es más: quienes la tararean parecen personas de otra época, uno se desconecta un poco cuando ellos comienzan su melodía. A mí también me parece a veces que estas preocupaciones mías son producto de la edad.
 
Cuando tenía gloriosos dieciséis años, leí otra obra de Vargas Llosa, La tía Julia y el escribidor. Este entrañable personaje, Pedro Camacho, era autor de guiones para radio. Sus galanes tenían siempre lo que Camacho llamaba “La flor de la edad: la cincuentena”. Yo me moría de risa. El guionista estaba un poco chiflado, por eso se le ocurrían esas tonterías de considerar que un viejo de cincuenta años pudiera ser una persona en la plenitud de la vida. Ahora, yo no sé qué me pasa, que encuentro atractivos, interesantes, valiosos, profundos, simpáticos y maravillosos a hombres y mujeres de cincuenta años. Curioso, este cambio de mentalidad.
 
El caso es que con mi transformación de paradigmas, estoy pensando cada vez con más frecuencia que en algunos sentidos el tiempo pasado fue mejor. No quiero volver a la sumisión de las mujeres, el machismo violento, el silencio de los inocentes. Que se dé voz a quienes no la tienen, de acuerdo. Que haya libertad de pensamiento, palabra y obra. Que haya justicia. Pero que el proceso de justicia para todos pase en forma obligada por el respeto para todos.
 
No creo que antes las personas respetaran las propiedades ajenas sólo por temor a la cárcel, al infierno o al patrón. Creo que en verdad seguían una voz interior que les llevaba a no afectar al prójimo. Había este concepto: el prójimo. No hagas a los demás lo que no quieras… en fin, los refranes, adagios y normas que ustedes conocen bien.
 
¿Cómo resolver este problema? En mi opinión, las cerraduras, armas y cercas altas no son la solución. A la gente la asaltan por la puerta del frente. La matan con sus propias pistolas. El asunto es complejo e incluye por supuesto la pobreza, pero están de por medio las adicciones, el abandono de menores, la desintegración de las familias, la falta de profesores con verdadera vocación, el crecimiento desaforado de las ciudades.
 
Sin embargo, creo que se puede ganar la guerra, batalla por batalla.
 
Lo primero es poner el tema de la honestidad en la mente de los jóvenes. Un primera aproximación podría ser trabajar en proyectos escolares que los niños realicen durante las tardes o los fines de semana. Desde primaria, pueden realizar actividades de observación y reportes del cuidado o maltrato de las zonas cercanas a su casa o escuela: grafiti en las paredes, daño a teléfonos públicos, robo de plantas. Luego, podrían hacer pruebas y experimentos para estimar el nivel de honestidad de sus vecinos y compañeros de escuela. Esto puede incluir dejar sus cosas “olvidadas” en una banca, de la manera que alguna vez lo reportó el Readers’ Digest, abrir las puertas de la casa por completo, estacionar un coche con los vidrios abajo. Esperar cierto tiempo, y observar, registrar, comparar resultados. (Incluso se podría pensar en poner cámaras de video ocultas –hay algunas muy baratas, miles de familias tienen, a los niños les encantaría esconderlas– según las posibilidades de cada quien).
 
Analizar causas y efectos en debates en clase. Hablar del asunto a profundidad. Invitar a oradores (hay muchos abuelos desocupados) a que den conferencias gratuitas sobre estos temas. Hacer que las familias de los estudiantes, poco a poco, vayan relajando sus mecanismos de protección contra robos y confiando más en los demás. Volver a hacer de los vecindarios una casa abierta.
 
Lo que propongo se puede hacer con cuadernos y lápices.
 
Imaginen un programa así de sencillo, nada sofisticado, para los millones de niños en edad escolar y los millones de familias de esos niños.
 
Claro que al principio este cambio cuesta mucho trabajo. Dirán los demás que con esa mentalidad, te van a robar y tú tienes la culpa, por confiado.
 
Yo he tenido esta política de puertas abiertas, de dejar mis cosas en mi escritorio a la vista de todos, o el coche abierto y estacionado en la calle. He sufrido un par de robos pequeños, claro está. No por eso me siento una idiota. Creo que puse mi granito de arena con el solo hecho de relajar nuestro rígido sistema de seguridad y desconfianza en los demás.
Abril 4, 2007