Vivir en casa ajena
 
Por años compramos Eduardo y yo boletos para la rifa del Tec. Yo los compraba por el compromiso y la gratitud que siento hacia mi amada escuela. Sin embargo, visitábamos las casas en Guadalajara y no podíamos menos que compartir la emoción de los niños que ya estaban discutiendo de quién sería esa recámara o qué días podrían invitar amigos a nadar, y qué haríamos sus padres para ganarnos la vida, porque la casa nos haría vivir en otra ciudad, cerca de su familia paterna. Luego, platicando con personas que trabajaban en los sorteos, me enteré que hay una lista de personas dispuestas a comprar la casa con todo lo que contiene: coches, muebles, obras de arte, aparatos y ropa de cama, vajilla, mantelería y un largo etcétera.
 
En ese tiempo yo pensaba que era un absurdo tener el dinero para adquirir una casona nuevecita y espléndida, y no tener la disposición de ánimo para escoger los colores de las paredes, el cuadro del comedor y hasta las mismas cucharas. Porque esos compradores lo único que llevan son sus maletas y documentos personales, si acaso algunas cajas con fotografías y recuerdos. Yo me sentía llena de energía, y ya que soñaba con esa mansión, pues de una vez soñar también con hacer las compras para equiparla y amueblarla.
 
Ahora en California hemos tenido dos experiencias que me han hecho recordar las casas amuebladas del Tec.
 
Las circunstancias nos han hecho rentar una casa amueblada. Todo lo que usamos cada día pertenece a la familia Kelley, que dedica todo el año 2007 a un proyecto de desarrollo en Sudáfrica. Ellos son miembros de la iglesia Covenant de Montecito, y su compromiso con las mejores causas les hizo dejar sus trabajos, alejarse de Santa Bárbara y participar con su talento y entrega al otro lado del mundo, en un organismo llamado Fuente de Esperanza.
 
Al recibir su casa vivimos una experiencia muy curiosa: al irse ellos, dejaron todo funcionando, pues hacía un rato apenas habían usado por última vez sus cosas. Recibimos también su despensa, los jabones y la escoba. Es decir, guardaron su ropa y objetos muy personales en el desván —al que no tenemos acceso— pero la casa entera, con todo y sótano, está a nuestra disposición. Me encuentro cada día cocinando en su estufa, usando sus toallas, durmiendo en su cama y leyendo sus libros. Así, voy recreando sus personalidades, gustos, intereses y actitud ante la vida.
 
Cuando llegamos, hablamos con ellos durante media hora sobre la casa: la manera de hacer los pagos de la renta y los servicios, dónde está cada aparato y cómo funciona, qué días se prende el sistema de riego. No tuvimos ocasión de hacer amistad. Ellos tenían prisa de irse y nosotros de llegar. Recibimos las llaves y comenzamos una nueva vida. Sin embargo, debo confesarles que me gusta la casa. Yo no estoy enamorada de África, jamás he ido, pero disfruto las máscaras y canastos traídos de ese continente que adornan la cocina. Cuando enjuago los platos, me acompañan una jirafa y un leopardo diminutos que están sentados sobre un entrepaño de burda madera lleno de curiosidades, entre los gabinetes y el techo.
 
A los lados de la chimenea de la sala, hay fotos de niños sudafricanos, sentados en un cuarto pobre con techo de lámina, que admiran diamantes del tamaño de un cubo de hielo. Uno de ellos es igualito a Memín Pinguín. En la recámara principal hay un viejo mapa de Italia impreso en tela, enmarcado con dos tarjetas postales fechadas en ese país, en tiempos de esperanza para el mundo: 1949. Me imagino que tendrán relación con la historia de sus familias. Bebemos en tazas de Inglaterra, comemos en platos de Francia. No es una vajilla elegante y soberbia, hay varios platos sobrantes de diferentes juegos, pero tienen en común el buen gusto, te sientes bien sirviendo tu comida en su cerámica.
 
Hay muchos muebles de madera sólida y de muchos años de uso; un piano y un reloj de péndulo que debe de tener por lo menos cincuenta años. Todo tiene la pátina del tiempo compartido con los objetos. Se siente que cada uno fue elegido o recibido como herencia. Muchos son recuerdos de viajes, es decir, de momentos de cansancio feliz y ojos llenos de imágenes sorprendentes. La cocina es lo mejor de la casa, enorme y acogedora. Cuando recién llegamos, un día estaba sentada a la mesa, tomando café y concentrada en el periódico; alcé los ojos y vi a mi marido haciendo algo en el mueble con cubierta de mármol que ocupa el centro del espacio. Estaba él; sobre su cabeza sartenes colgados, sobre los sartenes un entrepaño viejo con canastas de mimbre. Esa visión me llamó la atención, pensé por un instante: ¿qué está haciendo Eduardo en medio de una película gringa?
 
Los libros de esta casa denotan una pasión por el alpinismo y deportes al aire libre. Hay algunos dedicados a remotas islas, diccionarios de otros idiomas.
 
Eduardo buscó en Google y encontró muchas páginas que van armando la vida de ellos, con sus triunfos y la manifestación de diversos intereses. Este hombre, Kalon Kelley, estudió en Harvard, se doctoró en UCLA, y se dedica al diseño de software, es corredor y ha ganado premios deportivos. Escribe columnas en revistas y también ensayos donde analiza asuntos teológicos particularmente complejos, algunos de los cuales enfrentan la posición de su pastor. Forma parte de organismos civiles que protegen el patrimonio urbano de Santa Bárbara, su ciudad natal, y trabaja también a favor de la democracia, en grupos que cuestionan al gobierno federal, se oponen a la política de Bush, pretenden que se destituya y están por completo en contra de la guerra.
 
Cuando los conocimos nos presentaron al hijo mayor de Ruth, un hombre de 25 años. Luego vino su hija de 24. Ellos dos viven ya en forma independiente en esta ciudad. Pero la pareja tiene además dos niñitos, de 4 y 5 años. No sé si han estado casados por mucho tiempo, todo parece indicar que ella tuvo a los dos primeros en su adolescencia, y que el matrimonio con Kelley es reciente. No sé la edad de ella. Es tan jovial que los dos chiquitos podrían ser sus únicos hijos, parece de treinta y tantos. Él es delgado, curtido por el sol; cuando lo conocimos pensé que tendría unos cuarenta. Según las páginas de internet, que lo ubican en deportes por categoría de edad, y son de diversas fuentes, ahora tiene 67.
 
¿Cómo es que hay seres tan vitales, con tanta energía, que les alcanza para tanto? Me quito el sombrero ante dos personas que en el segundo capítulo de la vida asumen nuevos compromisos y tienen hijos de nueva cuenta. Sus correrías se pueden consultar en: kelleys-in-south-africa.blogspot.com
 
Mientras ellos regresan, nosotros seguiremos cuidando de sus cosas, podando el césped y disfrutando el patio donde hay un letrero de cerámica de Talavera en español: “Mi casa es su casa”.
 
La otra experiencia la tuvimos el fin de semana pasado. Tenemos un amigo canadiense que vino de vacaciones a Los Ángeles y nos invitó a pasar el fin de semana con él. La forma en que llegó a vivir en la casa a la que llegamos de visita es muy peculiar.
 
Resulta que tiene una amiga en Canadá que es la única heredera de unos tíos lejanos, los dueños de la casa. Ellos acaban de morir, primero él y un par de meses después ella, precisamente en esa casa. No tenían hijos, y la lejana sobrina fue la que heredó todo. Casa, muebles, dos coches, el cereal de la despensa. La sobrina no tiene ni tiempo ni deseo de dejar sus ocupaciones en Canadá, y está tratando de vender la casa. Pero, como le preocupaba que estuviera evidentemente vacía tanto tiempo, le pidió a nuestro amigo que viniera a pasar las vacaciones acá, para que también le echara un ojo al trabajo de limpieza y jardinería, que mantuviera atractiva la casa para los posibles compradores.
 
De forma que llegamos a dormir un par de noches en un hogar cuyos dueños han partido en forma definitiva. Es muy curioso estar inmersos en una casa llena de muebles y objetos de personas que nunca conocimos. No hay en ninguna parte fotos de ellos. No sabemos cómo lucían. Quizá los agentes de bienes raíces las quitan para no distraer (asustar) a los posibles clientes. Sobre el tocador de la recámara hay una fila de estuches que tienen todavía los lentes de los difuntos. Supongo que los anteojos no van al crematorio. Había también un alhajero, vacío excepto por una perla suelta que rueda un poco sobre el terciopelo rojo cuando uno abre o cierra el cajón.
 
De vez en cuando, al comentar la decoración de la casa mientras mis hijos nadaban en la alberca, no podíamos menos que interrumpir la plática y en la pausa pedir una apresurada disculpa a los dueños —si es que nos estaban viendo desde el más allá, mientras consumíamos una botella de tinto de su cava— por criticar tal o cual adorno.
 
Evidentemente les encantaba China, y mucha de la decoración era del Lejano Oriente. Como mis gustos en decoración van más por el lado de la sobriedad inglesa, tipo Queen Anne, los ornamentos chinos me parecían excesivos. Al contemplar algunos, nos preguntábamos cuánto cuidado y tiempo de decisión les habría tomado escogerlos en algún mercado lejano, y cuántos dólares habrán pagado por ellos, para que ahora la sobrina los venda, casi regale, desde la lejanía de otro país, a quien quiera librarla de tanto trique. No puede uno menos que pensar en la sensatez de poseer demasiadas cosas, que no podrás llevarte contigo.
 
Lo que la señora sí se va a llevar consigo es su perro. Sobre la mesa de la entrada está una pequeña caja de cartón con una etiqueta que estipula que son las cenizas del perro, Rambo, y una foto del animalito. La señora dejó instrucciones de que las cenizas del perrito se mezclen con las suyas.
 
Dice Eduardo, que tiene una imaginación influida por la ciencia ficción y el horror, que ojalá que los encargados de la resurrección de los muertos hagan bien su trabajo, porque si no, podríamos encontrarnos en el más allá a una señora mitad perro, como en La Mosca. Yo le digo que por eso tiene pesadillas en la noche, y yo no.
 
Pese a este entrenamiento en vivir, por vez primera en mi vida, en casas amuebladas, creo que si alguna vez tuviera el dinero, de todas formas no compraría la casa del Tec. Sus muebles fueron comprados por decoradores como parte de su trabajo, no fueron comprados para su vida familiar con amor. Me he acostumbrado a los muebles impregnados de vidas ajenas, así sean vidas de fantasmas.
Mayo 31, 2007