Uno sale de su casa, de su tierra, movido por la natural curiosidad de vivir otras vidas: dice Vargas Llosa que el hombre es el único animal al que se le ha dado el perverso destino de tener una sola existencia y desear cien distintas. Desde esa óptica, se vive con mayor intensidad si uno se trasplanta de vez en cuando, buscando enraizar de nuevo, esta vez en una tierra que tenga los suficientes nutrientes para la felicidad, en compañía de otros que piensen de manera semejante, que den flores parecidas, y así formar un jardín entre todos, para delicia de hombres y mujeres, para hacer más amable este paso por el mundo.
Eso hemos encontrado en California: una tierra amada, con humus rico formado de historia, tradiciones y leyendas. Por aquí pasó Junípero Serra. Nuestra casa está a unos pasos del Camino Real, que iniciaba en la Ciudad de México, capital del Virreinato de la Nueva España, y terminaba en San Francisco. La playa tiene lugares de verdad entrañables. A veces la niebla se vuelve un abrigo blanco, vaporoso, que envuelve casas y parques y nos hace sentir protagonistas de una película, de tan irreal que es la atmósfera, de tanta bruma.
Sin embargo, el alma vuelve a la casa paterna, a la nostalgia de los hermanos que son los mejores amigos y de los amigos que son como hermanos. De cuando en cuando daría lo que fuera por estar allá. Por abrazar a quienes han compartido su mesa y sus sueños con nosotros. Sentirlos cerca, mirar sus ojos, decirles lo mucho que significan para mí, recordarles que estoy con ellos en sus alegrías pero sobre todo en la tristeza.
Como el dolor cada vez más frecuente, cada día presente, de perder a los padres.
Hemos llegado ya al momento generacional de quedarnos solos. Unos amigos me escriben para comentar que otros compañeros de viaje se han quedado huérfanos.
Terrible palabra es ésta, que conjura sentimientos de abandono y desasosiego, de búsqueda infructuosa, de soledad y pérdida, de pobreza en el espíritu. Los días se llenan de melancolía, el corazón da tumbos buscando un asidero, porque no queremos asumir la responsabilidad de estar al frente del ejército humano. De tener ahora la estafeta en la mano, de ser los grandes, los mayores, la gente de respeto. Porque estamos perdiendo la muralla protectora de nuestros padres, que nos resguardaban de todos los peligros.
Entre los textos dedicados a la vida y la muerte, tengo algunos que quiero compartir con ustedes: mi regalo de palabras, mi sentimiento, mejor expresado por los sabios de nuestro idioma. Don Jorge Manrique (1440-1479) fue hijo de don Rodrigo Manrique, Conde de Paredes. Un soldado valiente, un poeta que quería atrapar en su pluma la sangre que manaba su corazón al ver que se extinguía la vida de su padre tan amado:
Nuestras vidas son los ríos
que van a dar a la mar
que es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos,
allegados son iguales,
los que viven por sus manos
y los ricos.
Donde vivimos no hay grandes ríos. Aquí la naturaleza carece del ímpetu acuático del Norte, donde los ríos descienden de las montañas con tal fuerza que ofrece retos a los deportistas, seres osados que enfrentan los rápidos en balsas donde exponen la vida, donde sienten en cada embate la adrenalina que les da el peligro. Aquí lo que hay son arroyos, secos la mayor parte del año, pero siempre listos para enfrentar la temporada de lluvias, encauzar sus aguas y llevarlas al mar, en una corriente mansa, de olas suaves.
Sin embargo, ríos humanos sí que los hay. Ríos de gran caudal, caudalosos y acaudalados. Dueños del dinero y del poder, ríos que llevaron buques de gran calado, potentes vías fluviales que comunicaron países y regiones, que trasladaron productos en barcos de todos tamaños y esloras; ríos que alimentaron plantas generadoras de energía, y que han llegado a esta ciudad bendecida por el sol para vivir sus últimos años. También hay quienes viven por sus manos: los miles de trabajadores de piel tostada, de gran fuerza física; humildes y persistentes, peones del campo y jardineros de visión artística. Gente buena, mis paisanos, manos que limpian y arreglan, ojos que buscan una colina desde la cual transcurrir sus días como el agua que escurre hasta la eternidad del océano.
Pedro Calderón de la Barca, una de las máximas figuras del siglo de oro, el diecisiete, pone en una de sus obras de teatro estas palabras en soliloquio:
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.
Para recordarnos, si acaso lo necesitamos, que esa porción de tiempo que nos ha dado la historia no es quizá más que un bostezo, una minúscula película que se proyecta tras de los ojos; que al despertar volveremos a ser una brizna flotando en el viento. Algunas personas nos recordarán y, si tenemos suerte, niños del futuro llevarán nuestros nombres, quizá sin saberlo. Otros seres, menos afortunados, yacerán en el fondo del olvido. Dice Pablo Neruda (1904-1973) en el libro Residencia en la tierra:
Hay cementerios solos,
tumbas llenas de huesos sin sonido,
el corazón pasando un túnel
oscuro, oscuro, oscuro,
como un naufragio hacia adentro nos morimos,
como ahogarnos en el corazón,
como irnos cayendo desde la piel al alma.
Estos versos son la síntesis de la angustia existencial. Lo que sentimos quizá por instantes, minutos extraviados a mitad de la noche, que sin embargo se quedan resonando, como una canción nostálgica, en la trastienda de la mente, en ese lugar que nos acoge para confortarnos, donde somos más humanos que nunca.
Mario Benedetti, uruguayo, fue el escritor de mi adolescencia. Sus poemas marcaron mis tardes y las de muchos compañeros míos de generación. Ha publicado ochenta libros. Es un narrador espléndido, pero mejor poeta. He leído estas líneas cada tantos años, y he ido pasando de una estrofa a otra conforme vivo y maduro:
Pasatiempo
Cuando éramos niños
los viejos tenían como treinta
un charco era un océano
la muerte lisa y llana
no existía.
Luego cuando muchachos
los viejos eran gente de cuarenta
un estanque un océano
la muerte solamente
una palabra.
Ya cuando nos casamos
los ancianos estaban en cincuenta
un lago era un océano
la muerte era la muerte
de los otros.
Ahora veteranos
ya le dimos alcance a la verdad
el océano es por fin el océano
pero la muerte empieza a ser
la nuestra.
El último escogido para esta antología de domingo es Jaime Sabines, nacido en Tuxtla Gutiérrez en 1926, hijo de un libanés que al morir dejó en su hijo una tristeza tal, que sólo se puede expresar con poemas:
Algo sobre la muerte del Mayor Sabines
Tú eres el tronco invulnerable y nosotros las ramas,
por eso es que este hachazo nos sacude.
Nunca frente a tu muerte nos paramos
a pensar en la muerte,
ni te hemos visto nunca sino como la fuerza y la alegría.
Te fuiste no sé a dónde.
Te espera tu cuarto.
Mi mamá, Juan y Jorge
te estamos esperando.
Nos han dado abrazos
de condolencia, y recibimos
cartas, telegramas, noticias
de que te enterramos,
pero tu nieta más pequeña
te busca en el cuarto,
y todos, sin decirlo,
te estamos esperando.
Como todos ustedes saben, yo tengo la dicha, la enorme fortuna de que Toño y Celia, mis padres amadísimos, están bien y sanos, dentro de las coordenadas de su edad. Son todavía jóvenes, viven felices y están enamorados. Se rodean de innumerables amigos, viajan y hacen planes, trabajan y ganan el pan de cada día, que comparten con generosidad con sus hijos y nietos, así como con decenas de personas que como yo los admiran y los aman. No hay mayor tesoro en este mundo. No hay dicha más grande. Sin embargo, sé que es inevitable que mis hermanos y yo nos volvamos viejos, y que algún día enfrentaremos el dolor. Por ahora, mi sentimiento está unido al de mis amigos. Para ustedes, un abrazo solidario, una palabra que les dé fuerza, un par de coplas viejas.