…in San Francisco. Hace un mes que visitamos esta ciudad fascinante, de escalofriante belleza. Todas las metrópolis son contrastantes, ofrecen rostros distintos, de los suburbios exclusivos a los barrios bajos, del centro acogedor a las peligrosas orillas. Pero San Francisco tiene un encanto tan profundo y seductor que atrapa los sentidos y se cuela en el alma por los intersticios de los ojos, su ritmo se vuelve latidos del corazón, se mete en el espíritu y ahí se queda por un largo tiempo.
En San Francisco el mar y la tierra se abrazan con furor. Son como esas parejas turbulentas, de amores borrascosos, que ocasionan cataclismos cuando se acercan, y dejan a los demás exhaustos luego de contemplar ese acercamiento rabioso. Aquí los elementos de la naturaleza tienen toda la libertad de expresión que muchos humanos quisieran para su propia voz. El viento es helado, la niebla densa, la lluvia mansa, que se convierte en llovizna, minúsculas gotas suspendidas en el aire que lavan las calles y empapan la ropa. La brisa marina sopla entre los callejones y hace que los parques se mantengan verdes hasta lo imposible.
Quizá sea también el peculiar sentido de la historia. Sus construcciones rinden tributo a quienes han hecho posible este paisaje urbano a través de siglo y medio. Por una parte están las casas victorianas de colores pastel, con balaustradas de madera, coquetos balcones, techos de dos aguas con tejas, y jardines preciosos. Por otra, los impresionantes edificios de pesado mármol que alojan a los bancos que fueron fundados o fortalecidos en sus arcas gracias al oro. Oro milagroso, brillante, cuyo magnetismo atrajo a gambusinos, geólogos, aventureros, comerciantes y esclavos del trabajo, llegados de todos los confines del planeta. Los cientos de miles de chinos que entregaron su sangre y su labor, construyeron el más grande espacio urbano para su propia comunidad entre todos los que levantaron por el mundo. Así, el Chinatown de San Francisco es el barrio oriental más grande fuera del Lejano Oriente.
Dicen que las primeras pepitas aparecieron a flor de ríos y cuevas una semana después de haber signado el Tratado de Guadalupe Hidalgo. Este documento, firmado entre mi país y los Estados Unidos, en 1848, puso fin a la guerra de la intervención estadounidense y para ello México cedió la mitad de su territorio: casi 2.4 millones de kilómetros cuadrados. Es decir, la totalidad de California, Arizona, Nevada, Utah y parte de Colorado, Nuevo México y Wyoming.
Para entonces Don Manuel de la Peña y Peña, que había sido presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, recibió la investidura de Presidente de México, en la ciudad de Toluca, el 27 de septiembre de 1847.
Don Manuel era queretano. Me imagino que mi paisano sufrió las terribles madrugadas del otoño en Toluca, al pie del volcán siempre coronado de nieve, y se dijo: ni de loco me espero al invierno. Así que se llevó su gobierno itinerante a su patria chica, donde debió de tener un grupo de amigos que le dio la bienvenida y le preparó todo para sus encuentros con los diplomáticos mexicanos comisionados de paz, que tuvieron conversaciones con Trist, norteamericano, aunque éste había sido destituido por el gobierno de Washington, que puso en su lugar a Scott.
Don Manuel y sus compañeros valerosamente conservaron la Baja California y la unieron a través de un puente de tierra a Sonora. El contenido del documento final se notificó al Presidente Polk el 19 de febrero de 1848, quien lo envió al Congreso norteamericano que lo aprobó en marzo. De la Peña reunió por su parte al Congreso mexicano en Querétaro. Don Luis de la Rosa, que era un “supersecretario”, titular de los únicos cuatro ministerios existentes, le presentó a los congresistas una “Exposición” realista, patriótica, que convenció a los diputados a favor del tratado de paz, aunque muchos de ellos pretendían continuar la guerra.
Muy poco se sabe de este paisano nuestro cuya casa es un espacio constreñido, lúgubre, sediento de sol y de alegría. Le falta un patio grande, un montón de habitaciones. Quizá fue dividido y subdividido a lo largo de un siglo, hasta que el gobernador Camacho Guzmán, a quien el pueblo terminó por cobrarle aprecio y admiración, rescató este inmueble en la década de 1980 y lo dedicó a funciones oficiales. Una parte trasera, tengo entendido, es la Galería Libertad.
¿Qué fue de los muebles y salones donde se hicieron estas deliberaciones, se celebraron encuentros y se firmaron documentos? ¿Por qué no los cuidamos, los catalogamos, los exhibimos y llevamos a los escolares a verlos para que aprendan historia? ¿Dónde están las placas que testimonian estos acontecimientos? Yo no sé. Lo que me pasa es que todo el santo día pienso en Leonor, que es historiadora, vive en la calle Hidalgo y trabaja en el Patio Barroco. Leonor es la protagonista de la novela que estoy escribiendo, y su influencia en mí hace que me pregunte todo esto.
Estábamos en San Francisco, en 1849, resplandeciente joya de las recientes posesiones de Washington. La belleza de la costa, los escarpados riscos, el vuelo de las gaviotas, debieron haber hechizado a muchos de estos extranjeros que decidieron buscar aquí un futuro para su familia.
Nuestro hotel se encuentra entre las calles Bush y Grant, a unos metros del arco de madera que representa enormes dragones verdes y da la bienvenida a Chinatown. A nuestra izquierda, una iglesia, Notre Dame, ofrece misas en francés. El consulado de Francia, el Goethe Institute, son nuestros vecinos. Caminamos y caminamos, hasta el muelle, donde hay un acuario fantástico y un espléndido conjunto de tiendas y restaurantes para turistas. Todo mundo toma clam chowder (crema de almejas) en el cuenco de panes redondos que hacen las veces de plato y también se comen. Frente al malecón está la vieja fábrica de pan ácido, sin levadura, cuya masa se levanta al hornearse gracias a una generosa porción de la masa del día anterior.
El centro de la ciudad tiene un área dedicada a las compras de alto nivel, alrededor de la Union Square, que fue construida en 1847 y rediseñada en 2002 con piso de granito y espacios para el arte. El espacio y la atención de los clientes son disputados por los escaparates de Saks Fifth Avenue, Macy’s, Nordstrom, Zara, Banana Republic y tiendas pequeñas de Gucci, Armani, Hermès y otras firmas carísimas. Entre ellas, encontramos al atlas de bronce que sostiene al tiempo, símbolo de Tiffany’s. Dice su página web que esta zona comercial es la tercera en magnitud en los Estados Unidos, lo que es mucho decir para un país que dedica tanto dinero y talento a comprar y vender.
Pues bien: salimos de esta área elegante y tentadora, y nos vamos caminando por el distrito financiero. Es viernes por la tarde y las oficinas tienen las puertas cerradas, las ventanas oscuras. No hay ejecutivos de camisas almidonadas y mancuernillas con piedras preciosas debajo del casimir. Todos se han ido a casa o a cenar a alguno de estos lujosos restaurantes donde una comida para dos cuesta por lo menos cien dólares. En esos lugares, preciosas chicas dan la bienvenida a los comensales, los pianistas se preparan frente a su instrumento, los meseros se calzan los zapatos que les permitirán desplazarse toda la noche entre mesas de largos manteles.
Aquí en la calle, un músico negro, esbelto y viejo, saca un saxofón de su estuche, que coloca en el piso para recolectar dinero, y con su poderoso aliento arranca notas melancólicas de su instrumento. El espíritu del jazz se apodera de la noche y entonces aparecen los fantasmas. Son de carne y hueso, se ven demacrados y pobres, visten ropas descuidadas y sucias. Son los vagabundos que se vienen a instalar en sus albergues y rincones para dormir. Otros caminan con botellas de licor en la mano. Un grupo discute en la acera de enfrente, con aspavientos. Nosotros caminamos como si fuéramos invisibles, como si no nos diéramos cuenta de su estado. Yo siento un poco de miedo pero voy entre dos hombres. Pasamos a un lado de edificios enormes de piedra con entradas de cristal entre jardines y fuentes, con placas que los definen como instituciones financieras. En las oficinas de las plantas altas, en pisos impresionantes que parecen neoyorkinos, se manejan las fortunas de los muy privilegiados. En el vestíbulo de la calle, se acuestan sobre cartones los que no tienen nada.
Estos vecindarios afortunados se mezclan con zonas que en otro momento fueron prósperas, pero que ahora se duelen del deterioro de sus edificios. Deben de ser departamentos y locales de renta congelada, ese cáncer que comenzó como un proyecto reivindicatorio y terminó por corroer el corazón de tantas ciudades grandes. Las fachadas tienen la pintura desleída, hay ropa colgando de los balcones de los pisos superiores, y a nivel de la acera, licorerías baratas. Pasamos por la zona de los baños públicos. Letreros que anuncian: sauna, vapor, como inocentes servicios para la gente, fueron el centro del gran contagio a mitad de la década de los ochentas. Eduardo me señala los nombres: se volvieron tristemente célebres como lugares de transmisión y difusión de la peste contemporánea, el sida mortal que apenas había sido descubierto en aquel tiempo, cuando cobró la vida de miles de jóvenes, talentos creativos, personas inteligentes que sucumbieron a las tentaciones. Ni uno solo, de los contagiados entonces, esta vivo hoy en día.
Un hombre en muletas avanza hacia nosotros. No ha de tener más de treinta y cinco años. Ha perdido toda la consistencia de los músculos, es todo huesos y piel. Me mira con ojos de sabiduría profunda, son dos pozos oscuros. Está esperando la muerte, eso está claro. Lo veo, nos sonreímos. Tiene lindos dientes. Una chispa de inteligencia se conserva en su mirada. Probablemente fue un filósofo, un poeta. Ahora se parece al personaje de Ed Harris en The Hours/Las horas. Es escalofriante. Siguen llegando los vagabundos. Son cientos. Dice Víctor que de ellos se trata la película In pursuit of Happyness, con Will Smith. No la hemos visto todavía, aunque el actor vino a Santa Bárbara a recoger un premio en el Festival de Cine.
Vamos al Golden Gate, por supuesto. El parque adyacente al famoso puente es maravilloso, uno de los más bellos que yo haya visto. Los franciscanos corren bajo la lluvia, en shorts ligeritos y playeras sin mangas. Ellos saben que es primavera por el calendario, así que salen a correr como si nada. Para mí hace un frío terrible. La voz del guía del audiocassette en el crucero por la bahía nos dijo que Mark Twain declaró: “El invierno más frío que he vivido ha sido un verano en San Francisco”. Por cierto, muy cerca de aquí está la misión dedicada a este santo italiano, fundador de la Orden a la cual pertenecían los varones aventureros constructores y rezanderos que hicieron posibles las prodigiosas misiones, a las que hermanaremos con sus pares de la Sierra Gorda. Esta misión es uno de los edificios más viejos, del siglo dieciocho. Junto a ella, el Templo de Dolores. Cerca de ambas, el barrio gay.
La calle Castro tiene cientos de negocios que ostentan el arcoiris de las diversas orientaciones sexuales que aquí adoptan los seres humanos. Todos son bienvenidos. Particularmente las parejas hombre-hombre que adornan los espectaculares y anuncios de bancos, servicios de abogados, bienes raíces y academias. Como las fotos de las familias felices en nuestras ciudades, aquí aparecen los retratos de dos señores guapos y de semblante sano, abrazados, anunciando los servicios hipotecarios de una institución financiera. Cuadras y cuadras de este vecindario donde viven, si no en la felicidad total, por lo menos en la aceptación total, estas nuevas versiones de la familia.
La noche cae en la densa niebla. Los edificios se desdibujan, el blanco manto los cubre y yo pienso en los ejecutivos jóvenes que habitan esos pisos altísimos cuyas ventanas tienen cortinas espesas de niebla, que no les permite ver nada, ni la hermosa bahía ni las luces de la ciudad. Nosotros seguimos subiendo y bajando las colinas, las piernas ni se sienten de tan cansadas. La cara se hincha y enrojece con el esfuerzo. El corazón es una máquina que va a endiablada velocidad. Luego, viene la paz. Comemos deliciosa comida china. Yo escucho en mi mente las letras de la legendaria canción de los hippies, de hace cuarenta años: If you're going to San Francisco / Be sure to wear some flowers in your hair / If you're going to San Francisco /You're gonna meet some gentle people there.
Esa melodía hablaba de una extraña vibración: la de gente en movimiento, una nueva generación, con una nueva explicación.
People in motion. Eso somos los visitantes aquí. El ritmo de la fantasmal ciudad nos atrapa en su movimiento.
Al filo de la medianoche, trato de dormir entre los sonidos que llegan de la calle; alguien rompe vidrios allá abajo. No quiero ni asomarme a ver. Cuando hay silencio, el aire se llena del sonido de la trompeta del músico que crea jazz para alegrar la vida de los citadinos y la visita de los extraños. Su cadencia nostálgica, curiosamente, es lo que da sentido a su propia vida.