Enamorado de la vida
 
En Santa Bárbara se realizan docenas de congresos y convenciones cada año. Muchos de ellos dedicados al arte: durante el verano, la Music Academy of the West ofrece unas sesenta funciones para el público, que van desde clases magistrales para cantantes o instrumentistas, hasta un concierto para varios miles en el Santa Barbara Bowl. Este año, 2007, el gran evento fue dirigido por John Williams. Vienen músicos de todas partes a practicar, trasmitir sus conocimientos, encontrarse con amigos y personal de las casas grabadoras, o maestros cuyo trabajo los lleva por el mundo y aquí pueden los jóvenes tener oportunidad de acercarse a ellos. Esto ha ocurrido, sin falta, desde hace sesenta años.
Hace una semana concluyó la 35ª versión de un Congreso de Escritores que se realiza en forma anual. Y cada año, desde el inicio, un hombre enamorado de la vida, de corazón joven y actitudes de galán, lleno de emociones y ganas de compartirlas, ofrece la conferencia más importante. Se llama Ray Bradbury. Es conocido en todo el mundo por Fahrenheit 451, una novela futurista. Su presencia llama a muchos otros autores, algunos verdaderas estrellas en el universo comercial de los libros, que venden por carretadas y son alabados por Oprah o por los suplementos de los grandes periódicos.
Bradbury creyó en este proyecto desde la primera vez, cuando una pareja de Santa Bárbara, Barnaby y Mary Conrad, lo invitó a venir para que pudiera trasmitir sus conocimientos de literatura, del proceso creativo, de esa magia que le lleva a ser productivo, a conservarse lleno de energía, entusiasmado ante cada texto, encantado ante la perspectiva de participar en nuevas películas, de presentar libros que acaba de escribir.
El gran escritor tiene 87 años, ha publicado 35 libros, ha adaptado 65 de sus obras para cine, televisión y teatro, así como otras grandes piezas literarias, como Moby Dick. Su vida es una inspiración: cada mañana se sienta frente a su máquina y para el mediodía ya tiene el esbozo de un cuento, una poesía terminada, un ensayo corto.
De una entrevista publicada en The Montecito Journal, les traduzco la pregunta más importante:
—¿Qué consejo daría usted a un escritor novel?
—Éste, y sígalo usted también: escriba sobre lo que ame, y ame lo que escriba.
Estamos hablando de un hombre que escribió sus primeros libros en un escritorio público, en una máquina de escribir que funcionaba con monedas. Luego, durante veinte años ganó treinta dólares a la semana (los cuentos de Crónicas marcianas le reportaron ganancias de veinte dólares por texto; cuando había escrito suficientes para armar una antología, su editor le sugirió publicar un libro con ellas, lo que al escritor no se le había ocurrido). Por ello, durante la primera parte de su vida, incluso cuando ya estaba casado, no pudo tener un automóvil. Después, compró uno para que la familia se pudiera transportar, pero fue su mujer la que aprendió a manejar. Bradbury dice que nosotras manejamos con más precaución que los hombres. El caso es que ella estuvo al frente del volante durante los años en que criaron a sus cuatro hijas, y luego lo llevó a sus compromisos. Estuvieron juntos sesenta años. Desde la muerte de ella, Bradbury tiene que pedir el favor a sus amigos o familiares que lo conduzcan a los lugares a donde quiere ir.
Este creador vivió muchos años ignorado. Dice que sus primeros libros no llamaron ninguna atención ni obtuvieron críticas. Que Crónicas marcianas logró un solo comentario, y por fortuna el analista declaró que Bradbury había escrito un libro magnífico, y luego presentó al autor de ciencia ficción con Aldous Huxley, quien le dijo emocionado: “Usted es un poeta”. Nadie más se interesó en el asunto. Cuando otro de sus libros, Dandelion Wine, se publicó en 1957, a la presentación en Santa Mónica asistieron diez personas.
Sin embargo, el autor declara: “Lo que las personas piensen no interfiere conmigo. Yo estoy enamorado de la vida. Nunca he tenido un día de depresión o duda. Cada día escribo lo que quiero, no lo que otros me dicen que debería hacer. Eso me ha mantenido feliz como escritor por más de sesenta años”.
Hablando de críticas, hace uno o dos años Carlos Fuentes presentó un libro en México. De inmediato, alguien publicó que el texto tenía fallas, que no era atractivo, que no estaba bien escrito. Entonces los periodistas malintencionados, contemplando la veta de una nota que destila veneno y por lo tanto se puede vender, magnificar y explotar a gusto, le preguntaron en la siguiente ocasión qué pensaba de las opiniones de Perenganito sobre su obra. Mi querido maestro contestó:
—Mire usted, yo he viajado por el mundo. Conozco calles, parques, bibliotecas, universidades, escuelas, centros de trabajo, editoriales, librerías y espacios públicos que llevan el nombre de un autor. No conozco ninguno que lleve el nombre de un crítico. (Esta declaración no es textual, la reproduzco de memoria).
 
Yo estoy en estos momentos enamorada de la literatura. Mi trabajo es analizarla, hablar sobre ella, hacer que mis estudiantes caigan en su hechizo. Mi otro trabajo es andar buscando las palabras, convencerlas de que formen parte de mis textos, pulirlas, sacarles brillo. Y tal como ocurre con el amor de pareja, o en el nacimiento de un hijo, podría pasar todo el santo día en ese asunto, feliz de la vida. Por fortuna, también tengo hijos y marido y por lo tanto tengo que preparar comida, ir al supermercado y todo lo demás, que si no, andaría alucinada, escribiendo en el teclado o en la mente en forma permanente, que no hay nada más delicioso, nada que se compare, ni siquiera las joyas o el dinero, como decía Sor Juana, cuando le pedían que regresara a ser dama de la corte:
 
En perseguirme, Mundo, ¿qué interesas?
¿En qué te ofendo, cuando sólo intento
poner bellezas en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?
Yo no estimo tesoros ni riquezas;
y así, siempre me causa más contento
poner riquezas en mi pensamiento
que no mi pensamiento en las riquezas.
 
Mi amiga Martha, a quien tanto quiero, me dijo que en mis cartas me sentía nostálgica de Querétaro. Es verdad: pero también es cierto que se trata de una nostalgia productiva, inspiradora, que yo aliento y busco, porque me ofrece motivos para escribir. No es la primera vez que salgo de mi ciudad por meses o años; eso ocurrió cuando yo tenía diecisiete.
 
Lejos de casa, uno puede sumergirse en la otra ciudad, el otro país, envolverse en su idioma, su cultura, su belleza, su forma de trabajar y enfrentar el clima, y dejar la vivencia de la casa anterior en un libro cerrado en el anaquel de la vida. Si tenemos un mueble en la cabeza lleno de libros, algunos de ellos con fotografías, otros con videos, música, voces, sensaciones, olores, emociones y sabores, podemos sacarlos y hojearlos y recrearlos cada vez que queramos.
 
Algunas personas dejan los libros de la infancia o la adolescencia, o el libro del amor, en un rincón alejado de la memoria inmediata porque detestan lo que ahí pasó, o les duele mucho. Otros deciden tener abierto sólo el libro del presente porque es el único que les ofrece seguridad. Los del pasado tienen pasajes escabrosos. A mí en este momento me funciona muy bien tener el libro de Querétaro abierto todo el tiempo. Estoy escribiendo sobre una historiadora que trabaja en el Patio Barroco. Puedo seguir a Leonor con la memoria, sin ninguna ayuda. La veo caminar, atravesar las calles, sentarse a tomar un café, y no requiero más que la película que tengo en la cabeza para ir casa por casa, esquina por esquina, recorriendo mi amada ciudad sin problemas.
 
Luego, dejo de escribir, levanto los ojos y me veo en una casa de madera construida en la década de 1940, rodeada de pinos y olivos, con muebles tipo inglés. Salgo a la calle y vivo otra ciudad. Esta es una estrategia de trabajo que funciona muy bien para algunos escritores, de todo el mundo, que viven en una ciudad y cuentan lo que pasa en otra.
 
Pienso por ejemplo en Salman Rushdie, que acaba de ser designado Caballero de la Orden Británica por la reina Elizabeth II. Este indio nacido en Bombay hace sesenta años ubica sus obras en la India, lugar que conoce bien, que lleva en el alma, sentimientos y vivencias que lo han puesto en peligro real de muerte por la amenaza que durante años se cernió sobre él, gracias a la “fatwa” decretada por el Ayatollah Khomeini, quien lo buscó para matarlo por el peligro que representaba para el Islam la publicación de sus Versos satánicos, su cuarto libro. Hoy en día, Rushdie es profesor de Emory University en Atlanta, Georgia. Dicen que lleva la vida de un académico normal.
 
Los grandes escritores del “boom” y las escritoras del “boomerang” han seguido esta receta. Guillermo Cabrera Infante, que se exiló en Inglaterra y esperó durante más de treinta años a que muriera Fidel para regresar a Cuba —lo que no ocurrió porque primero murió el escritor— tenía una biblioteca cuyas paredes estaban recubiertas con un tapiz que semejaba una piel de tigre (quizá inspiró Tres tristes tigres, su novela, o quizá al revés: la novela inspiró al tapiz). Un enorme mapa de Cuba estaba colgado frente a su máquina de escribir, una Smith-Corona eléctrica.
 
Isabel Allende, desde uno de los suburbios de San Francisco, escribió novelas como La hija de la Fortuna, Retrato en sepia e Inés de mi corazón, que se ubican en Chile. Y su novela más conocida, La casa de los espíritus, sobre la historia de su país en el siglo veinte, fue escrita en Caracas durante su exilio.
 
Carlos Fuentes, que ha vivido en México una mínima parte de su vida, pero que es el escritor mexicano más reconocido, vive lo mismo en Oxford que en Boston; ofrece sus clases o conferencias, y camina por calles heladas mientras lleva en la mente conversaciones imaginarias que se ubican en Veracruz, la ciudad de México o Cuernavaca. Quizá esos pensamientos le den calor; lo que Fuentes ha declarado es que en la capital mexicana, donde tiene su casa más valiosa, no puede trabajar. Son demasiadas las invitaciones, los compromisos, las actividades sociales. Necesita irse lejos, vivir sin ser reconocido, ser uno más de los profesores de una gran universidad. Estar en paz en su cubículo.
 
García Márquez salió de Colombia desde muy joven. Escribió Cien años… en México, y muchos libros caribeños en Barcelona. Antes había producido en París, Roma y Madrid. Los únicos cuentos suyos no ubicados en América Latina son los Doce cuentos peregrinos, magníficas recreaciones de experiencias propias o ajenas, de lo que le sucede a un latino en Europa.
 
Toda esta larga plática para contarles que estoy escribiendo con calma y felicidad, en un ritmo espléndido, porque todavía no necesito un mapa de Querétaro en la pared, o fotografías, grabaciones ni videos; lo traigo en el corazón, donde habitan seres humanos a quienes amo con todas mis fuerzas.
Julio 11, 2007