La lumbre en mis aparejos
 
En los árboles ardían
las ascuas de las naranjas,
y la huerta en lumbre viva
se doraba.
Los pavos reales eran
parientes del sol. La garza
empezaba a llamear
a cada paso que daba.
 
Alfonso Reyes, “Otra voz”, de Sol de Monterrey, 1936
 
El aire estaba inmerso en polvo de oro, como en un cuento de hadas. La luz era irreal y su condición de escenario teatral provocaba el sentimiento con el que anticipamos una puesta en escena. El sol, las primeras tardes, era una bola roja suspendida como una esfera de fuego tras su cortina de velos grises. Su condición de
astro ardiente cobraba fuerza porque podíamos verlo directamente, sin lentes especiales. El humo lo envolvía todo, haciendo que árboles y edificios perdieran la nitidez de sus formas. Nuestros ojos miraban asombrados aquel hermoso cielo, con una especie de nube del color de las madreperlas y el oriente del interior de su concha: gris con ribetes azules, y de nuevo ocre, encendida como una flor, espléndida en su gama de colores cálidos.
 
Habría sido un panorama precioso, un atardecer de sueño si este cielo cubriera el mar, a un par de millas. Pero este cielo estaba sobre las montañas en llamas.
 
Las montañas están detrás de mi vecindario.
 
Tuvimos miedo: por muchos días estuvimos rodeados por decenas de carros de bomberos, patrullas y ambulancias. Había equipos de rescate a nuestro alrededor. Como no hay forma de llegar hasta donde la tierra se quema, porque en la cima no hay caminos ni carreteras, el incendio se fue volviendo un peligro real que aumentaba a grandes trancos.
 
En los días más peligrosos, salíamos a la avenida para ver las llamas y su danza que giraba y tocaba al siguiente pico: el fuego saltaba de un cerro a otro. Por primera vez en mi vida contemplé un incendio que podría dañarnos.
 
Hace un año, al visitar la playa de Malibú, vimos también el cielo dorado, el fuego y el humo que protagonizaban su terrible espectáculo. Varios incendios arrasaron en ese momento las riquísimas casas de aquella playa, sus calles de ensueño, con palmeras y pinos conviviendo como si el trópico quisiera subir hasta el límite de su territorio, y la vegetación boscosa del norte bajara para lograr ese paisaje surrealista.
 
Ahora, la contingencia llegó más cerca de nosotros.
 
La primera tarde, dimos un paseo y vimos una tenue columna de humo sobre la cima de una montaña. Era tan sutil que lo confundimos con la niebla que a veces corona los picos como un velo de novia. Por la noche, nuestros vecinos estaban viendo la televisión y nos avisaron que se trataba de un incendio que había estallado unas horas antes y abarcaba ya un territorio de unos cuarenta acres. Una hectárea equivale a 2.47 acres. El viento soplaba hacia la playa. Para los habitantes de estas colonias, quedarse en casa esa noche podría ser peligroso.
 
Nuestros hijos y su primo estaban en casa de unos amigos, que los hospedaron ante la contingencia. Las llamadas de teléfono y mensajes de texto iban aumentando al mismo ritmo del peligro: muchos hogares ofrecían refugio para ellos. Sus compañeros de la escuela se pusieron de inmediato a localizar a los chicos que pudieran estar en riesgo. Mi marido y yo decidimos viajar a una ciudad cercana, Carpintería, a la casa de Mary, nuestra amiga.
 
Poner a salvo lo más importante de tu vida provoca emociones curiosas, desempolva recuerdos, revive momentos que creíamos superados y los deja caer en cascada sobre una mente que debería estar despejada y ser objetiva. Decidimos hacer una maleta por persona, y llenar el coche con los documentos, objetos y ropa que eran más valiosos.
 
En esos momentos te das cuenta de que mucho de lo que posees se puede reemplazar. Que lo que posees tuvo valor en el momento de adquirirlo, lo usaste y te sirvió, pero se puede comprar de nuevo si en el futuro lo necesitas. No se puede poner todo a salvo. Lo único indispensable es la propia vida. Guardamos los pasaportes, que son identidad y patria. Diplomas y certificados. Algunas fotografías, es decir, los afectos. Papeles del banco, comprobantes y pagos pendientes. La computadora, que es instrumento de trabajo y arcón que guarda trabajos en proceso, cartas y películas, fotos e imágenes.
 
Dejar la casa a merced de los elementos: eso nunca me había pasado. La vida puede deparar sorpresas y aprendizajes todo el tiempo.
 
En realidad nunca temimos por la seguridad del condominio. Está protegido por el campo de golf que tiene a un lado y muchos huertos de limón que nos rodean. Los huertos y viñedos son muy difíciles de quemar. Tienen humedad y vida, tienen sistemas de riego. Pero queríamos acatar las reglas y dormir sin temor de ser desalojados. No queríamos obstruir la labor de los equipos de rescate.
 
California se llama a sí mismo The Golden State, El Estado Dorado. La razón no estriba en el oro de sus minas, sino en el color del chaparral que cubre sus colinas una buena parte del año. Pasada la época de lluvias, es decir el invierno, viene un largo periodo de secas que va convirtiendo el campo en un espacio amarillento, que por desgracia puede ser combustible de primera, espléndido tributo para las llamas.
 
Los primeros conquistadores acuñaron su nombre: California. Cali-caliente, forno-fuego, horno, infierno. Es muy probable que hayan luchado contra incendios provocados por rayos en tormentas eléctricas de verano, cuando el campo está seco y no es temporada de lluvias. Cualquier fogata se vuelve un peligro potencial.
 
Las virtudes del subdesarrollo: en México no sufrimos incendios tan terribles porque tenemos vacas y chivos pastando en las laderas de los cerros. En California los huertos y hortalizas se preservan con medidas higiénicas extremas, lo cual da por resultado frutas y verduras limpias y sanas. No hay ranchos mixtos: las vacas están lejos de los sembradíos, metidas en sus establos. Los caballos en la caballeriza, las ovejas en su corral. Los cerros mexicanos son para el ganado, que se come los pastos. Nuestra época de mayor calor coincide con la temporada de lluvias. Estrategias de la naturaleza para evitar los siniestros mayores.
 
El fuego siempre ha resultado fascinante para el ser humano. La danza de las lenguas ardientes ejerce un hechizo que puede ser fatal. Antorchas encendidas dieron luz a las aldeas primitivas y mantuvieron a las bestias alejadas de los campamentos donde vivían los nómadas recolectores-cazadores que aprendieron a controlar las llamas, ponerlas a su servicio para asar carne, dar calor a su hábitat y reunirse, frente al espectáculo, para narrar historias con los primeros esbozos de palabras que hicieron nacer los idiomas.
 
Dice la leyenda histórica que cuando avisaron a Sigmund Freud que los nazis quemaban sus libros contestó: —Hemos progresado, en la Edad Media me habrían quemado a mí. No le faltaba razón. Sabía, además, que sus obras se volverían a imprimir en el futuro. En momentos de crisis, es necesario hacer acopio de fortaleza y aprender la lección de humildad que dejan los golpes. En el terremoto de 1957, entre los derrumbes de la ciudad de México había un edificio que pertenecía a Mario Moreno, Cantinflas. Dicen las buenas lenguas que los periodistas lo descubrieron entre quienes veían descorazonados el destrozo. Le preguntaron: —¿Don Mario, tenía usted propiedades aquí? —Sí, joven. Aquel edificio que se cayó es mío —contestó el cómico. —¿Perdió usted mucho? —seguían preguntando para sacar información y hacer la nota. —Pues nomás la mano de obra, joven, porque el material ahí está.
 
A final de cuentas, nada valioso se volvió humo. Ni una casa incendiada en esta zona, ni una vida perdida, ni damnificados ni heridos. La acción heroica de más de dos mil bomberos logró controlar las llamas que abarcaron al final más de 9 mil acres. En el estacionamiento de Dos Pueblos High School, la escuela de mis hijos, se armó el campamento de emergencia para los cuerpos de rescate.
 
Decenas de carros de bomberos, ambulancias, equipo mecánico para desbrozar el monte, enormes camiones que se convertían en comedor y unas cincuenta casas de campaña para los breves descansos sirvieron para que estos hombres y mujeres trabajaran de día y de noche. Los helicópteros bajaban a un campo muy cercano para abastecer de agua las enormes bolsas con las que humedecían la periferia del incendio. Otros aviones arrojaban sustancias para retardar el fuego y un DC10 completaba la maniobra. Había momentos en que cinco helicópteros zumbaban juntos, como enormes mosquitos mecánicos escapados de una película futurista, y bajaban a los depósitos de agua como colibríes que se acercan a las flores, porque no descendían al piso, quedaban suspendidos en el aire, enormes, magníficos.
 
El aire ha vuelto a ser transparente. Ya no hay ceniza que irrite la visión ni llamas en las cimas. Se fueron los bomberos. Quedaron en la calle las mantas de agradecimiento, las pinturas hechas por los niños para reconocerles
su heroísmo. Quedó el recuerdo de las familias que se acercaban al campamento con fruta de sus huertos o un pastel recién horneado. Quedó la experiencia del reconocimiento a los valientes y el sentimiento de volver a iniciar la vida. Los amigos comentan sobre las pertenencias que habrían puesto a salvo, y ahora se ríen, pensando en que quizá habrían tenido que perder el álbum de estampillas del abuelo y otros objetos de la historia familiar, esos que sólo de verlos estrujan el corazón.
 
 
 
Julio 16, 2008