Ese oscuro objeto del deseo
 
Es negro y pequeño, casi ingrávido. Despierta la codicia, el afán de poseerlo. Su inteligencia es inverosímil aunque artificial. Su delicada esbeltez cabe en los bolsillos de los privilegiados y al recibir la caricia de los dedos hace surgir brillantes fotos de colores en donde cabe el universo conocido. Es el artilugio más novedoso de la seducción, el instrumento de placer, la joya contemporánea más deseada.
 
Se llama iPhone.
 
Este mecanismo maravilloso salió al mercado el año pasado. Fuimos a conocerlo a un pequeño templo de cristal dedicado a su culto: la tienda Apple de San Francisco. El diseño arquitectónico del espacio, a manera de claustro conventual, tiene al centro una escalinata de vidrio opaco con las balaustradas también transparentes, dando una sensación etérea y flotante a la construcción que se vuelve tela en caballete de pintor, para resaltar la estética liliputiense del aparato, la breve hermosura del diseño que hace realidad tus sueños. Cientos de personas se atiborraban cada día para tocarlo, admirarlo, comprarlo y salir de aquel vibrante lugar con aire vencedor.
 
No en balde, ahora que ha salido a la venta el nuevo modelo, millones de admiradores salieron a buscarlo con verdadero fervor: una romería del siglo veintiuno. Desde las tres o cuatro de la madrugada del jueves, se formaron en fila los nuevos devotos afuera de cada tienda de telefonía. A las nueve, comenzaron a entrar los afortunados, que salían con su brevísima computadora en la mano, dispuestos a comerse al mundo con imágenes deslumbrantes, anunciando a sus amigos, socios y admiradores: soy uno de los agraciados, he alcanzado la gloria de tener este teléfono que es también cámara de fotografía y pantalla de video y lector de libros y tocador de música y mi contacto con el mundo a través de Internet.
 
Los demás, los que no alcanzaron aparato o no tienen cómo adquirirlo, se quedaron en la calle, literalmente, porque la producción de la empresa sólo pudo alcanzar un millón de copias. En un fin de semana, se vendió esa cantidad de artículos y muchos millones de personas quedaron suspirando por él.
 
El título de este texto es, naturalmente, de la última película de Luis Buñuel. Fue filmada en 1977 y protagonizada por Fernando Rey, que siempre fue un caballero apuesto y elegante. No puedo imaginarlo con un iPhone en la mano, como tampoco puedo recordarlo sin un traje bien cortado, un clavel en la solapa y un sombrero que corona su pensante magín.
 
Los seductores que en el mundo han sido pasaron a la historia por sus artimañas y engaños. Don Juan, el de Zorrilla, ofrece a Doña Inés la libertad fuera de la celda:
 
    Cálmate pues, vida mía
    reposa aquí, y un momento
    olvida de tu convento
    la triste cárcel sombría.
    ¡Ah! ¿No es cierto, ángel de amor
    que en esta apartada orilla
    más pura la luna brilla
    y se respira mejor?
 
Ahora, el Tenorio abriría su capa de fina lana oscura, y en medio de la noche sacaría a la luz su receptáculo de prodigios, y haría que el minúsculo primor tocara cantos gregorianos para la monja hermosa, y le proyectaría en la pequeña pantalla imágenes de madonas renacentistas para ablandar más aún su corazón.
 
Doña Inés, seguro, caería desmadejada en brazos del infame en menos actos de los que exige el drama.
 
Las mujeres anteriores a mi generación suspiraban por artículos de plata, jarrones de cristal cortado y figuras de porcelana. Ya habían dejado atrás la pasión por las carpetitas bordadas y los zorros con cabecita preservada para que el hocico del animal mordiera su propia cola. Por razones incomprensibles hoy en día, cubrirse de pieles fue alguna vez la meta para muchas chicas. Todavía aparecen en los chistes de viejos simpáticos esas muchachas de cascos ligeros que se liberaban de ropas y prejuicios para hacer realidad las fantasías del macho que les comprara un abrigo de visón y un anillo de esmeraldas.
 
Hoy, cuando las hijas reciben los bienes de sus padres ancianos, no hallan qué hacer con esos objetos que significaron miles de horas de trabajo arduo, de esperanza y emoción: estatuillas de Lladró, muñequitos que inmortalizan escenas de otro siglo, pendientes de esmeraldas, collares y anillos de piedras de colores.
 
Dónde meto estas cosas, se preguntan los nuevos poseedores. Qué demonios hago con las pertenencias de mi abuela, en qué ocasión sirve uno el té con una tetera de plata, van a pensar que estoy loca si uso estas chucherías. Luego se encuentra uno en bazares o las ventas de cochera de fin de semana esos objetos que nadie quiere.
 
Supongo que las joyerías seguirán abiertas, pues siempre hay quien lo tiene todo y quiere más, el paraíso terrenal sigue teniendo al centro su árbol de manzanas brillantes. En la ciudad donde vivo, Tiffany’s abrió una tienda hace algunos meses, con una ceremonia en medio de un desayuno que hacía homenaje a la película con Audrey Hepburn cuya historia, de Truman Capote, hacía homenaje a la joyería. Un laberinto que no tiene fin, como cinta de Moebius.
 
Yo caí redondita en la magia del iPhone. No lo compré, no tengo dinero para lo superfluo. Pero mis alumnos tienen sus cajitas hechiceras. Un día, en mi clase de Literatura Hispanoamericana, hablaba de Alfonsina Storni y analizaba sus poemas. Les confesé que me habría fascinado llevarles la canción de Alfonsina y el mar, para que sintieran la nostalgia que impregna a los lectores de la escritora suicida, y uno de mis muchachos me preguntó quién la cantaba. Me gusta la versión de Mercedes Sosa, le contesté. Un minuto después, el chico había encontrado, pagado y bajado a su iPhone la voz prodigiosa de la cantante, y con suficiente volumen para llenar el aula, tocaba la música dedicada a una desventurada mujer de letras, nacida en Suiza con alma argentina, que escribió en español sus tristezas y nos regaló sus palabras para que un día las leyéramos en California con los acordes dedicados a ella, traídos del aire al influjo de la tecnología cuasi-milagrosa que logra, con pases mágicos, lo que nunca antes habíamos visto.
 
Cuando yo era chica, veíamos en la tele la serie El hombre nuclear. Lee Majors daba vida a un ser mitad hombre, mitad computadora, que había recibido injertos biónicos que le daban enorme fuerza y capacidad de realizar actos espectaculares. Era la forma en que los años setenta recreaban a los héroes de mentira que siempre han necesitado los hombres para cobijar sus miedos y sentir la protección de lo sobrenatural.
 
Años después, uno de mis profesores nos hizo estudiar el texto de introducción del programa. Mi mente recita todavía las palabras que pronunciaba una masculina voz en off: “Steve Austin, astronauta. Su vida está en peligro. Lo reconstruiremos. Poseemos la tecnología para convertirlo en un organismo cibernético, poderoso, superdotado.”
 
Nosotros –nos explicaba el profesor indignado, impregnado del anti-imperialismo de la época– ese sujeto plural, es los Estados Unidos. Su avatar tiene el nombre del líder texano que consiguió, a la larga, el despojo de ese territorio para su nación, quitando tan amplio terreno a México. La tecnología de la que habla es única en el mundo, no es una tecnología, no usa el artículo indeterminado, sino el determinado, es decir, lo que no tiene parangón, lo que no tiene igual.
 
La tecnología: la fuerza, la belleza, la seducción. El mensaje era claro y amedrentador.
 
En Estados Unidos, el programa no tenía ese título, sino un precio: The Six Million Dollar Man. Como si la gente no fuera capaz de imaginar la gallardía y el arrojo sin una cifra de dinero de antemano.
 
Antoine de Saint-Exupéry escribió en El Principito:
 
            Si cuentas a los adultos: "He visto una magnífica casa construida con ladrillos rojos, geranios en las
            ventanas y palomas en el techo...", no podrán imaginarse la casa. En cambio si dices: "He visto una casa
            de cien mil francos", exclaman: "¡Qué hermosa es!"
 
El mundo gira y en sus vueltas nos lleva de la mano, nos hace resbalar y caer una y otra vez en la tentación. El poderoso caballero abre su capa y nos presenta la llave para abrir la puerta del cuarto de las seducciones. Es una llave de plástico, se llama tarjeta de crédito y es el capataz más feroz, que fustiga con su látigo a los plebeyos que trabajamos para pagarle tributo. A cambio, nos entrega figuras de colores, desplegadas en las pantallas gigantes de plasma, o en el pequeñísimo teatro que deslumbra la mente y cabe en la palma de una mano.
 
 
Julio 15, 2008