Elvira Lindo escribe que cuando era niña en Madrid les contaban en la escuela las aventuras de una ardilla que subía a un árbol en los bosques de España y sin bajar de nuevo al suelo, iba brincando de rama en rama hasta atravesar una cordillera, pasar sobre un río, cruzar fronteras, rodear lagos y subir a otras latitudes. Era una forma de aprender geografía: los chiquillos se ponían a perseguir la ardilla y en realidad iban conociendo los nombres de países, bosques, valles, montañas.
Voy por las calles imaginando que las jacarandas florecen en una ciudad y que la última rama toca a sus hermanas rurales, o les avisa con su telégrafo sin hilos (no creo que los árboles tengan e-mail) que ha llegado la hora de producir, adelante, holgazanas, a hacer flores y adornar las ramas con doradas castañuelas, y los caminos se llenan de florecitas que vuelan e incitan a las del siguiente pueblo a trabajar, y así va subiendo el camino desde Querétaro, por San Luis Potosí, Zacatecas y Aguascalientes, hasta llegar a California.
Les voy a regalar un poema de Borges que dice lo que siento. Fue publicado en el libro Fervor de Buenos Aires, 1923, y se refiere a “La noche de San Juan”, es decir, 24 de junio, al comienzo del invierno austral:
El poniente implacable en esplendores
quebró a filo de espada las distancias.
Suave como un sauzal está la noche.
Rojos chisporrotean
los remolinos de las bruscas hogueras;
leña sacrificada
que se desangra en altas llamaradas,
bandera viva y ciega travesura.
La sombra es apacible como una lejanía;
hoy las calles recuerdan
que fueron campo un día.
Toda la santa noche la soledad rezando
su rosario de estrellas desparramadas.