El cielo nocturno estaba iluminado por una radiante luna llena. Quiero pensar que sus rayos son un reflejo de la luz que la recibió, a las puertas del paraíso, donde habita el misterio más entrañable.
Ella nació el 31 de agosto de 1924 en San Martín Hidalgo, Jalisco. Era tapatía de corazón: vivió en Guadalajara prácticamente toda su vida. Sus ojos color miel iluminaban un rostro armonioso y bello. Fue una muchacha guapísima y una señora elegante, con un porte que la distinguía y señalaba como una persona de gran dignidad.
El mundo en que transcurrió su infancia es un reflejo de la gran novela jalisciense de Rulfo, Yáñez y Arreola. La familia, las costumbres, los valores y las tradiciones que vivió de niña son el retrato de una época difícil y compleja, al final del movimiento revolucionario, en el terruño donde se vivió la Guerra Cristera. Sus padres fueron don Vicente Rubio y doña Margarita Pelayo. Él era comerciante de ganado, un hombre austero y de profundas convicciones; ella una mujer hacendosa, amable y tranquila que vivió hasta los 95 años en buena salud.
María Luisa fue la mayor de cinco hijos. Con sus hermanos Ramón, Vicente, Ramiro y Marina, conservó una amistad entrañable toda la vida.
María Luisa recibió las primeras lecciones de sus tías paternas, un puñado de mujeres solteras —una de ellas, viuda— que dedicaban sus mejores horas a servir de muchas maneras a la Iglesia: lo mismo llevaban el calendario litúrgico que creaban filigranas de parafina para los altares o dirigían rezos y ceremonias caseras. Tenían una autoridad sin trabas derivada de una vida regida por una estricta moral que les exigía un cumplimiento cabal del deber, consigo mismas y con el prójimo. En fotos color sepia aparecen con sus largos vestidos de percal y pudorosos encajes que cubrían su cuello, con el cabello recogido y una expresión de seriedad profunda en unos ojos que miran de frente.
María Luisa aprendió a leer pasando del silabario al devocionario, y de jovencita fue ávida lectora de narrativa y poesía (que pasaran la censura de las tías, naturalmente).
Estudió Comercio y como secretaria ejecutiva llevó la administración de una pequeña empresa. Se preciaba de su eficiencia para llevar libros y mantener una correspondencia constante con los clientes de los negocios donde trabajó hasta contraer nupcias con don Rafael Zárate Andrade, un hombre bueno y noble, comerciante y alguna vez presidente municipal de su pueblo natal. Don Rafael era catorce años mayor que ella. De joven se enamoró de la chiquilla de trenzas que visitaba su tienda, luego la cortejó con todos los ritos de un noviazgo clásico y esperó con paciencia a que se volviera mujer. Cada uno llevó al matrimonio lo mejor que tenía: inteligencia, talento, disposición para el trabajo honrado y un amor inmenso, cultivado con esmero y tesón cada día de las más de tres décadas que vivieron juntos.
Cuando eran novios, don Rafael, goloso, quiso saber cuáles eran las habilidades culinarias de su prometida, que no se dedicaba a labores domésticas. Ella prometió aprender a cocinar y se inscribió en clases de gastronomía donde tuvo una maestra que la hacía pesar los gramos exactos de masa para cada galleta. Se volvió una experta en platillos franceses y en cuanto a las especialidades mexicanas, su pozole era una metáfora de la patria. No hay nada más delicioso. Con cuidado y minucia sabía escoger los mejores ingredientes y preparar con calma los banquetes familiares con que celebraba los cumpleaños de su marido y las fechas significativas. Dejó libros de recetas de su puño y letra, con descripción de los platos a los que dedicó miles de horas y que compartía con sus amistades. Llevaba libros de visitas donde anotaba la fecha en que había recibido a las personas de su afecto, con sus nombres, el menú, los costos del evento y cada detalle de la celebración. Le digo a mi marido que, de haber nacido unos años más tarde, su mamá habría estudiado Administración de Empresas, Relaciones Industriales o Comunicación. Su disciplina la llevaba a mantener y archivar registros de gastos, inventario de despensa y de blancos. Era escrupulosa en la limpieza. La imagino dirigiendo un hotel de lujo, una escuela o una institución hospitalaria. Tenía esa grandeza.
Sus hijos eran su mayor orgullo. Para ellos vivió. Les dedicó incontables horas para repasar lo aprendido, los estimuló a saber más, a ser mejores, aprovechar sus talentos y ponerlos al servicio de las mejores causas. Elia Margarita, Norma Cecilia y Eduardo Rafael respondieron a sus esfuerzos. Fueron niños estudiosos y adolescentes dedicados a la música, los idiomas y proyectos académicos. Su amor por la literatura y la música la llevó a escribir cartas y reflexiones toda la vida, y a estimular a sus hijos para que aprendieran a tocar instrumentos y a disfrutar la belleza del arte. Cuando sus hijos eran pequeños, cada octubre, con ocasión del cumpleaños de Don Rafael, los preparaba para dar a su padre un regalo especial e íntimo, en las primeras horas de la mañana: declamar una poesía recién aprendida. A lo largo de los años, el ritual, iniciado con los versos más simples, pasó por “Yo tengo en el hogar un soberano...” hasta la imponente “Yo que sólo canté de la exquisita partitura del íntimo decoro...” en la temprana adolescencia.
Cuando sus hijos se graduaron de la universidad, ella y su marido recibieron las alegrías más grandes que puede vivir un ser humano. Mi suegra siempre dijo que sus mejores años transcurrieron cuando ella estaba en plenitud de su fuerza y facultades, colaborando en la administración de los negocios de su marido mientras sus hijos eran estudiantes. En esa época asistían a la temporada de conciertos de la Orquesta Sinfónica, a la que Norma perteneció como violinista. Hicieron algunos viajes para celebrar los hitos de la vida, y cada año pasaban sus vacaciones frente a las costas del Pacífico. El mar le fascinaba. La recuerdo en forma nítida, caminando por una playa de arena suave y jugando con las olas. Alguna vez nos escribió sobre sus reflexiones sobre la vida, inspiradas en el paisaje marino de Cancún, Puerto Vallarta o Manzanillo.
Escribía cartas memorables. En noviembre de 1963, consternada por el asesinato del presidente de Estados Unidos, envió sus condolencias a Jacqueline Kennedy, la viuda joven y elegante que marcó a toda una generación. La Casa Blanca agradeció sus atenciones con una carta de respuesta en perfecto español.
Hace treinta años, tenía un grupo de doce amigas muy queridas. Cada una invitaba a las demás a una comida en su casa, una vez al mes. Doña María Luisa disfrutaba esas reuniones donde cada una ofrecía lo mejor de su cocina para vivir un rato de confidencias y gozo. De ahí nació la inquietud que les permitió crear hace más de veinte años la asociación Voluntarias Contra el Cáncer, que sigue en pie de lucha. Ella formó parte mucho tiempo de su mesa directiva. Escribía cartas solicitando ayuda a varios organismos, llevaba algunos registros y era de muchas maneras una consejera moral para el grupo. Las ayudó a realizar proyectos y llevar auxilio y consuelo a miles de personas afectadas por la enfermedad. Los niños con cáncer son la mayor preocupación de este organismo. Fundaron un albergue para que se hospeden las familias mientras los niños son llevados a tratamiento, y proveen despensas y medicamentos para su curación; cuando ésta no es posible, les ofrecen la oportunidad de vivir su último sueño: ir a Disneylandia con su mamá. El Cuerpo de Policía de Los Ángeles es su patrocinador y gran apoyo. Niños de origen rural, que viven en situación de pobreza, viajan en avión y se hospedan en los hoteles del parque para conocer a sus personajes favoritos.
Mi suegro, Don Rafael, sufrió un doloroso cáncer por más de ocho años, y todo el tiempo su mujer estuvo a su lado, cuidándolo con cariño inigualable.
Esta anécdota la pinta como era en sus últimos años: algunos días contrataba los servicios de un chofer jubilado que manejaba el Plymouth de la familia para llevarla a realizar compras y visitas. Así que se reunió con una amiga para desayunar en el hotel Quinta Real. Disfrutaron de su conversación y al levantarse de la mesa para ir al coche, un chico con acento español les dijo: “Permítanme acompañarlas, señoras” y tomó a cada una del brazo para escoltarlas a la salida. El chofer las vio venir, asombrado. Al arrancar el auto le preguntó: “Señora, ¿qué hacía usted con Enrique Iglesias?” “¿Quién es Enrique Iglesias?” preguntó ella, que por supuesto no escuchaba música pop. “Pues un cantante muy famoso”. “¡Ah!” dijo ella, “será por eso que andaba en esa facha y sin rasurar”. Pero agradeció la galantería del muchacho, que se escudó en dos señoras mayores para salir por la puerta lateral y así huir de las fans que se agolpaban al frente del hotel.
Fue una abuela cariñosa, que daba consejos y agasajaba a sus nietos, mis hijos, con regalos y comida deliciosa. Cuando Ana Paula estaba por venir al mundo, ella tejió durante meses varias prendas en crochet para formar un ajuar de bautizo precioso que usó también Rafael. Se enorgullecía de ellos y festejaba sus logros.
Con sus hijas viajó por varios países. Le encantaba Madrid, se interesaba en la moda y le gustaba ver cine de época. Celebramos su cumpleaños número 83 en San Francisco, una ciudad que ella quiso conocer siempre, de la que se enamoró con Vértigo, la película de Alfred Hitchcock, y otros filmes y documentales. Norma y Elia le dieron un gran regalo con ese viaje. Comimos en el Carnelian, un lindo restaurante en el piso 52 de un edificio de la zona financiera. Desde ahí veíamos la bahía, el Golden Gate y el hermoso centro histórico a nuestros pies. Estuvo en familia una semana en California, encantada de haber cumplido ese sueño. Ese es uno de los últimos recuerdos felices de una dama a la que he querido y admirado desde que me enamoré de su hijo. Una señora que dejó una huella difícil de seguir, una mujer bella, de alma transparente y corazón generoso.