Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.
Ver en el día o en el año un símbolo
de los días del hombre y de sus años,
convertir el ultraje de los años
en una música, un rumor, y un símbolo,
ver en la muerte el sueño, en el ocaso
un triste oro, tal es la poesía
que es inmortal y pobre. La poesía
vuelve como la aurora y el ocaso.
Jorge Luis Borges – El hacedor, 1960
Sirvan estos versos del genial argentino como árboles que se levantan en el valle de mi texto, para que den sombra y cobijo a mis ideas, para que la frescura de su río haga posible un espacio verde. Las últimas estrofas del poema están al final de estas líneas.
Los pensamientos son palabras y con ellas se arman párrafos que se van atesorando en la mente hasta que forman libros completos, páginas hechas del día, plenas de sol, ilustradas con los rasgos de rostros amados, la profundidad de sus miradas y la inteligencia de sus diálogos. Uno de los libros mentales más interesantes que hay en el estante de mi vida fue escrito en el tiempo de los estudios universitarios.
Era el tiempo de la Guerra Fría, que más de una vez amagó con volverse confrontación armada. La Unión Soviética era un gigante poderoso cuyos atletas rompían marcas y ganaban medallas mientras sus investigadores avanzaban en la carrera espacial. Estados Unidos vivía un periodo de relativa paz y desarrollo. España despertaba a la democracia, la Unión Europea no existía y en México la oposición no había ganado nunca la presidencia de la República, ni un estado, ni siquiera algún municipio con más de cien mil habitantes. Vivíamos en la “dictadura perfecta” como la llamó Mario Vargas Llosa.
La carrera que estudié con decenas de personas valiosas se llama Ciencias de la Comunicación y la realizamos en el Tecnológico de Monterrey, Campus Querétaro. Éramos un grupo organizado en duetos y tríos de amigos. Así nos hemos conservado a lo largo de los años. Cada vez que nos vemos el abrazo es fraterno, los comentarios son sinceros y una dulce nostalgia impregna la charla. Hay un reconocimiento al valor de los otros, una solidaridad auténtica que se traduce en promesas: vamos a vernos más seguido, quiero estar en contacto contigo, decimos mientras volvemos los ojos al mes de agosto de 1979: los primeros días en profesional. La inquietud aleteando en el corazón como un pájaro travieso.
Algunas semanas después de iniciar el semestre asistimos al I Congreso de la Comunicación en el Hotel Real de Minas, organizado por Luis Felipe Alvarado y su equipo académico. Un conferencista, experto en electrónica, nos hizo dos revelaciones prodigiosas: en el futuro, cada familia tendría en casa un aparato de videocasetes, donde se podrían ver películas, que formarían parte del patrimonio cultural al alcance de todo mundo, junto con los libros y las revistas. Los amantes del cine podrían ver esas cintas una y otra vez, congelar las imágenes en un fotograma específico, recrear su composición y belleza fotográfica, repasar los parlamentos, regresar a una escena anterior o adelantar la película para ver de nuevo el final.
Ese disparate cayó como lluvia helada sobre nuestros vestidos y las corbatas de los compañeros; era una tomadura de pelo. Nadie, nadie, ni el más rico, podía darse el lujo de tener en casa un aparato así.
El Tec tenía una videocasetera en la sala de circuito cerrado de televisión. Un armatoste del tamaño de una consola de discoteca, con un sistema que impulsaba los enormes casetes de ¾ de pulgada para que brincaran hacia el exterior y así quedar al alcance de la mano. Era un equipo para profesionales, que costaba miles de dólares. Por otra parte, las televisiones tenían pantallas muy pequeñas, y para firmas como Sony su ingreso comercial a México estaba vedado. La tecnología de punta, en la mayor parte de los casos, se adquiría como contrabando.
Otro anuncio de ciencia ficción: dijo el investigador que en el futuro los escritores tendrían acceso a computadoras pequeñas, portátiles, que cupieran en una maleta (señalaba su portafolios) y en ellos habría procesadores de palabras para editar libros completos, tan impresionante e inverosímil era la memoria de aquellos aparatos, que el autor podría cambiar una palabra clave y sustituirla por otra, página tras página, en miles de operaciones de búsqueda y reemplazo, en cuestión de minutos. Luego, reimprimir su discurso o documento y tenerlo listo para su presentación.
Esta segunda declaración nos dejó molestos y sorprendidos. No cabía entonces en nosotros la noción de que personas de clase media urbana, estudiantes universitarios como nosotros, pudieran en un mañana cercano adquirir una computadora, y menos aún, transportarla consigo.
En el cerebro electrónico del Tec había una máquina que costaba millones, requería una sala enfriada en forma artificial y se alimentaba de tarjetas perforadas. Nuestros compañeros de carreras cibernéticas estudiaban los lenguajes Basic y Cobol y cargaban sus trozos de cartón codificados como si fueran artilugios mágicos. Se habían granjeado el respeto de los demás por estar en la frontera de los descubrimientos científicos.
Para nosotros, los anuncios de ese mundo inverosímil eran como si alguien, hoy en día, declarara que cada familia tendrá pronto un helicóptero que despegará de su patio, para atravesar la ciudad y así evitar el tránsito pesado. O que tendremos sistemas de comunicación con hologramas para recrear las imágenes de los seres queridos en la intimidad de una habitación.
En 1980, en el estado de Querétaro residían 740,000 personas según el censo general de población y vivienda. El país entero contaba con 66.8 millones de habitantes. En nuestra hermosa ciudad vivían alrededor de 130,000 almas. ¿Cómo creer entonces que esas profecías pudieran tener sustento, si vivíamos en una comunidad pequeña, regida por inmemoriales costumbres, conservadora de un pasado virreinal?
Los amantes del cine teníamos que esperar entre uno y tres años para que llegaran las películas que se hacían viejas en su recorrido, perdían cuadros en los carretes de los proyectores y muchas veces, al ser exhibidas, eran trastocadas en su orden y el espectador veía antes el rollo tres y después el rollo dos, teniendo que hacer uso de su sentido común y experiencia para decodificar ese surrealista, aunque bienintencionado, cambio de la secuencia. Los tres cines de la ciudad estaban en el centro y funcionaban de manera idéntica a como lo hicieron durante tres décadas; eran enormes cavernas a donde se filtraba la luz de la entrada, con proyeccionistas improvisados que aprendían con el tiempo y mil errores.
Así era la vida. Hicimos la carrera trabajando en máquinas de escribir mecánicas, en el mejor de los casos portátiles y en algún hogar afortunado, con el privilegio de un mecanismo electrónico que permitiera cambio de tipos y una memoria de cuatro palabras.
Yo amaba y amo a mi escuela, el Tecnológico de Monterrey. Me sentía en casa entre mis jóvenes profesores que se volvieron mis amigos. Isauro Blanco nos enseñó a limar asperezas y crecer juntos a pesar del reto que significaba enfrentarse a este grupo de personalidades encontradas. Arturo Ruiz fue un paradigma de elegancia, congruencia y metodología.
Angélica Carlos nos llevó hacia la frontera de las invenciones y estimuló nuestros esfuerzos para hacer televisión con poquísimos recursos. En su materia Comunicación de Innovaciones hice un proyecto para examen final anunciando un teléfono celular. El concepto “celular” no existía en las revistas de electrónica todavía, pero había un aparato inalámbrico que dio el salto hacia el futuro. Lo que yo daría por tener de nuevo el cartel y el catálogo que elaboré para esa clase. El imposible teléfono de mis sueños era idéntico al que traigo en mi bolsa.
Raúl González era un chico (exactamente de mi edad) que había terminado la carrera precozmente en Monterrey y un par de meses después estaba frente al grupo. Jorge Retana escogió entre los escritores españoles contemporáneos aquellos que pudieran estremecer nuestra conciencia y cuestionar nuestros valores, hacernos sentir, que para eso se es joven.
Tuvimos profesores de excelencia. Jóvenes en su mayoría, generosos con su tiempo, como Emilio Luis, tan querido por nosotros que mis compañeros se fueron a Oaxaca para estar presentes en su boda. Mis profesores fueron, a lo largo de los años, modelos a seguir en mi propio trabajo docente.
El Tec era una pequeña institución situada a la vera de una calle llamada Henry Ford. Tenía un conmutador con poquísimas líneas. Las vacas pastaban en los campos cercanos. El aroma de los alimentos procesados en la planta de Clemente Jacques impregnaba el aula de sabores distintos. Don Roberto Ruiz ofrecía su apoyo para el fortalecimiento de la joven escuela. Don Jesús Oviedo secundaba esos propósitos. El doctor Rafael Rangel era el vicerrector, Luis Caraza, ingeniero, era director del campus. Todos formábamos un clan y conocíamos de nombre, aficiones y datos familiares a los empleados de la biblioteca, el área deportiva, la cafetería y las oficinas administrativas.
En el Tec aprendí a estudiar, a investigar, a pasar noches en blanco por el puro gusto de presentar un trabajo mejor que el esperado. Me dio un espacio para trabajar, fue mi primer centro laboral, fui maestra en sus aulas de preparatoria, ofrecí cursos a sus empleados; era mi casa.
Como mi familia que es, le daré ahora lo más preciado, lo más hermoso que tengo: mi hija Ana Paula comienza su carrera en agosto. Ciencias de la Comunicación. Escribo esto con la mirada húmeda y el corazón agradecido.
Al cumplir veinticinco años de haber egresado, se cierra un ciclo, comienza un nuevo capítulo para los compañeros de entonces. Podemos comunicarnos ahora de computadora a computadora gracias al Internet, que supera todas nuestras fantasías de adolescentes. Somos los mismos pero modelados por la vida. El trabajo nos ha definido y nos ha colocado en caminos muy diferentes. Nuestros hijos nos dan fuerza emocional mientras los músculos van perdiendo energía. Necesitamos lentes para leer, consultamos al médico por inquietudes nacidas de pequeños dolores. Hemos pasado por el quirófano y hemos estado frente a un féretro para despedir a quienes hoy nos faltan como si el aire que respiramos no fuera suficiente. Con estas experiencias iniciamos un nuevo capítulo. Nos falta por escribir el mejor de los tiempos, donde se reúnen madurez y experiencia: la cima de la montaña.
A veces en las tardes una cara
nos mira desde el fondo de un espejo;
el arte debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara.
Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
lloró de amor al divisar su Ítaca
verde y humilde. El arte es esa Ítaca
de verde eternidad, no de prodigios.
También es como el río interminable
que pasa y queda y es cristal de un mismo
Heráclito inconstante, que es el mismo
y es otro, como el río interminable.
Borges nos recuerda que la vida es un río. Alguna vez lo cruzamos juntos. Desde la otra orilla les envío, compañeros, un cálido abrazo que abarque los años que no hemos estado juntos. Que los libros de su memoria sean gratos y se abran de par en par, con páginas brillantes y bien escritas, que ofrezcan consuelo en las horas malas. Que la experiencia de la vida ilumine sus decisiones. Que sus familias gocen toda la salud posible y que los momentos difíciles sean sólo un preámbulo para la felicidad más duradera.