Chiles rellenos
 
Ocurrió en menos de un minuto.
Estábamos en la gasolinera, pagando el servicio. Un hombre nos estaba atendiendo cuando una de sus compañeras se acercó a él y le dijo:
—Por fin ayer hice chiles rellenos.
El hombre contestó:
—Ah, ¿sí?
Ella explicó:
—Desde cuándo que mi mamá tenía ganas.
El hombre nos cobró la gasolina y atendió al siguiente cliente. Había hecho el mínimo esfuerzo por responder a su amiga, pero en realidad no le interesaba lo que ella hubiera hecho el día anterior. Contestó con un monosílabo como quien oye hablar del clima o del paso del tiempo, sólo para permitir que la otra persona diga lo que tiene que decir.
Ella se retiró de la escena como camina un conferencista al concluir su presentación: con evidente alegría y satisfacción. Con esa liviandad que quita peso a la vida humana. Con el gusto por crear y ofrecer a los demás el resultado de ese proceso creativo. Caminó ligera y feliz a pesar de sus zapatos toscos, suelas duras que parecían deslizarse en una pista de baile, no en el asfalto con residuos de gasolina y aceite, entre el polvo y los guijarros de la carretera arrastrados por los coches.
Su mirada era brillante, su voz clara. Con muy pocas palabras había descrito un acontecimiento importante. Un momento espléndido, de los que marcan una fecha y no se repiten a menudo. Tenía que narrarlo, compartirlo con sus compañeros, como se cuentan las alegrías que galopan en el corazón y gozan de mayor fuerza que las tristezas.
 
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Tendrá treinta años. Tal vez soltera, o con un matrimonio efímero y sin futuro en plena adolescencia, que le dejó un par de niños, por los que se frustraron los estudios y ahora tiene que trabajar doble turno. Quizá con una pareja ocasional. Su cuerpo, al filo de la obesidad, muestra los estragos del que no come bien sino engaña al hambre con refrescos y frituras. Es claro que no va al gimnasio, que su día comienza con el esfuerzo de dejar la cama y lograr que el tiempo alcance para limpiar la casa, preparar el desayuno, dejar la comida casi lista, llevar hijos a la escuela, correr al autobús, llegar a la estación y despachar combustible a un coche tras otro, automóviles que ella jamás tendrá, con los que no puede ni soñar.
Los parabrisas son un regalo, una gran oportunidad. Ella sumerge su esponja en agua jabonosa y aprovechando los segundos en que tiene el coche a su alcance, empapa el vidrio creando círculos de espuma hasta cubrirlo por completo. De inmediato, con movimientos repetidos miles de veces hasta el dominio, quita la espuma con el jalador de hule. La pintura del mango se ha desprendido y la madera está tan húmeda que se ha hinchado y duplicó su tamaño inicial; en la base tiene marcados los dedos de los despachadores. Ella concluye su eficiente labor. Si tiene suerte, recibirá una propina del cliente. Sonríe a medias, para no parecer coqueta y meterse en problemas con los conductores. Guarda sus monedas en el overol.
La ropa de trabajo es rígida, de mezclilla reforzada. El pantalón tiene grandes bolsillos para guardar el dinero con que los clientes pagan el combustible. Es un traje casi militar, semejante al que usan los mineros. Para dar cambio, ella saca el fajo grueso con billetes de todas las denominaciones. Hay una suerte de orgullo al exhibir el fajo mientras se hacen las cuentas. Es el resultado de muchas horas de sudor, de cansancio y dolores en las articulaciones. Esta noche, si tiene tiempo, le pedirá a su hija que le dé un masaje con ungüento, la espalda está insoportable. Con los músculos hechos nudo no se puede dormir.
En su rostro atesora lo único que conserva su condición de mujer: un poco de rímel en las pestañas, que a lo largo del día se espesa con el polvo que levanta nubes desde la carretera. Un trazo de lipstick rojo que se ha desvanecido. El pelo, ni pensar en llevarlo suelto. Va torturado, atenazado por pasadores y amarrado con una liga. Ha perdido el brillo que tenía cuando era niña.
Pero ayer fue diferente. Fue su día libre, pudo reunir a la familia y les ofreció un banquete.
Preparó chiles rellenos.
Debió de levantarse con otro impulso, vestirse con otra ropa, ir al mercado, saludar de buena gana a la verdulera y al carnicero. Compró tortillas recién hechas. Les contó a todos que esperaba visitas, que invitaría a su familia a comer.
La vanidad de saberse buena cocinera le dio fuerzas para cargar las bolsas de la compra, llegar a casa, poner flores frescas en una vasija y extender un mantel recién planchado sobre la mesa.
En el mercado había escogido los mejores chiles poblanos, los más brillantes, de color verde intenso, de tamaño grande y pulpa firme, para que albergaran suficiente carne o queso, que nadie se quede con ganas de más. Preparó las dos variedades. Doró los chiles directamente al fuego, los dejó sudar en una servilleta, les retiró la piel, los abrió con cuidado, los limpió y rellenó con la receta de la abuela. Dos horas de pie frente a la estufa, oyendo cumbias y rancheras, moviendo la cadera, cantando con Juan Gabriel y con Los Tigres del Norte.
Batió las claras de huevo como quien limpia vidrios de auto en una gasolinera. El turrón quedó perfecto. No sintió el viejo dolor de los hombros, sino una punzada que se clavaba en el codo y subía hasta llegar al cuello. Qué importa. Por la noche se pondrá ungüento, ni que fuera la primera vez.
Llegaron los hermanos, con regalos que pusieron sobre la mesa: tres botellas de refresco que colocaron como si fuera un tinto de buena cosecha. Una lata de duraznos en almíbar. Un queso fresco.
El cuñado trajo más cervezas de lo prudente. Antes de la comida, se bebió con avidez la mitad de ellas. Su mujer prefirió irse a jugar con los niños.
Cuando llegó la madre, todos estaban reunidos.
Viuda, rolliza, con falda de tela café a cuadros y blusa de popelina con flores azules, llevaba las medias enrolladas en las rodillas. Caminaba con dificultad pero sonreía con ganas. Besó a los niños, pidió una oración antes de comer.
Los nietos obedecieron la orden. Los hijos apenas respondieron.
Entonces ella, la hija, trajo de la cocina el arroz adornado con trozos de zanahoria y chícharos recién sacados de su vaina. Las cuñadas chulearon la comida.
Mientras todos disfrutaban de los chiles, la conversación fue cambiando. Dejaron de hablar de la crisis, la violencia, la ineficiencia del gobierno y los despidos en la fábrica. Pasaron a comentar las monerías de los bebés y los méritos de los niños, sobre los premios que obtendrán este año en la escuela y lo guapos que se están poniendo.
La anfitriona cerró el banquete con broche de oro: un flan perfecto, de superficie crujiente y dorada, no demasiado dulce. El hermano callado, el que nunca habla, pidió repetir el postre.
Vino la sobremesa y una especie de paz. Estaban juntos cuando se puso el sol.
A ella le duró dos días la alegría de la comida.
Porque su mamá, que tanto la mima, desde cuándo que tenía ganas de chiles rellenos.
 
Marzo 17, 2009