El incendio de Zaca
 
El 4 de julio de 2007 amaneció resplandeciente. A las 10:53 de la mañana, dos trabajadores de un taller reparaban un equipo agrícola, en la región de Los Olivos, zona privilegiada para el cultivo de vides y por supuesto olivos, cerca de las espléndidas vinaterías que inspiraron la novela Sideways, de Rex Pickett, y que sirvieron de escenario para la película de igual nombre, dirigida por Alexander Payne en 2004. El título en español es Entre copas.
 
En ese momento, una chispa que saltó del equipo de fundición saltó a tierra e incendió un arbusto seco. De ese fuego se prendieron otros y en pocas horas el chaparral ardía sin remedio, contagiando con sus llamas a otros arbustos, árboles, cercas de madera y pequeñas construcciones rurales.
 
El gran bosque, el corazón de las montañas de Santa Ynez, nombre virreinal que se ha conservado por los siglos, ardió sin control a pesar de los esfuerzos inmensos, auxiliados por todos los medios contemporáneos, de los bomberos californianos, orgullosos héroes que se encuentran entre los mejores del planeta. La tierra se quemó en una fiebre que llenó de angustia a los habitantes de los ranchos cercanos. El fuego se extendió a toda la naturaleza indómita, ese territorio donde acaban autopistas y construcciones, donde el hombre no camina. Hogar de bestias nobles, refugio del gato montés, mapache, ciervo, zorro, oso, liebre, lobo, zorrillo, por no enumerar cientos de reptiles y miles de pájaros.
 
Más de cien camiones de bomberos provistos de la tecnología más avanzada llegaron hasta donde les fue posible, entre brechas y caminos antiquísimos, detenidos por las rocas, la vegetación y el propio fuego. Dos mil ochocientas personas, entre ellos muchos voluntarios, trabajaron durante semanas en esta batalla que amenazó sus vidas, con la meta de bajar la fiebre de la naturaleza ardiente. Frente a ellos, árboles convertidos en antorchas y el chaparral como mecha fatal extendían sus flamas para alcanzar nuevos cañones, mesetas, espacios del semidesierto, escarpadas laderas de las montañas cercanas. El infierno se apoderó del suelo. Los animales quedaron atrapados en sus madrigueras rodeadas de llamas, las aves detenidas en su vuelo, sus nidos carbonizados.
 
Santa Bárbara celebró sus festividades más entrañables bajo una fina lluvia de cenizas. Partículas de carbón cubrieron el cielo y crearon una cortina semejante a la niebla que nos envuelve en el invierno, pero más densa, gris y triste. El aire se pintó de un tono inverosímil, con franjas de color naranja y matices que apenas filtraban los rayos de un sol veraniego, que intentaba con sus rayos iluminar las calles.
 
Por las mañanas, el césped y el cemento se cubrían de polvillo gris, rescoldo del incendio, restos de robles, pinos, cedros, piñón y junípero, cenizas que alguna vez fueron coloridas plumas y pelaje de pequeños animales que corrían entre las rocas, dormían en su hábitat y quedaron atrapados en el gigantesco horno. Mientras, como valientes pájaros gigantes, aviones cargados de agua dejaban caer su tesoro en forma estratégica. Ganaban valiosas batallas y en otras zonas el fuego tragaba el líquido en pocos minutos, y continuaba su marcha, haciendo estallar otro árbol, lamiendo el suelo, extendiendo su poderío. El sol inclemente, las altas temperaturas del estío, fueron soldados siniestros en la guerra contra la naturaleza. El viento, al soplar, avivaba las llamas.
 
Dos santuarios del cóndor fueron amenazados por el fuego, que se extendió hasta lindar con lugares con resonancia poética como Camino Cielo, o Gibraltar, toponímicos que rinden homenaje a sus moradores como Rancho Oso, en el parque nacional llamado Los Padres, como tantos lugares en California que recuerdan a los frailes que trazaron senderos, fundaron aldeas y dibujaron mapas en este apartado rincón de la Nueva España cuyo nombre, según expertos, viene de Cali, caliente, y Fornia, horno.
 
Aviones equipados con fotografía de rayos infrarrojos siguen al día de hoy espiando el suelo desde el aire. El fuego ha sido contenido. Sus llamas se consumieron hasta apagarse en un perímetro definido por los bomberos forestales. La superficie afectada, en la última medición, fue de 240 mil acres; es decir, 971,245.5 metros cuadrados. Los expertos cantaron victoria el 2 de septiembre a las seis de la tarde. Al espacio destruido, que había alojado a más de cuatrocientas especies animales, muchas de ellas amenazadas, regresó por fin la paz. Las pérdidas se calculan en 95 millones de dólares.
 
Muchas vivencias, propias y ajenas, removieron nuestro corazón durante esos meses. Mi madre me contaba de su niñez, cuando la tierra de San Juan Parangaricutiro, en Michoacán, sufrió la remoción de sus entrañas mientras el suelo se calentaba y una montaña feroz se alzaba destruyendo milpas, aventando raíces, consumiendo cactus y lanzando enormes lenguas de fuego cuyas cenizas volaron por cientos de kilómetros a la redonda. Hasta Querétaro y Guanajuato, cada mañana, el aire transportó el fino polvo telúrico durante semanas.
 
En el aciago verano de hace treinta años ocurrió un incendio más pequeño, pero devastador, cerca de Santa Bárbara. Nuestros amigos Barbara y Tony Askew tenían su casa junto al campus de Westmont; el joven artista nadaba en la alberca de la universidad cuando alguien llegó a avisarle que su casa se quemaba. Tony corrió en traje de baño, y alcanzó a ver el final del incendio que consumió paredes y techos, dejando sólo los cimientos de su hogar. Su estudio de pintor, lleno de lienzos, pinturas y solventes, fue una bomba que estalló para alimentar las flamas. En siete minutos, todas sus pertenencias quedaron reducidas a la nada. Más de cuarenta casas ardieron en esta misma zona.
 
Hace un mes, hubo un momento en que nos pidieron a los profesores que nos lleváramos bienes valiosos y equipo de cómputo a nuestras casas. El gimnasio se habilitó como refugio. Hora tras hora, los habitantes de Montecito revisaban las noticias del incendio. Se montaron puestos de información con voluntarios armados de mapas y radios. Hubo amenaza real de que el fuego traspasara los límites que le habían impuesto los bomberos.
 
Hay quienes dicen que la tierra necesita del fuego para renovarse. Que los incendios son parte del ciclo de la vida. Que la naturaleza se recupera y la vegetación vuelve a brotar, que las especies nativas reconocen su terruño y lo pueblan de nuevo.
 
A mí me queda la imagen de un cielo rojo, que no es indicio de un atardecer romántico sino de una amenaza devastadora. Y la hermosura de una nube en forma de cúmulo, una formación blanca, como una torre que se yergue atrás de las montañas, que tiene la textura de un copo de algodón, atractiva y fresca como un helado de vainilla. Esa nube es resultado de un incendio rápido, que en pocos minutos abarca un territorio grande, habitado por árboles sanos, que al ser alcanzados por el fuego liberan el agua que había en sus hojas, para convertirla en vapor que sube al cielo en grandes proporciones.
 
A veces, la belleza enmascara las tragedias de su origen.
Septiembre 27, 2007