La semana pasada fui al consultorio del oculista, para una revisión anual. Algo curioso me ocurrió mientras el doctor buscaba síntomas y hacía mediciones de mi vista. No diré que vi pasar mi vida como una película, pero sí recordé muchos momentos claves, como los motivos que he tenido para llorar. Por fortuna, hay registrados en mi almanaque muchos llantos felices. También, por supuesto, lágrimas de dolor auténtico. Aquí les regalo un poema, una de cal por las que van de arena:
La medición de las lágrimas
Buscando síntomas de ojo seco
el oftalmólogo minucioso
recolectó mis lágrimas;
asunto, para él, de rutina.
Abrí mis ojos
a una escena del Perro Andaluz
frío metal que se acerca
visto de adentro hacia afuera.
Deseando huir, obedecí
mientras me abrían los párpados
como hicieron con Alex de Large
aunque sin la alegría de Beethoven.
El doctor tomó dos tubos minúsculos
probetas de laboratorio de títeres
diminutas vasijas transparentes
que metió bajo los párpados temerosos.
Para marcar los segundos
quedó un metrónomo puntilloso
que a falta de sinfonía
tomaría el ritmo de mis glándulas.
Cinco minutos pasaron
con los receptáculos adentro
con la máquina del tiempo
retumbando en mis oídos.
Regresó el médico
sacó los vasos miniatura
examinó mis lágrimas.
Quise preguntarle entonces:
¿Estaba ahí mi llanto de niña?
la sensación al caer de la cuna
el espanto ancestral de la noche
el terror de perder a mi madre
de soltarme de su mano.
¿Mis lágrimas de amor, quizá?
El agua tibia que manaba
al enamorarme de veras
al sentir esa fortuna
en cada poro de la piel.
La terrible impotencia
de ser testigo de la mentira
la pobreza, el abuso, la pena
¿todas las veces que estrujó mi pecho
aparecían ahí?
A los diecisiete leí al Che
y creí en su palabra
en su carta sobre mi cama:
deben sentir, en lo más profundo
cualquier injusticia
cometida contra cualquiera
en cualquier parte del mundo.
Ingenuo Che, no imaginó
las injusticias que engendraría su lucha.
Ingenua yo, que pensé
que otro mundo era posible.
Quise saber, ayer,
si los tubos contenían
el inexplicable gozo
de saberse vivo, de recibir
la caricia del sol y el viento
no necesitar nada más.
O los días interminables
en el pasillo del hospital
donde lloraba dos minutos
porque debía regresar
con los ojos intactos
a la cama de mi hijo.
Mi niño, de cuatro años
inconsciente varios días.
Sin saber si podía oírme
a su lado no lloré
por cantar sus canciones.
Que escuchara mi risa,
que deseara despertar.
En los tubos, ¿había rastros
del increíble placer
que ha sentido mi cuerpo
y el amor que madura
a lo largo del tiempo?
¿Había una de las gotas saladas
que brotan de ver el mar?
¿De escuchar cuando se abrazan
los violines y los chelos?
¿Medían sus instrumentos, doctor
cuánto he llorado de rabia?
O dolor, frustración, miedo
y la conciencia profunda
de mis debilidades y errores.
Y las ganas de vivir
para seguir escuchando
por muchos años más
la música de las palabras.
Oír la risa de mis hijos
ver el amanecer que da a luz
un nuevo día, linda promesa
lejos, muy lejos del sillón del oculista.
Santa Bárbara, California,
octubre de 2008