Zoila en la 101
 
Cada mañana tomo la autopista 101 en dirección al sur. Salgo de casa y paso frente a la escuela de mis hijos, que los acoge y les ofrece un espacio espléndido para sus obras de teatro. Ahí están mis amores, pienso. Sanos, contentos con la vida. Luego viene una larga parcela verde, casi silvestre, al lado de un arroyo que corre hacia el mar. Sobre un césped natural se levanta la pequeña silueta de una ardilla que tiene la cola recostada en el suelo y el cuerpo erguido. Sus ojos observan el paisaje con interés científico. Más allá hay otra, y muchas más. Se parecen estas ardillas a los perritos de la pradera, con su actitud alerta e inteligente. Quizá perciban los minúsculos movimientos de las entrañas de la tierra, los olores de otros animales, el rumor del agua, el calor en el aire. Tal vez ellas saben mejor que nosotros lo que vive la naturaleza, o sólo son animalitos curiosos y se asoman a ver qué pasa y luego platican con sus amigas sobre nosotros. Les doy los buenos días y subo a la carretera, que no es otra cosa que un sendero trazado hace siglos por los indios chumash, ahora asfaltado para soportar la carga vehicular.
 
En el Virreinato se llamaba Camino Real y su nombre está inscrito en español en una serie de campanas de metal, colocadas a los lados de la autopista. Las campanas conservan viva la mística que trajeron consigo los frailes franciscanos fundadores de la cadena de misiones que a la larga se convirtieron en ciudades, desde San Diego hasta San Francisco.
 
Estas misiones conservan techos de tejas rojas, muros encalados, torrecillas que quieren alcanzar el cielo, pérgolas cubiertas de vides, sus racimos de fruta colgando sobre la cabeza de la gente feliz que se sienta a su sombra: los detalles de su arquitectura se reproducen por todas partes como historia viva y homenaje a los fundadores. El tañido de las campanas marcó la vida durante muchas décadas, a su llamada asistían indios, mexicanos y europeos a misa y a reuniones comunitarias. La breve música de metal definía las horas de labor o de sueño, o las dedicadas a la intimidad y al amor.
 
Los misioneros, hombres aventureros que exploraron estas tierras exponiendo la vida, que en lugares como San Luis Obispo tuvieron que cazar osos para sobrevivir, salieron de mi ciudad, Querétaro, es decir de mi casa, una vez que concluyeron su trabajo en la Sierra Gorda. Recibieron la orden de venir al Norte y para ello abordaron una nave en San Blas, puerto del Pacífico. Voy por la senda que ellos pisaron con sandalias burdas, pienso en su esfuerzo, que llena de admiración. ¿Cómo puede un hombre confiar tanto en su proyecto que ninguna montaña, costa embravecida o tierra seca le haga desistir?
 
Quizá fue la mentalidad utópica. Se ha estudiado a los franciscanos que llegaron después de Pedro de Gante y Bernardino de Sahagún a la Nueva España, influenciados por el teólogo Joaquín de Floris que hablaba del advenimiento del milenio, el descenso del Espíritu Santo y el comienzo de la edad de la perfección. Conmovedora creencia. Tata Vasco (Quiroga) fundó en Michoacán una comunidad utópica alrededor del lago de Pátzcuaro. Él y sus seguidores confiaban en la bondad del hombre, estaban seguros de que su labor daría frutos y nuevas sociedades equilibradas y respetuosas se establecerían por donde ellos evangelizaran. Hubo dos corrientes de pensamiento que les nutrieron: la Utopía de Thomas More, es decir, santo Tomás Moro, vocero de la corte de Enrique VIII y amigo de Erasmo. Utopía significa “Ningún lugar”. El filósofo llamó así a una isla imaginaria, donde viviría este pueblo de justos. La otra tendencia viene de Savonarola.
 
Sigo mi camino. A mi derecha se ve la torre del aeropuerto. Es increíble su actividad para ser una terminal de ciudad pequeña: cada tres, cuatro minutos un avión desciende a las pistas. Cientos de viajeros, de día y de noche, llegan a casa después de haber estado en otros ciudades y países para realizar negocios o visitar a los suyos. No todos bajan de la escalerilla con su labor cumplida o el alma tranquila. Otros ocupan un rato después los mismos asientos en los aviones y comienzan viajes que alteran el corazón y plantan inquietud en el estómago.
 
Cerca de las aeronaves comerciales hay decenas de aviones particulares, en pistas, hangares y bodegas donde se protegen. Muchos vecinos de Santa Bárbara viajan en sus propios jets. Versace ofrece para estas aeronaves una línea de muebles y decoración de interiores. No sé si eso signifique un verdadero progreso de la humanidad. De niña aprendí datos sobre la historia del mundo, con sus enormes desigualdades, sus guerras estúpidas y la clara división de los seres humanos según su color, procedencia y recursos.
 
En el colmo de la ingenuidad llegué a pensar que en el futuro, mi futuro, al llegar el año 2000, esas diferencias se irían terminando y todos seríamos, de alguna forma, parte de una clase media mayoritaria, alfabetizada y con mayor conciencia de sus actos.
 
Andar la vida como se anda un camino no es otra cosa que aprender de los errores, si se tiene la humildad que puede llevar a la sabiduría. Errores de apreciación, también. Es decir, darse cuenta de que algunas expectativas no tienen base real, que son sólo construcciones imaginarias de ilusiones vanas. Pero atención, sin ellas estaríamos fritos.
 
En eso voy pensando mientras escucho música. Hay cuatro estaciones programadas en mi radio, las cuatro espléndidas: dos ofrecen música clásica, en el siguiente canal hay jazz, otro es NPR, una de las mejores radiodifusoras del mundo. También oigo a los cantantes y grupos que aprendí a amar a los quince años y desde entonces me acompañan: Joan Manuel Serrat, Alberto Cortez, Facundo Cabral, cantantes mexicanos de boleros y rancheras, The Beatles, Los Panchos y Carlos Gardel. Horas y horas de música grabadas en unos discos como rebanadas de plata.
 
Son los ejes de mi carreta. ¿Pa’ qué los quiero engrasaos?
 
Conocí a Atahualpa Yupanqui, ese trovador argentino que se volvió un icono de mi adolescencia. Fue también escritor de varios libros, incluso una novela que se volvió famosa: Cerro bajo. Viajó cantando por toda Europa a principios de los años cincuenta, en París acompañó en dueto a Edith Piaf. Ofreció un concierto en Querétaro y los acordes de su guitarra se quedaron en el alma de muchos. Al terminar su recital pasamos a su camerino Dulce y yo. Era un viejo magnífico que hablaba como cantaba, y así vivía.
 
Yo lo sigo escuchando, en el año 2008, en una carretera de California, y ahora lo comprendo, mientras escucho el crujir de las ruedas de mi carreta. Tampoco yo quiero que el silencio me acompañe para seguir y seguir la huella, andar y andar los caminos. La nostalgia es un bicho que carcome la piel y si lo dejamos se mete al corazón y ahí se queda hecho un nudo. En el silencio se hace más grande. Vamos a perseguirlo con música, que se vaya a otro lado a freír espárragos.
 
Al entrar a la carretera me coloco en el carril central, con el velocímetro en 105 kilómetros, que es la velocidad promedio de los demás carros, la máxima permitida, y mi coche con placas mexicanas maneja solito. Se sabe la dirección hacia mi salón de clases, me deja mirar el paisaje, verde en el valle, con las montañas como telón de fondo, y mis oídos se llenan con la voz de Zoila.
 
Zoila Montes, mi amiga de toda la vida, me manda paquetes con discos que traen grabado su programa “Reflexiones”, que cada miércoles trasmite Radio Universidad Autónoma de Querétaro. Con su timbre dulce y clara dicción, va leyendo textos que escogió para iluminar una fecha o ilustrar a sus oyentes sobre un tema vigente en el momento de trasmitir el programa. Yo los oigo semanas más tarde, decantados por el tiempo. Es un placer escuchar poemas de Borges, narraciones de Fuentes Aguirre, ensayos de Ryszard Kapuscinski y homilías de Desmond Tutu, entre muchos pensadores que cobran vida en la voz de Zoila, porque ella, llevada por su generosidad, regala con gusto su tiempo y su enorme poder de convocatoria para realizar cada guión con amor y entrega. Qué vocación maravillosa: llenar las ondas de la radio con poesía y buena música.
 
A mi izquierda aparece el centro de exposiciones de Santa Bárbara. Todo el año, un festival tras otro: de ferias de antigüedades a exhibición de caballos de raza pura. La presencia de mis paisanos se manifiesta también aquí: cada tantos meses se plantan circos con nombres mexicanos y espectáculos como el de Chilindrina, que imagino será una Chilindrina-copia, un clon de la original que tampoco era demasiado original. Los Tucanes de Tijuana y muchas bandas tropicales y gruperas hacen su agosto en sitios como éste. Cada quien su gusto, que en eso se rompen géneros. Mi infierno sería un lugar donde todo el día tocaran “Vacilón, qué rico el vacilón”. Los diablos bailarían sin cesar a mi alrededor esos ritmos para los cuales no fui programada, nací sin ese chip.
 
A la derecha hay muchas salidas que desembocan en la playa. El mar hermoso, deslumbrante. El océano que cambia de color como de ánimo, las olas que a veces se levantan con la fuerza que necesitan los surfeadores, muchachos de cuerpo perfecto, metidos en trajes que conservan el calor del cuerpo, jóvenes con músculos tensos, sin asomo de grasa. Qué maravilla verlos desde los muelles, algunos de los cuales entran al mar cientos de metros. Curiosa sensación la de estar tan cerca de los nadadores, a poca distancia de las olas, y no mojarse, por gozar de un balcón en ese teatro, sobre el espacio de los pescadores. El sol se levanta y hace brillar la cresta de las olas, las arenas que en otro tiempo fueron piedras de cuarzo, los tesoros de la costa: acantilados, jardines, enredaderas y piedras enormes cubiertas de musgo. Estrellas de mar, anémonas y gaviotas. En el mar, la vida es de verdad más sabrosa. En este malecón, hay hoteles espléndidos y restaurantes que sacian toda hambre y sed, mil ciclistas y multitud de veleros de colores.
 
Quizá sea posible la utopía, pienso y repienso, si le entramos con ganas, si empujamos todos juntos y rompemos la inercia. Tal vez se puedan repetir los esquemas del progreso y la belleza en muchas más partes del mundo.
 
Los enormes árboles que bordean la carretera son un bálsamo que flota en el aire, fresco de la brisa marina. Borges describe en “El Sur” el aroma alcanforado de los eucaliptos. Como muchos robles, olivos, cedros y sicomoros, estos gigantes fueron importados de otras tierras para afianzar este suelo y volverlo verde. A los lados de la autopista no hay más que vegetación y las señales indispensables. Ni un letrero comercial o anuncio espectacular. Nada que distraiga al conductor. Será por eso que los accidentes son tan pocos, casi ninguno. También, porque los choferes siguen una fila disciplinada y con orden. Que los gringos siguen las reglas porque tienen miedo a la cárcel, me dicen algunos paisanos. Que si el sistema no fuera tan estricto serían como nosotros, dicen otros. Yo no lo creo: no creo que exista un solo modo de ser en este país hecho de gente venida de todos lados. Tampoco pienso que sea el temor lo que lleva a los automovilistas a manejar bien. Se conduce con orden porque el orden funciona. Porque uno puede confiar en los demás y llegar a tiempo. También hay atascos, por supuesto. Hay horas pico, hay momentos de lentitud, reparaciones en la autopista y lo que usted diga. Pero la mayor parte del tiempo uno puede sentarse al volante y manejar con seguridad y placer.
 
El tren traza sus líneas de metal a unos metros de mi camino. Van los viajeros disfrutando el vaivén de las olas, en sus sillones cómodos, hablando con sus compañeros. Siempre pienso que uno de estos días me subiré en un vagón para un viaje corto. No se ha llegado el momento. Hagan de cuenta que soy un niño que pasa todos los días frente a una dulcería y en el escaparate mira los chocolates confitados.
 
Varias veces he escuchado los programa que Zoila dedicó a su hermana Eldita. Me estremece saber que la quiso tanto, conocer la historia de esta maestra de piano que hizo el bien, creó una familia, trasmitió sus conocimientos de arte y murió hace unos meses, entrando al cielo con el Réquiem de Mozart. Quiero tanto a Zoila que siento su dolor como mi dolor y cuando llego a Westmont tengo la cara húmeda de lágrimas. Apago el motor del coche y busco un pañuelo para no llegar a clase con ojos de llanto. Me consuelo pensando que la vida no es otra cosa que una conmoción, una herida abierta con la mirada dirigida a la eternidad. Pero es una maravilla vivirla con una hermana querida, una mujer bella que lee poemas a los radioescuchas. Una amiga a la que extraño, y que con su talento transforma media hora de autopista en un encuentro amoroso.
 
 
Junio 11, 2008