El costo del paraíso
 
Santa Bárbara nace a la orilla de un Pacífico cuyas olas van a romper en las rocas de los extremos de esta amplia bahía que parece tranquila y serena, pero que durante la noche del 4 de diciembre de 1542 sufrió los embates de una terrible tormenta. Cerca de la costa navegaba Juan Rodríguez Cabrillo, un marinero de origen portugués a las órdenes de la corona española, que salvó la vida milagrosamente, junto con su tripulación.
 
En 1602, el conquistador Sebastián Vizcaíno llegó a fundar el pueblo en el lugar señalado en los mapas de Rodríguez Cabrillo como el espacio que lo recibió de vuelta a la vida. Uno de los frailes que lo acompañaban bautizó al lugar como Santa Bárbara, pues a su intercesión se debió, según el religioso, la salvación de aquellos navegantes sesenta años atrás, ya que el día de su aventura está dedicado a la santa.
 
La ciudad actual es un hermoso conjunto de valles y colinas con caminos que serpentean rodeando el pie de las montañas que enmarcan y delimitan el crecimiento urbano. La brisa marina refresca lo mismo palmeras que pinos. La costa se encuentra apenas a dos o tres kilómetros de la falda montañosa. En la cumbre, los picos se envuelven de niebla, mientras el sol brilla con intensidad sobre casas y jardines. Hay momentos en que esta combinación provoca nostalgia, remueve emociones viejas, nos lleva a la infancia. Por su belleza y la semejanza con la Costa Azul y muchas ciudades del Mediterráneo que comparten esta geografía de carreteras sinuosas que tienen por un lado la escarpada pared del monte y por el otro la ciudad que se desliza hasta el mar, desde el siglo XIX se le conoce como la Riviera Americana.
 
Uno camina por sus calles y descubre que todas las casas, o casi todas, son espléndidas construcciones con jardines bien podados. Las fachadas están impecables, en cada calle hay dos o tres casas en proceso de remozamiento y sí, las dejan de nuevo como guapas mozas. Eso nos habla de orgullo y conocimiento de la historia del lugar, de pertenencia a una comunidad, de sentimiento de afecto y afinidad por la familia y respeto por los vecinos.
 
La vida cultural es riquísima: se presentan orquestas famosas en el mundo entero, hay teatro, ballet, ópera. En estos días se presenta el chelista Yo-Yo-Ma; vino hace poco el violinista Itzhak Perlman. Aquí viven escritores importantes que dan conferencias y presentan sus libros.
 
Sin embargo, uno se pregunta cómo puede una ciudad de 100 mil habitantes mantener ese ritmo, pagar esos espectáculos y hacer que sus centros comerciales atraigan público suficiente para justificar la presencia de tiendas tan caras y grandes. La respuesta es simple: mucha gente no vive aquí. El condado tiene un total de 400 mil personas, y muchas de ellas vienen durante el día a la ciudad, pero de noche regresan a casa, que en algunos casos está a veinte minutos, como quienes viven en las ciudades conurbadas de Carpintería y Goleta. Otros tienen que recorrer muchos kilómetros de carretera, hasta una hora, para llegar a otro pueblito donde la vida no sea tan cara; ahí les espera su familia, ahí duermen y los niños van a la escuela. Santa Bárbara es el centro de las compras exquisitas, los restaurantes franceses y un malecón bordeado de hoteles y spas, carísimos y siempre llenos, en curiosa paradoja.
 
Hace poco Lisa Snider, cineasta especializada en documentales, presentó su obra The Cost of Paradise, entre las películas del Festival Internacional de Cine de Santa Bárbara. En ella se presentan varias entrevistas, y sus cámaras siguen las peripecias de uno de los jefes de policía más importantes de la ciudad, que tiene que vivir a cincuenta kilómetros porque su ingreso no le permite darle un nivel digno a su familia aquí.
 
A propósito de cine: fuimos Eduardo y yo a una cena formal con otras dos parejas de académicos y artistas; nos invitaron para que yo conociera al director de la galería de arte de Westmont. Era una de esas ocasiones en que te reciben y te despiden con champaña francesa (porque aquí se produce champaña californiana, no sé cómo, pero usan ese nombre que yo creía denominación de origen). Vuelvo a la cena: Eduardo comentó que le gustaba el cine y uno de los señores le sugirió que comprara su abono para el festival, que aprovechara la oportunidad de ir a cien funciones (que en su mayoría son películas de cartelera, aunque también hay cortos y cine de otros países), y de ser observador o participante en varias mesas redondas con los actores y directores del momento y algunos brindis o reuniones con la gente del cine. Luego, en casa, consultó mi marido la página web y oh, sorpresa, el abono cuesta sólo mil quinientos dólares.
 
Aunque no lo crean, la gente los paga con gusto, y muchos jubilados van a las funciones.
 
La otra cara de la moneda, el anverso de la hoja, es la presencia en todas partes de vagabundos, especialmente viejos, que arrastran su estrafalaria vestimenta y sus carritos de supermercado que contienen todas sus posesiones. Por donde pasan van dejando su terrible hedor, a veces se sientan todo el día en las lindas bancas de las aceras, afuera de boutiques y cafés.
 
Hemos visto a respetables ciudadanos santabarbarinos que pasan a su lado y los saludan, hablan con ellos y les dan una moneda. Hay en el trato una familiaridad de décadas. Es evidente que estos seres abandonados de sí mismos tuvieron en algún momento la misma opción e idénticas oportunidades para la vida, que sus compañeros de generación que hoy gozan de una jubilación sana y feliz.
 
En el estado de California, con una población de 33 millones, se calcula que viven unos 26 mil vagabundos, familias sin hogar, personas que pernoctan en la calle. Puede ser porque es más fácil sobrevivir en buen clima que en los inhóspitos fríos del norte. En Santa Bárbara, según mis estudiantes, se encuentran seis mil de ellos. No son exactamente hippies, aunque muchos lo fueron. Tampoco están por completo afectados de sus facultades mentales. Por supuesto que una inmensa mayoría tiene adicciones severas, aunque puede juzgarse que han logrado vivir más allá de lo que puede predecirse y que se mantienen en los límites de la cordura y la funcionalidad. Son blancos angloparlantes en su mayoría, aunque hay algunos negros entre ellos (en español les llamamos negros, no afroamericanos).
 
Cuando se visita, por ejemplo, la Biblioteca Pública, que es un edificio del estilo arquitectónico definido para la ciudad (Español mediterráneo), altivo y soberbio, rodeado de jardines, con buenos anaqueles y una sala central frente a una gran chimenea, resulta que todos los confortables sillones están ocupados con los vagabundos, que a veces duermen ahí buena parte del día. Lo mismo pasaba en Boston, recuerdo que a veces el olor que despedían era insoportable.
 
Su presencia resulta un problema para los prestadores de servicios turísticos, así como para algunas agencias del gobierno, porque no se dejan ayudar, no quieren ir a los refugios, defienden su parcela de libertad si es necesario a gritos.
 
Mis alumnos tocaron el tema uno de estos días, justificaron su situación diciendo que una gran parte son veteranos de las guerras pasadas. Yo les preguntaba qué hará el país con los sobrevivientes de Irak. Tantas familias huérfanas o con hermanos muertos, tantas personas afectadas emocionalmente. Les preocupa el tema, pero tienen dieciocho años. Se sienten inmortales, como todos los jóvenes del mundo. Son tan fuertes y sanos, como lo fuimos nosotros; no tienen perspectiva o experiencia del dolor y el abandono. Lo que pase dentro de treinta años, todavía no lo pueden aquilatar.
 
Para mi tristeza, la ciudad está llena de inmigrantes mexicanos que asumen los trabajos que nadie más quiere: desde albañiles hasta lavaplatos, jardineros y sirvientas. Son los más pobres entre los pobres; no hablan el idioma, lo que los vuelve sordomudos virtuales. No pueden comunicarse bien, lo que les impide avanzar. Hay una brecha generacional terrible con sus hijos, cuando tienen aquí a su familia, porque los pequeños hablan otro dialecto, spanglish, que tiene su propio acento, su vocabulario único, que les impide también a los chicos comprender, hablar y escribir correctamente en inglés.
 
Esos factores aíslan a esta comunidad y les evita gozar las mejores representaciones artísticas y culturales, aun las gratuitas, en parte porque no saben que se están perdiendo de lo mejor que tiene el ser humano. Aquí me pasa lo mismo que en Querétaro: quisiera yo llevar a los espectáculos a mi gente, a mucha gente, para que contemple y valore, por ejemplo, la exposición dedicada a Rufino Tamayo que hay en el Museo de Arte.
 
Hace una semana fue la gran inauguración, en la que estuve y disfruté de más de cien obras de este genial artista que vivió y triunfó en Europa y EUA. Las piezas vienen de colecciones privadas y públicas de Japón, Francia y varios países más, por supuesto muchas del Museo de Arte Moderno, de Chapultepec. Las cédulas están en español, hay recorridos en español, habrá en algunos días conferencias, música, un festival dedicado a México. Y mis paisanos ni se enteran.
 
Yo sé que su dinero es indispensable para sus familias, que el año pasado contribuyeron a la economía mexicana con 24 mil millones de dólares, que por eso viven mal aquí, dedicados a trabajar y sin disfrutar apenas, desarraigados y discriminados.
 
Pero también, su triste situación afecta el concepto, la perspectiva y las ideas que Estados Unidos tiene de México. Esto nos impide hacer buenos negocios con los americanos. Nosotros tenemos claro que EUA es un país poderoso, pero nos cuesta ver su lado oscuro, sus graves problemas sociales. Ellos tienen claro que México es un país pobre, y les cuesta ver que entre nosotros está Carlos Slim, que posee el tercer capital más importante del mundo, o que tenemos veinte millones de personas en la clase media alta y alta, dueños de grandes empresas, con educación, que viajan por el mundo y viven bien.
 
Nosotros mismos, en el momento de darnos a conocer ante el mundo, exponemos nuestras miserias, piensen en el cine mexicano contemporáneo, aunque esos mismos actores, directores, camarógrafos y productores sean capaces de hacer prodigios en equipos internacionales.
 
En resumen: cómo me gustaría inyectar un poquito del orgullo, amor por la historia local o preocupación por la belleza de la ciudad que tienen en Santa Bárbara, para que los mexicanos cuidemos más nuestros lugares. Escribí un artículo al respecto para la revista Querétaro, titulado “Carta abierta a los queretanos de cepa”. Ojalá que puedan leerla.
 
También, me encantaría que los conocimientos, capacitación, enseñanza práctica de cómo han de hacerse las cosas para mejorar la vida pública, pudieran trasmitirse poco a poco, de los migrantes a sus coterráneos. Me explico: si un campesino pasa con tantas angustias la frontera y logra emplearse aquí en un campo de fresas, ¿por qué no trata de adaptar algunas de las técnicas en su propia parcela en México, y poco a poco volverse independiente y exitoso?
 
Si un paisano aprende a reciclar la basura, por qué no regresa a su comunidad, digamos Charape de los Pelones (existe, sí, cerca de Santa Rosa Jáuregui) y trata de echar a andar un programa de recolección de materiales antes de que se contaminen, para venderlos y procesarlos en forma adecuada y así mejorar la economía local? ¿Por qué un albañil entrenado en EUA no regresa y enseña a hacer casas más lindas y preparadas para el clima? ¿Por qué, en lugar de sólo mantener a su familia, no dedicar un poquito de su tiempo y esfuerzo para reunir capitales y exigir al presidente municipal, que era su compañero en secundaria, que haga un buen parque, una alberca, canchas públicas?
 
Ya sé que soy ingenua e idealista. Con eso he vivido la vida entera. Quisiera contagiar esta inquietud, y ver que algún día los cambios comiencen desde las personas más humildes, menos educadas, y que alcancen a transformar una cuadra, un vecindario, una ranchería.
 
Espero sus comentarios, que iluminan mis días, en este intercambio de ideas que me hace tenerlos cerca y sentir su afecto, su calor.
Febrero 23, 2007